Homilía
pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México
en la Basílica de Santa María de Guadalupe en
el V Domingo de Cuaresma.
2 de abril de 2006
Primer aniversario luctuoso de Juan Pablo II
San Juan nos ha propuesto, en
esta bella página del evangelio que acabamos de escuchar, una
meditación profunda sobre la muerte-glorificación de Cristo,
es una prefiguración del misterio pascual. Pero si el evangelio
de hoy es un preludio de la pasión, la primera lectura del profeta
Jeremías nos ha descubierto el fruto más bello de la pasión:
la nueva alianza: “he aquí que vendrán días,
dice el Señor, en los cuales yo sellaré una alianza nueva
con la casa de Israel y con la casa de Judá”.
La alianza es como el hilo conductor de toda la historia
de salvación que meditábamos el domingo pasado. Sólo
en torno a la alianza pueden entenderse todos los acontecimientos e
intervenciones de Dios en la historia. Bajo la guía de los profetas,
Israel fue conducido a una comprensión más interior de
la alianza: los contenidos jurídicos y rituales pasan a un segundo
plano, en relación a la revelación de una alianza que
es ante todo comunión con Dios. Yavéh se presentó
como un Padre que ama y guía a su Hijo, como una madre que no
abandona el fruto de su seno, como un pastor que cuida de sus ovejas,
como un esposo tierno y amoroso y al mismo tiempo celoso. Con la sangre
de Cristo se sella una alianza nueva y eterna, cumpliéndose así
el anhelo profético. Se realiza entre Dios y el hombre una mutua
pertenencia, un ser el uno para el otro: “ustedes serán
mi pueblo y yo seré su Dios”.
La Alianza, sin embargo, tiene no sólo una
dimensión vertical con Dios que nos ha elegido, sino también
una dimensión horizontal, pues nos ha hecho un Pueblo, nos ha
hecho hermanos, ha creado entre nosotros una solidaridad insospechada,
por esta razón, la tradición eclesial nos insiste tanto
en la necesidad de la práctica de la caridad fraterna durante
las semanas cuaresmales. El rostro del Dios verdadero es el del Dios
de la alianza con los hombres, el Dios que habita en lo profundo de
los corazones; convertirnos a ese Dios es convertirnos al hermano. Sólo
un corazón puro, lleno de Dios, puede amar desinteresadamente
al prójimo. Sólo el signo de la caridad fraternal es capaz
de dar coherencia en nuestra vida al amor a Dios.
El agradecimiento al Señor por sus dones y beneficios
es un elemento fundamental de la espiritualidad bíblica tanto
en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En las plegarias de los patriarcas,
de los profetas, de los hombres y mujeres santos de la Primera Alianza,
son frecuentes las expresiones de gratitud a Yahvé de quien proviene
todo bien. Tobías, símbolo de la piedad de Israel, invita
a los hijos de Sión a no olvidar lo que el Señor ha hecho
en su favor: “Contemplen lo que ha realizado en favor de ustedes
y agradézcanselo con voz fuerte; bendigan al Señor de
la justicia y alaben al Rey de los siglos”. En los salmos, la
expresión más característica de la oración
de Israel, con frecuencia nos encontramos los verbos: bendecir, alabar,
agradecer, gozar, celebrar, para invitarnos a la oración agradecida
y al reconocimiento por las intervenciones bondadosas de Dios en nuestra
historia.
En los Evangelios Jesús se manifiesta como
el Siervo Obediente que cumple la voluntad de su Señor y exulta
de gozo por su proyecto salvífico, como el Hijo que sabe que
su Padre siempre lo escucha por esto siempre le agradece; así
lo hace en la multiplicación de los panes y en la resurrección
de su amigo Lázaro, pero sobre todo en su gran Evento Pascual
en donde mandó a sus discípulos hacer memoria de Él
con la forma ritual de una acción de gracias.
Esto es lo que hoy hacemos en esta Basílica
de Guadalupe: Celebrar la Cena del Señor como una Acción
de Gracias, sabedores de que “Todo don perfecto viene de lo alto
y desciende del Padre de las luces”. Sabedores de que el Pontificado
de S.S. Juan Pablo II fue un gran regalo de Dios para su Iglesia, un
don para nuestro mundo y en especial una gran caricia de Dios para nuestro
México ya que en él pudimos ver el grande amor que Dios
nos tiene. En esta Acción de Gracias estamos viviendo la Comunión
con todas las Iglesias esparcidas por el mundo que en este día,
primer aniversario del tránsito de Juan Pablo II a la gloria,
glorifican al Señor porque pudieron ver y comprobar que nuestro
llorado Pontífice fue y sigue siendo una hermosa carta de Dios
para el mundo.
Desde su primer discurso inolvidable en que nos invitó
a abrir nuestras puertas a Jesucristo hasta sus últimos días
en que se glorió de los padecimientos de nuestro Salvador, el
centro de todas sus actividades fué el Anuncio de Cristo Jesús,
con palabras y en obras.
El entusiasmo y la alegría por anunciar a Jesucristo
a todas las gentes fue manifiesto en todas las naciones. Además
de hacer uso de los medios de comunicación para cumplir su misión
el Santo Padre quiso visitar personalmente los países de mayoría
católica pero también a las naciones en donde los discípulos
de Jesús son una minoría. Sus viajes los hizo para encontrar
multitudes y también para encontrar pequeños grupos, llegó
a lugares de fácil acceso y también a lugares con muchas
dificultades, tuvo viajes en donde se tomaron muchas seguridades y también
a lugares en donde corrió todos los riesgos.
Aquí a esta Basílica vino a encomendar
su Misión Apostólica a Santa María de Guadalupe,
la Morenita, como él, con cariño, frecuentemente la nombraba
y en donde, según sus palabras, Dios le inspiró el estilo
Misionero de su Pontificado. En el escudo papal siempre vimos campear
una gran cruz, evidente referencia a Cristo crucificado, y una grande
M, inicial del nombre de María, la Madre virginal y la discípula
fiel de Cristo. Su leyenda “Totus Tuus” nos hablaba de su
confianza y su consagración total a la Madre del Señor.
En sus viajes Apostólicos Su Santidad siempre
dedicó un tiempo especial para visitar los santuarios Marianos,
pero entre todos ellos podemos decir que mostró una especial
predilección por esta “casita” de Santa María
de Guadalupe en donde nos entregó el documento conclusivo del
Sínodo de América y en donde beatificó y canonizó
a San Juan Diego, beatificó a los niños mártires
Tlaxcaltecas y a los mártires Oaxaqueños.
Una de las muchas características del Santo
Padre fué su valentía para anunciar el Evangelio aplicado
a situaciones concretas en donde contrastaba la voluntad de Dios con
lo que piensan los hombres. Como el Apóstol Pablo nunca buscó
adular con palabras, nunca buscó algún honor de parte
de los hombres sino que cuidó de sus hijos como una madre, tomó
sobre si las críticas e injurias, suscitando sin embargo gratitud,
amor y haciendo caer los muros del odio y de lo que nos hace extraños;
siempre como Pablo, soportó los sufrimientos para completar en
su vida terrena lo que le falta a los padecimientos de Cristo.
Por esto y por todo lo que hizo Su Santidad ya es
“Juan Pablo II el grande” y esperamos que pronto la Iglesia
oficialmente reconozca su santidad. Agradezcamos al Señor que
lo eligió y nos lo envió como un gran regalo.