Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la
Ascensión del Señor.
Domingo 28 de mayo de 2006
LA
AUSENCIA: UNA FORMA DE PRESENCIA
Bendigamos, hermanos, a Dios porque nos ha revelado en su Hijo
Jesucristo, la gloria que nos tiene reservada a quienes creemos en Él,
pues lo ha colocado por encima de todo lo que existe y a nosotros, que
somos su pueblo, nos ha dado una herencia de eternidad junto a Él (cf. 2a. lectura).
Hermanos, la fiesta de la Ascensión del Señor, siempre
en el contexto pascual, nos permite comprender de alguna manera
el insondable, y luminoso a la vez, misterio de la Pascua.
En efecto, esta celebración
nos lleva a contemplar, ahora, como Señor del Universo
al que fue crucificado. El que está por encima de todo lo creado,
visible e invisible, del cielo y de la tierra.
De todas las referencias a este misterio que hacen los evangelistas,
la de Marcos es la única que llama al Salvador como “Señor
Jesús”. Esta expresión se refiere, mis queridos hermanos, al efecto
inmediato y más importante de la muerte de Cristo obediente; de su
muerte aceptada en el amor a Dios, su Padre y al hombre, su hermano.
Me refiero a la gloria de la que participa con el Padre, junto con su
poder, y su divinidad.
El misterio de la resurrección, hermanos, no agota la profundidad
y la anchura del misterio pascual; es demasiada luz para poder expresarse
en un solo concepto. Por un lado, hermanos, la Ascensión nos
lleva a comprender, y asimilar para vivir, el gran misterio de la muerte
gloriosa de Cristo, pues nos indica el sentido de su acto redentor;
pero por otro, trata de hacernos entender que, a partir de la pasión
que lo llevó a la muerte, Él vive de una manera nueva a través de
la Iglesia. La
muerte puso fin a su presencia física y sensible entre nosotros, pero
permanece en el mundo de una manera nueva a través de la Iglesia,
es decir, a través de nosotros que la formamos.
Por eso podemos decir que la Ascensión del Señor, mediante
su muerte, pone fin a su obra temporal. ¡Nació, vivió y murió para
salvarnos con su triunfo sobre (= ascensión) la muerte y el pecado!
Pero por eso, la Ascensión es también el principio del ser
y el quehacer de la Iglesia. Al respecto, hermanos, el evangelista dice que Jesús
manda a sus apóstoles diciéndoles: vayan por todo el mundo y
prediquen la Buena Noticia (= Evangelio) a toda criatura; y más
adelante concluye el mismo autor sagrado: Ellos fueron y proclamaron
el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba en ellos y confirmaba
la Palabra con los signos (= milagros) que los acompañaban
(vv. 15.20). ¡Allí tenemos el fundamento de la existencia de la Iglesia!
Entonces, mis hermanos, tenemos que la Ascensión es
la expresión más antigua de la profesión de fe de la Iglesia primitiva
acerca de la presencia viva de Jesús en medio de ella. No nos
distraigamos con las fantasías que puede suscitar en nuestras mentes
modernas la descripción que hace especialmente san Lucas en su evangelio.
El evangelista san Marcos, por su parte, es muy sobrio
y emplea una forma muy sencilla para referirse a la Ascensión, dice:
fue llevado. Notemos que ni siquiera habla en términos de movimiento
o desplazamiento espacial. La Ascensión, es pues, mis
queridos hermanos, una forma de entender la Resurrección, pues
si Jesús está vivo, está de una manera superior y totalmente nueva e
insospechada. Pienso que esto lo podemos entender un poco mejor con
la siguiente reflexión que comparto con ustedes:
No echamos de menos lo que nunca hemos tenido, a quien nunca
ha estado con nosotros o lo que no esperamos. Cuando notamos la ausencia
de alguien es porque estaba y puede volver, o porque ha dejado un espacio
difícil de llenar. Ese vacío existe como tal y tiene un significado,
porque es lo que queda de la persona ausente. Por eso decimos que la
persona está presente en su ausencia. Sin embargo, la ausencia no
siempre es tan determinante. Hay ausencias de las cuales nos alegramos
y existen las que nos causan duelo. Pero puede haber también ausencias
que nos dejan indiferentes. Todo depende de los lazos que se hayan creado
y de las formas como haya estado quien o lo que ya no está o no se tiene.
Sin embargo, hermanos, aunque esto nos ayuda, no es del todo válido
para el caso del Resucitado, pues Él no está del todo ausente.
Nosotros afirmamos, con la certeza de la fe, que Cristo vive y está
con nosotros. Sólo está ausente físicamente, pero está con nosotros
en su presencia misteriosa y espiritual, que es, según nuestra fe,
más real y más profunda.
Después de haberse hecho presente en el mundo a través de la
encarnación, el Señor Jesús permanece por su resurrección como Señor
universal y, por eso, como Señor de la Iglesia, que lo anuncia con
gozo y esperanza en el amor. Parodiando a Juan Pablo II, diríamos: ¡Se
fue, pero no se fue!
Nosotros, hermanos, no vivimos añorando la ausencia de un
ser querido. No hablamos con un difunto. No escuchamos a un muerto.
Nosotros los cristianos, celebramos la vida. La que nos comunica
una persona plenamente viva.
Cada domingo, al hacer el memorial de la Eucaristía, Jesús se presenta
en medio de nosotros para iluminar nuestra vida, fortalecer nuestra
fe con su palabra y darnos su vida en abundancia mediante la comunión
de su Cuerpo y su Sangre.
Esta es, hermanos, la Buena Nueva que, como los primero discípulos,
anunciamos al mundo dando testimonio con la propia vida en la solidaridad
fraterna, en la lucha por la paz y con la práctica de la justicia.
Estos son los signos que nos acompañan hoy en medio del mundo gracias
al que camina con nosotros.
Mantengámonos, pues, hermanos, en la certeza de que Jesús
está con nosotros y de que hemos recibido una misión, una tarea.
Cumplámosla como lo hace tan fielmente nuestra Niña y Señora de Guadalupe
y que ella nos enseñe a llevarla a cabo con alegría y generosidad.