Domingo 12 de marzo de 2006.
CUARESMA: A LA GLORIA POR EL CAMINO
DE LA CRUZ.
Alabemos, hermanos, a Dios nuestro Padre que nos ha llamado,
en su Hijo Jesucristo a la gloria de la Pascua de resurrección
a través del camino de la Cuaresma.
Este camino, por el que nos conduce el Espíritu, es el mismo que
recorrió su Hijo y Señor nuestro. Así, nos sostiene la esperanza
de que un día, con su auxilio y su ejemplo alcanzaremos lo que
se nos promete.
Hermanos, escuchando las lecturas de este domingo, podemos
quedar desconcertados por las escenas e imágenes que se
nos presentan de forma contrastante entre la primera lectura
y el evangelio con la segunda tan dramática como conmovedora y
sorprendente. En nuestra reflexión, y como condición para obtener
el mayor fruto de ella, vale la pena que tomemos las cosas
tal como son enunciadas, sin precipitarnos en consideraciones
falsamente piadosas que nos impidan ahondar en el misterio
que se nos propone.
Para empezar, tenemos que aceptar, de entrada, que Dios
es desconcertante. ¡No faltaba más! Pues si no lo fuera no sería
Dios. Escuchar en serio su Palabra exige siempre de nosotros
salir de los esquemas religiosos que nos hemos fabricado a la
medida de nuestros criterios y de nuestras capacidades de comprensión,
con la terrible consecuencia de pretender aferrar a Dios y
encerrarlo en ideas o conceptos muy ajenos a su misterio.
Acerquémonos, pues, hermanos míos, a los textos que nos transmiten
la Palabra por la que Dios, nuestro Padre, nos sale hoy al
encuentro para acompañarnos en este camino cuaresmal.
Abraham vivía en medio de una cultura que amaba tanto a sus dioses que no se negaba
a darles a sus propios hijos en sacrificio con tal de obtener
sus favores. Pero creía en un Dios diferente, aunque no
sabía qué tan diferente era, hasta el día en que prácticamente
obtuvo por segunda vez a su hijo como un don suyo. La experiencia
que el patriarca tenía de Dios era la que le había quedado por
el llamado y la promesa cumplida en su hijo Isaac. Ahora,
en la escena que estamos contemplando, Abraham, que ha dejado
todo para seguir a un Dios que apenas empezaba a conocer como
un Dios fiel y un Dios de la vida, tiene que aceptar ahora que,
ante la pérdida de su hijo único, se desvanece su futuro, pues
su hijo Isaac que se le está pidiendo en sacrificio, contiene
todavía una promesa: la descendencia. Promesa que, de acatar
la exigencia divina, no llegará a su pleno cumplimiento.
Hermanos, lo que Dios pide, es algo horrible a los ojos
de Abraham y a los nuestros que, aunque conocemos el desenlace,
no deja de impactarnos. Pero no dejemos de seguir los pasos
que el patriarca da para cumplir lo que Dios le pide. Vemos que
se encamina por tres días para acatar la demanda junto con su
hijo quien también, llegado el momento, se somete en la obediencia.
Estamos viendo, hermanos, que Dios, prueba a Abraham y a su hijo.
No podemos más que admirar su fe que se manifiesta en la entrega
total de la voluntad, es decir, en una obediencia tal que
será el modelo de la fe no sólo en la tradición judía sino también
en la cristiana. Abraham, creía ya conocer a Dios, pero este
trago amargo le hizo crecer sobremanera en la fe y en el amor
al Dios verdadero. Por eso Dios le confirmó la promesa.
En el evangelio se narra la transfiguración de Jesús
ante sus discípulos escogidos, Pedro, Santiago y Juan. Aparentemente
no tiene nada que ver con la primera lectura, como suele darse.
Pero para entender la profundidad de este misterio es necesario
recordar el contexto en que se da. Como le había sucedido a
Abraham, a los apóstoles también se les han dado motivos para
esperar de Jesús un futuro grandioso pues se ha dejado identificar
como Mesías. Pedro lo había reconocido como Mesías, pero Jesús
les aclaró —a él y a sus compañeros— inmediatamente, cómo era
el mesianismo que iba a realizar mediante el sufrimiento y
la muerte. Ante la descripción de este panorama tan dramático,
Pedro intervino una vez más llevando a Jesús aparte para regañarlo
y hacerlo desistir de ese proyecto tan absurdo. Jesús lo recriminó
llamándolo Satanás pues pretendía disuadirlo de realizar el
proyecto del Padre que era llevar a cabo la redención mediante
su muerte en cruz.
Parece, hermanos, que Jesús escogió a los que serían testigos
de otros acontecimientos para invitarlos a una experiencia
que contrastara el desconcierto y el desánimo que la revelación
de su misterio les había provocado. Y es en este contexto donde
podemos encontrar el punto en común con la primera lectura: los
apóstoles, como Abraham, son invitados a vivir la fe como una
experiencia de obediencia en el amor. Los criterios religiosos
comunes no bastan para comprender la profundidad y la anchura
del misterio de Dios. Se necesita el abandono en la fe y el
amor de Dios. A la manera de Abraham y de Jesús.
Ahora que estamos recorriendo el camino de la Cuaresma, tal
vez, hermanos, tendríamos que empezar nuestra conversión cayendo
en la cuenta de que una verdadera conversión no se expresa
principalmente con las obras, por más piadosas que éstas sean,
sino por el cambio de mentalidad frente a Dios. Es muy
conveniente que permanezcamos atentos a los signos que nos va
dando y a los que no va pidiendo y esperar que, cuando menos lo
pensemos, nos sorprenda con que su Sabiduría está muy por encima
de nuestros proyectos y expectativas.
El que no le perdonó la vida a su Hijo amado por amor a nosotros
(segunda lectura) ¿qué nos irá a pedir cuando menos lo esperemos?
Es necesario estar preparados mediante la conversión sincera
del corazón y de la mente. Dejemos nuestro narcisismo al pensar
que con ser “mejores” ya estamos en el camino hacia la Pascua.
Con la ayuda de su gracia dejemos a un lado las pretensiones
de querer agradar a Dios con nuestras artificiales penitencias
que sólo satisfacen nuestro ego. Aprendamos de Jesús y de el
patriarca Abraham a abandonarnos libremente en la manos de un
Dios que sabemos nos ama y sólo quiere nuestro bien a pesar
de las experiencias que nos hace pasar.
En la Sagrada Eucaristía, mis hermanos, especialmente en la
dominical, Dios nos habla a través de su Hijo, su Palabra
viva. El nos da un mandato muy sencillo y a la vez muy importante:
¡Escúchenlo! De esto depende todo lo demás; nuestra misma
vida eterna. Nuestra Muchachita, Santa María de Guadalupe la
obediente por excelencia entre los hijos del nuevo Pueblo quien
desde hace 475 años camina a nuestro lado, nos ayude y nos acompañe
en este camino de vuelta a Dios. Amén.