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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María.

Martes 15 de agosto de 2006

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada. Muy queridos hermanos del Ministerio Sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

Éste es el día glorioso en que la Virgen María, Madre de Dios, subió a los cielos. Todos la aclámanos tributándole nuestra alabanza: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Mis amados hermanos, toda la celebración de hoy tiene un tono de victoria y esperanza. El triunfo de la Madre de Jesús es un poco diríamos, nuestro propio triunfo y el de toda la humanidad.

El Distrito Federal, mega metrópoli abrumada por el crimen, la inseguridad, la violencia, la falta de agua, las inundaciones, el ambulantaje, el desempleo y muchas más cosas. Y para colmo ahora el caos por los plantones, el narcotráfico, terrible en varios estados del país: Michoacán, Guerrero, Tamaulipas; el problema magisterial en Oaxaca; tantas situaciones que nos desalientan, nos desaniman. Guerra en varios puntos del mundo: en Medio Oriente, Israel, Líbano, Estados Unidos, Irak, el terrorismo, cuanta cosa.  

Precisamente, mis hermanos, porque estamos viviendo momentos difíciles, tiempos difíciles en los que no abundan las buenas noticias y la humanidad puede decirse que anda desorientada, desanimada. Los cristianos hacemos bien en celebrar esta fiesta de santísima Virgen María, como un acto positivo de reafirmación de nuestra esperanza, dejándonos contagiar de su alegría. Es una fiesta que ilumina nuestros días, que ilumina nuestro hoy, nuestro aquí y nuestro ahora. Además, a muchas poblaciones les es ocasión de una fiesta mayor, de una fiesta humana, de una fiesta cristiana. Patrona de nuestra Arquidiócesis de México.

La asunción es una de las fiestas más populares y consoladoras que la comunidad cristiana dedica a la santísima Virgen María. La fiesta de hoy, mis amados hermanos, con sus cantos, con su música, su ambiente festivo y sobre todo por la Palabra de Dios bien proclamada y acogida en el corazón, que nos contagia de esperanza, nos anima. ¿Cuánta falta nos hace esto, mis hermanos, cuanta falta?

La Asunción de María es un grito de fe en que es posible la salvación, en que es posible la felicidad. Que va en serio el programa salvador de Dios, es una respuesta a los pesimistas, que todo lo ven negro, negativo. Es una respuesta al hombre materialista que no ve más que los factores económicos o sensuales. Algo está presente en nuestro mundo que trasciende nuestras fuerzas y que lleva hacia el más allá. Es la prueba de que el destino humano no es la muerte, mis hermanos, sino la vida y además, que es toda la persona humana: espiritualidad y corporiedad, la que está destinada a la vida total subrayando también la dignidad y el futuro de nuestra corporiedad.

En la Santísima Virgen María ya sucedió, en nosotros no sabemos cuándo y cómo sucederá pero tenemos plena confianza en Dios, lo que ha hecho en Ella quiere hacerlo también en nosotros. Mis amados hermanos, la historia tiene un final feliz, no es el caos, no es la muerte, no es el desorden, no es odio, el orgullo, lo que va a prevalecer no.

Mis hermanos, la historia tiene final feliz, cada vez que celebramos nosotros la Eucaristía elevamos a Dios nuestro canto de alabanza, sobre todo en la plegaria eucarística acentual de la misa como lo hizo la santísima Virgen María con el Magnificat.

La vida y las experiencias de toda persona cristiana tienen como referente la persona de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Su experiencia personal, sus gestos, sus palabras, sus sentimientos, su manera de pensar, su atención a las personas; queremos que sean luz, que sean camino y magisterio para cada uno de nosotros los que queremos ser sus discípulos. A fin de que toda nuestra experiencia, nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros pensamientos, cada vez sean más parecidos a los que Él nos mostró. Una vida no simplemente cristiana, no, sino cristificada toda ella, imbuida del Espíritu de Cristo, del Evangelio de Jesucristo, como lo vivió, lo testificó y nos lo manifestó nuestra niña, nuestra muchachita santa María de Guadalupe.

Y miren mis hermanos, este parecido y paralelismo creemos según su Palabra que alcanza todas las dimensiones de nuestra existencia, incluso la muerte y resurrección. Tal como hemos escuchado en la segunda lectura con palabras de san Pablo: Cristo resucitó de entre los muertos el primero de todos. Por esto como en Jesús la muerte forma parte de nuestra existencia y a todos un día nos toca plenamente, pero así como todos morimos, por Cristo todos volveremos a la vida.

