InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 

Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Celebración Eucarística de Apertura del IV Congreso Mariano.

13 de mayo de 2006

MARÍA, IMAGEN VIVA DE LA IGLESIA

Muy amados hermanos y hermanas que participan en este cuarto Congreso Mariano sean todos bienvenidos a este lugar tan significativo para nosotros, la amada colina del Tepeyac, donde Nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe hace 475 años posara sus pies y se presentara a nuestro querido indio San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, “como madre suya y de todos los hombres que están en uno en esta tierra” NM. 30. 

Hace casi cinco siglos, María Santísima encargó al hoy San Juan Diego Cuauhtlatoatzin que gestionara ante el primer Obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, la construcción de un templo. El Obispo puso reparos, pero finalmente aceptó por haber recibido unas flores, comprobado la curación instantánea de un moribundo y contemplando la imagen de María inexplicablemente estampada en la tilma de Juan Diego, que Ella indicó que debía entregársele sólo a él. Esta tilma y esta imagen constituyen algo así como el “acta de nacimiento” de México. Este es el invaluable tesoro del que México es depositario y quiere compartir con todos los pueblos de América y del mundo entero.

Que alegría encontrar aquí un nutrido grupo de laicos para contemplar a la Virgen María, como imagen viva de la Iglesia; el culto de la Virgen María, durante largo tiempo, se ha dividido de una forma un tanto infantil y angelista, desvinculando a María de todo contacto con las realidades humanas. Y a eso es a lo que ha que poner rápido remedio.

Hoy, cuando el poder del hombre sobre la creación está aumentando de forma prodigiosa, es cuando el cristiano tiene que ser más consciente que nunca, que es ésta misma creación la que necesita ser redimida por Cristo y en Cristo. Y esa es nuestra tarea de creyentes, de hombres que en su acción temporal encuentran su última y constante fuente de inspiración en el Espíritu y en la conversión del corazón del hombre en orden a la transformación, humanización y liberación del Cosmos, ya que “la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos, 8-18.).

La realización de esta obra de redención es la tarea histórica de la Iglesia: no tiene otra. Y el Vaticano II nos ha enseñado que el misterio de María y el de la Iglesia son inseparables. María es la imagen viva de la Iglesia. Todo cuanto en las escrituras se relaciona con la Iglesia puede ser dicho de María y viceversa (esto explica, entre otras cosas la utilización litúrgica de los textos de hoy). Lo mismo puede afirmarse del poder intercesor de María; puesto que la gloria del Reino alcanza a María incluso en su cuerpo, su intercesión “por nosotros, pobres pecadores”, tiene la medida de la intercesión de la Iglesia. Dirigirse a María es dirigirse a la Iglesia.

María y la Iglesia se fundamentan en el Señor resucitado. Este el amigo, por su Espíritu, reconforta y consuela y se halla presente en la vida de los hombres. El da fuerza, paz, humanidad.

Por la resurrección de Cristo, todos los miembros de la Iglesia que han muerto, los sabemos unidos a nosotros.

En esta unión le corresponde a María un puesto particular. De hecho, tanto en oriente como en occidente, a María le encontramos entre nosotros continuamente, en todos los hogares que creen en Jesús.

Santa María de Guadalupe, la línea de los profetas, no deja de anunciar a su Hijo para que éste sea aceptado y acogido por todos y cada uno de nosotros los que conformamos este gran Continente. Las miradas del mundo se dirigen hacia nosotros para pedirnos nuestro testimonio de fe y de esperanza. Imitemos a María, hermanos, viviendo cada día más intensamente el don de la fe, para que otros crean. Cuando Isabel le dice a María ¡Dichosa tú porque has creído! No hace otra cosa que elogiar su fidelidad y su obediencia en la fe. Como dice el Papa, esta alabanza “se puede poner junto al apelativo -llena de gracia- del saludo del ángel… La fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica como la Virgen de Nazareth ha respondido a este don” (R. M. 12, 3.).

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados