Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad
del Bautismo del Señor.
11 de enero del 2004
SOMOS OBRA DEL ESPÍRITU
Hermanos,
demos gracias a Dios que, por su Espíritu, hemos sido hechos hijos
suyos para gloria de su nombre, pues por el bautismo fuimos rescatados
del poder del pecado y llevados a una vida perfecta en Cristo, Jesús.
Queridos
hermanos: a las orillas del Jordán, Juan Bautista predica la conversión
de los pecados para acoger el Reino de Dios que se aproxima. Jesús
desciende con la gente al agua para hacerse bautizar. El bautismo
para los judíos era un rito penitencial, al cual se acercaban confesando
los propios pecados. Sin embargo, el bautismo que Jesús recibe
no es un bautismo de penitencia; la manifestación inesperada del Padre
y del Espíritu le da un significado preciso. Jesús es proclamado
“hijo amado” y sobre Él se posa el Espíritu que lo reviste de la misión
de profeta, sacerdote y rey.
Los
invito, hermanos, a ver con mayor detenimiento, el mensaje de cada
una de las lecturas que la Iglesia nos propone hoy para nuestra consideración
a fin de encontrarnos con nuestro buen Padre Dios y dejarnos enseñar
por Él.
El trozo de Isaías, que acabamos d escuchar en la primera lectura,
es el anuncio del próximo retorno del pueblo elegido de Babilonia
a Jerusalén. Es una verdadera explosión de alegría no tanto por
el acontecimiento histórico en sí mismo, sino por los motivos invisibles
relacionados con la liberación: se habla del perdón total de los
pecados ya expiados y del restablecimiento de la amistad entre Dios
y su pueblo, en donde Dios actúa como un pastor en medio de
su rebaño. Se trata del pastor que viene con poder pero sobre todo
con amor; con un amor muy especial que libera a al pueblo. A esta
voluntad divina de encontrarse con el hombre debe corresponder la
voluntad del hombre de encontrarse con su Dios.
Tenemos en la carta a Tito, un texto muy denso y rico que podemos
dividir en dos partes y en la primera el apóstol desarrolla tres puntos
muy importantes: Primero, indica que el significado de la venida
del Señor entre nosotros está en que es la manifestación de la gracia
de Dios, y además, es fuente de salvación. Después, en pocas palabras,
nos delinea la obra llevada a cabo por Jesús por la cual nos ha salvado.
Finalmente nos hace saber cómo, en base a esta verdad y al ejemplo
de Cristo, debe orientarse la vida de todo cristiano; concretamente,
debe renunciar al mal, vivir en la justicia y en la piedad, así
como debe estar atento a su gran salvador y Dios. En la segunda
parte de este trozo paulino se profundiza especialmente en un punto
fundamental de la doctrina apostólica. Se trata de la afirmación de
que la manifestación de Jesús, no sólo en su nacimiento, sino toda
su vida, no es otra cosa que el fruto del amor y la misericordia de
Dios. La finalidad de esta forma de actuar de Dios es, nada menos
que hacernos sus hijos, regenerándonos mediante el bautismo por
medio del Espíritu a fin de que podamos aspirar a una total posesión
de la salvación.
El trozo del evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar, hermanos,
es muy semejante al de Mateo y de Marcos, especialmente en la primera
parte, donde está la interrogante del pueblo acerca de la identidad
del bautista. Juan aclara, sin ambages, que no es el Mesías; que es
tan distinto, que ni siquiera se debe comparar. Según san Juan Crisóstomo,
comentando el evangelio de Mateo, el Bautista querría decir: “En
realidad, yo no merezco contarme entre sus esclavos, ni siquiera entre
sus ínfimos esclavos ni desempeñar la parte más humilde de su servicio.
Por eso no habló de su sandalia, sino de la correa de su sandalia;
lo que le parecía el último extremo a que se podía llegar” (Hom.
sobre el Ev. de Mt., 11,5).Propio de Lucas
es el hecho de que Jesús esté en oración al momento de su bautismo,
y el don del Espíritu, en forma visible como de paloma, es como la
respuesta a esa oración. Esto, mis hermanos, es algo muy propio de
este evangelista. (Su significado para
la Iglesia, para más adelante). Se dice que el cielo se abrió
y bajó el Espíritu Santo. Al respecto dice san Hipólito: “Antes,
las puertas del cielo permanecían cerradas y la región de arriba era
inaccesible” lo cual significa, continúa el padre de la Iglesia,
que “se hizo la reconciliación del visible con los invisible. Los
poderes del cielo se llenaron de alegría y fueron curadas las enfermedades
de la tierra; las cosas que permanecían escondidas salieron a
la luz; los que estaban entre le número de los enemigos se hicieron
amigos” (Hom. sobre la santa Teofanía, 6).
Hermanos, esta fiesta del Bautismo de Jesús es la celebración de la
manifestación de la Trinidad en nombre de la cual somos bautizados
(cf. Orígenes, en Ev.
de Mt., 58).Pero la narración es también
una descripción de la Iglesia que, como Jesús, ora y hace que descienda
el Espíritu sobre nosotros para que seamos hijos de Dios. De manera
que cada vez que la Iglesia bautiza, se oye, en cierto modo, la
voz del Padre que nos llama hijos amados, pues ve en nosotros a su
propio Hijo. ¡Esa es nuestra vocación! Quiero decir, hermanos,
que estamos llamados a realizar el proyecto del Padre en nosotros
y a favor de todos los que Él nos quiera encomendar. El bautismo,
mis hermanos, nos pone en comunión con Dios y con su familia santa:
la Iglesia. Por este sacramento pasamos de la solidaridad en el
pecado al la solidaridad en el amor de hermanos.
Por eso, hermanos, podemos decir una vez más que vivir cristianamente,
no es otra cosa que vivir el propio bautismo. Ojalá nos interesáramos
todos en vivir, paso a paso, el proceso catecumenal
y de reiniciación cristiana que se nos propone hoy en la Iglesia,
especialmente como nos lo recomienda el pastor de esta Arquidiócesis
de México. Es urgente revalorar nuestro propio bautismo como señal
de nuestra opción por una vida cristiana más intensa y testimonial.
A la luz de esta reflexión, podríamos también revalorar el bautismo
de los niños, no para suprimirlos sino para cuidar más las formas
como lo celebramos.
Que Nuestra Señora Santa María de Guadalupe nos alcance
la gracia de renovarnos continuamente para vivir más coherentemente
nuestra condición de hijos adoptivos de Dios y nos pongamos, por el
testimonio, al servicio de los alejados de la práctica cristiana y
de los que todavía no creen.
Amén.