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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del III Domingo de Adviento.


Domingo 17 de diciembre de 2006

DIOS ESTÁ SIEMPRE CERCA

¡Alegrémonos, hermanos! Alegrémonos en el Señor que viene a salvarnos. Ya está muy cerca. Él nos ha perdonado nuestras culpas y ha derrotado para siempre al enemigo. Vivamos sin temor porque el Señor es el Dios de la alegría.

En medio de tantas malas noticias y experiencias tan duras que tenemos que afrontar cada día en todos los ámbitos de la vida comunitaria e individual, hoy la Liturgia en este domingo tercero de Adviento nos invita al gozo que pasa por la experiencia de saber que tenemos un Padre que nos ama y que se ocupa de nosotros sólo para nuestro bien. Una Padre misericordioso que nos reconcilia consigo y restablece la paz en y entre nosotros. Es esta la razón más profunda de la alegría que nos lleva a la esperanza y al optimismo.

El profeta Sofonías, en la primera lectura, nos presenta un himno de alegría en el que aparecen dos términos del tema de la salvación. En sentido negativo se refiere al perdón de los pecados o liberación del mal; es revocación de la condena. En sentido positivo es reconciliación, armonía y comunión con Dios que redunda en cordialidad de los hombres entre sí y en relaciones armónicas con el mundo.

El profeta exhorta a alegría que va más allá de las meras exterioridades, pues se trata de un gozo que nace de dentro, de lo más íntimo del ser humano; como solemos decirlo: del corazón. Si el Señor está en medio de nosotros, no hay temor a ningún daño. Dios y el mal no son compatibles. Y siendo Dios quien es, extermina con su poder cualquier enemigo nuestro, simplemente porque nos ama. Pero todavía más, con el Señor a favor nuestro, la seguridad que nos da su presencia entre nosotros, tenemos la causa más profunda de nuestra alegría. Y es de tal manera espiritual que nada ni nadie nos la puede arrebatar. Con Dios, según el profeta, estamos en fiesta permanente.

Hermanos, los cristianos no tenemos otra causa de alegría mayor que la de saber que Dios está en medio de nosotros. El Emmanuel es nuestra salvación, por eso confiamos, y por eso afirmamos que Él es la razón de nuestra esperanza. No tememos jamás porque Él nos hace fuertes en la lucha contra el mal. No estamos diciendo, mis hermanos, que no tendremos dificultades y males; no es eso lo que nos promete el Señor, sino que los podremos superar y vencer siempre con su ayuda imprescindible, lo cual será la causa de la alegría y de un optimismo estable y fecundo.

Además, tanto el salmo que acabamos de recitar como san Pablo en su carta a los Filipenses, nos invitan a dejar ver —o quizá, todavía más—, a mostrar nuestra alegría al mundo para que todos sepan quién es el Señor nuestro Dios. Precisamente san Pablo escribe su carta a los cristianos de Filipos que viven en la certeza de que el Señor está cerca. Esta certeza crea una a tensión muy positiva y fecunda, pues en lugar de angustiar a quien la vive, le hace tomar actitudes de serenidad confiada y de humildad, porque su seguridad está en las manos del Dios del amor. Es vigilancia serena. La paz que tanto anhelamos, mis hermanos, no pude venir sino de la convicción de estar en el Señor.

El texto del evangelio, queridos hermanos, es la continuación del evangelio del domingo pasado y ejemplifica, en su primera parte, el modo concreto con el que se realiza la conversión. Ésta no sólo crea una nueva relación con Dios que consiste, como lo señala hoy Sofonías, en el perdón de los pecados, sino también en un nuevo modo de relación con le prójimo, específicamente, en el amor, en la solidaridad en las necesidades y en el respeto a los bienes de los otros. Esto nos indica, mis hermanos, que el don de la paz no se hace efectivo sino con un trabajo diario por instaurarla en medio de las estructuras del mundo.

“¿Que debemos hacer?” es la pregunta que le hacen a Juan aquellos que se acercan a él: “la gente” en general, los publicanos, los militares. Juan no los invita a quedarse en el desierto, a vestirse como los penitentes, a no comer sino saltamontes y miel silvestre…los invita a la solidaridad: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”; a practicar la justicia: “No cobren más de lo establecido”; a no caer en la corrupción, a ejercer honestamente el poder: “No extorsionen a nadie ni denuncien a nadie falsamente”. En pocas palabras, a vivir honesta y humanamente la existencia cotidiana.

En ese tercer domingo de Adviento sería muy bueno preguntarnos: ¿Qué hacemos para encontrar la verdadera alegría, esa “buena noticia”, que va más allá de los regalos, las luces, la cena de Navidad? ¿Qué hacemos para encontrar a ese Dios que tanto anhelamos y necesitamos? ¿Qué hacemos para vivir, en el ámbito familiar, laboral y social, de una manera más humana, solidaria y alegre?

La segunda parte del evangelio, nos presenta a Jesús como el juez que purifica con el Espíritu y con fuego, es decir que salva o condena. Si purifica con Espíritu, salva; en cambio si usa el fuego, entonces condena.

Nosotros, hermanos, que nos preparamos en este Adviento para celebrar la primera venida del Señor en nuestra carne, es decir, como un ser humano, y por tanto, como nuestro hermano, al mismo tiempo nos preparamos para su segunda venida, la definitiva. Si estamos viviendo en la manos de Dios, caminamos en la observancia de sus mandamientos por el amor que le profesamos y que nos lleva a la obediencia. Eso nos garantiza una vida en paz fecunda y nos protege del temor.

Las festividades de Nuestra Niña y Señora de Guadalupe en las que recientemente Dios nos ha concedido celebrar 475 años de su presencia en nuestros suelos, nos han permitido ver que en nuestra Patria falta mucho por hacer realidad las promesas y los proyectos de Dios. Tal vez no hemos respondido con generosidad a la elección por parte de Dios para realizar en el mundo la misión de ser testigos de la salvación que Él ofrece al mundo. Todavía falta mucho por hacer a fin de que los diversos ambientes de la sociedad se iluminen y resplandezcan con la luz del Evangelio.

Pero hoy la Palabra y la Liturgia misma de este domingo nos invitan a renovar en los más profundo de nuestro ser la esperanza y la decisión de trabajar por que la tristeza y las actitudes de desánimo que campean por tantos ambientes de nuestra patria, se vean derrotadas por la alegría y la paz que producen la justicia, el servicio, la solidaridad y el perdón. Esto no es una quimera o mera ilusión. Nosotros los cristianos, sabemos que es, ciertamente una utopía, porque no se da sólo con los recursos humanos, sino —nos lo dice la certeza de la fe— es posible porque es voluntad y obra del Dios que nos ama y está comprometido con nosotros.

¡Difundamos, entonces, mis hermanos, la alegría que nos viene como un don de Dios! ¡Demos a todos los que nos vean la razón de nuestra esperanza! Hagamos por lo pronto, cada domingo, de nuestras celebraciones eucarísticas grandes fiestas por la vida. Que toda nuestra vida, alimentada por las fuentes de la Palabra y de la Eucaristía, transcurra en acciones de gracias y no sólo en lamentos y quejas. Viviendo el misterio del amor de Dios no podemos aparecer ante el mundo, en ningún momento, como optimitas irresponsables y soñadores enajenados; sino todo lo contrario, como constructores de una humanidad nueva.

La Muchachita y Señora del tepeyac que camina a nuestro lado y que por tanto, que ha querido acompañarnos en nuestro camino hacia la Patria eterna, también nos asiste en este empeño. Amén.

 
 
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