Mis amados hermanos y hermanas, hoy celebramos que este anhelo que mueve nuestra vida como cristianos, que la vida y la experiencia de Jesús ya se han realizado plenamente en María su Madre, la primera discípula, también se realizará en nosotros. Celebramos que Ella ya ha conseguido su plena y perfecta comunión con Dios subiendo al cielo en cuerpo y alma. En el camino que María realiza, la comunidad cristiana ha sabido descubrir el cumplimiento y el premio de toda una vida de aceptación, toda una vida de unión, de comunión, de seguimiento y fidelidad a la propuesta de Dios. El cumplimento y el premio a la obediencia de la fe y a su servicio concreto de caridad y de amor.

En esta fiesta, mis amados hermanos, nosotros descubrimos la meta que Cristo que nos ha mostrado realizada ya en la santísima Virgen María. En definitiva, es un estímulo para el seguimiento de Jesús, para nuestro deseo de unión y fidelidad a su Evangelio, para el compromiso al servicio de los demás, y de manera especial, de los más débiles, de los más necesitados.

La santísima Virgen María, mis amados hermanos, es para nosotros modelo de lo que significa ser discípulo. Ciertamente Ella ha tenido una experiencia única e irrepetible, ha sido la madre de Jesús, el Hijo de Dios, pero esto mis hermanos, esto no es excusa para que nos la imaginemos como a una persona de otro mundo, como alguien alejado de nuestra experiencia humana y de creyentes, no. La santísima Virgen María nos es modelo de discípulo porque ha estado siempre cercana a Jesús, siempre viviendo íntimamente los misterios de Jesús y ha querido seguir sus pasos, no siempre fácilmente, ni sin dificultades, nunca será fácil seguir a Jesús, nunca jamás. El que quiera seguirme que se niegue así mismo, es por la puerta estrecha, es renunciando, es muriendo, es perdiendo como ganamos.

La Virgen María para nosotros es modelo de discípulo porque ha estado siempre viviendo los valores del Evangelio, viviendo a Jesús. María ha sabido aceptar personalmente la Palabra de Dios, la propuesta de Dios para su vida, por esto la ha guardado y meditado en su corazón dejando espacio para comprenderla y dejar que arraigue en Ella, esto es lo importante mis hermanos.

La Virgen María ha accedido a ser instrumento de Dios con las alegrías, pero también con las dificultades, incomprensiones y sufrimientos que le comportaran. María se ha convertido en madre, aceptando con amor a su Hijo y acompañándole a lo largo de su desarrollo, como niño y como persona. La Virgen María ha estado atenta a las necesidades de los demás, no mirando desde la distancia, sino implicándose y buscando soluciones, hoy la contemplamos así en el Evangelio; corriendo presurosa para atender a su prima Isabel, así la contemplamos en las Bodas de Canná al ver a esos recién casados angustiados. La Virgen María siempre buscando soluciones, en favor nuestro así lo experimentamos desde el Tepeyac: aquí estoy para escuchar sus quejas, penas y lamentos y curar todos sus males.

La santísima Virgen María, mis amados hermanos, ha sido fuerte en su fe, incluso en medio de las dificultades y de las pruebas permaneciendo cerca del hijo crucificado y muerto. María después de la resurrección, ha estado presente en la primera comunidad cristiana unida a ella en la oración, unida a ella en la esperanza, alentando el discipulado.

Celebramos, pues, hoy a Jesús que en María nos ha mostrado el modelo de discípulo, el discípulo que también nosotros queremos ser, que el testimonio de la santísima Virgen María y su interseción nos ayuden a ello mis hermanos. Cada vez que participamos de la Eucaristía recibimos como alimento el Cuerpo y la Sangre del Señor resucitado y recordamos lo que el nos aseguró: quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré. Lo meditábamos el domingo pasado y vamos a seguir profundizando en ello, el próximo domingo.

La Eucaristía es como la semilla y la garantía de la vida inmortal para los seguidores del Señor Jesús. Por tanto, mis amados hermanos, de alguna manera también nosotros estamos recorriendo el camino hacia la glorificación definitiva, como ya lo ha conseguido nuestra niña, nuestra muchachita y madre, la santísima Virgen María. Pesando en esto, llenos de esperanza, llenos de emoción, llenos de gozo arraigados y cimentados en Jesús, mis hermanos sigamos nuestro peregrinar, sigamos celebrando nuestra Eucaristía.  

 
 
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