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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.

Domingo 2 de noviembre de 2006


Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos. Mis hermanos y hermanas de la vida consagrada. Mis amados hermanos en el Ministerio Diaconal, Presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

Ayer recordábamos a todos aquellos que son un modelo de vida por su unión con Cristo. Por esta comunión con Cristo participan en la gloria de la santidad de Aquel que es el Santo, Dios mismo. Hoy nuestra oración tiene presentes a todos aquellos que han hecho camino entre nosotros, y que ya no están. Confiamos en que Dios los acogerá, pero también queremos interceder porque sino han conseguido la plenitud de la esperanza, nuestra plegaría interceda cerca del Padre que es misericordioso, para que encuentren el camino de purificación necesaria para vivir dignamente la resurrección. La primera lectura del Libro de los Macabeos nos ha dicho muy claro; orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados, es una acción santa y conveniente.

Mis hermanos, como recuerda el primer Prefacio de los Difuntos, en Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y así aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Se trata de mirar a la muerte de frente, de cara, pero con fe. Así lo expresa la continuación del prefacio, al que hago referencia, y que nos indica el tono y el fondo de las reflexiones que públicamente hay que hacer. La vida de los que creen en ti, Señor, no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo.

La carta a los cristianos de Corinto, la primera nos dice Pablo: en Cristo todos volverán a la vida. Y en la carta a los cristianos de Roma, nos recuerda lo que nunca tendríamos que perder en nuestra conciencia: somos del Señor. Si vivimos para el Señor, vivimos, si morimos para el Señor, morimos. Esto evidentemente siempre lo afirmamos desde la perspectiva de la fe. Creer nos da una perspectiva diferente de las realidades y es desde la fe que nosotros miramos la muerte y la vida. Dios está presente. Pero esta conciencia de la presencia de Dios la podemos vivir desde polos muy diferentes, porque al fin y al cabo cada persona le es determinante su manera de ser, la formación recibida, la espiritualidad vivida. Así algunos la viven desde un respeto hacia Dios, que hace que en su vida esté muy arraigada la actitud de temor. Que significa una mezcla de respeto y casi de miedo. Dios nos observa para apuntarse las cosas que no hacemos bien y reprochárnoslo en su momento.

Yo recuerdo de niño, una de mis catequistas, nos decía: mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que te vas a morir, mira que no sabes cuando, y nos sentíamos unidos cuando nos decía esto, acarar que terrible a de ser Dios. Es una vivencia avasalladora, aunque a algunos espíritus les ayuda a comportarse moralmente  como es debido. Pero hay otra manera, mis hermanos, hay otra manera de vivirla que es la que descubre que por encima de todo que Dios es amor, Dios nos ama, somos hechura suya y con la conciencia de ser amados por el Señor hacen las cosas con la confianza de sentirse acompañados por el amor. Esta vivencia les es más bien fuente de liberación. Pero atención, mis hermanos, no tiene que ser una excusa para hacernos irresponsables, al fin que Dios nos ama.

A menudo estas dos maneras de vivir la fe se mezclan, pero siempre hay que tenerlas en cuenta. Las últimas palabras de la lectura que hemos proclamado, nos dicen bien claro: cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo. Y esto puede tener ecos diferentes, si nos conocemos como discípulos de Cristo las palabras del final del Evangelio de hoy, tienen que resonar siempre en el interior de cada uno de nosotros. 

“Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” Efectivamente, mis amados hermanos, Jesús nos enseña por donde debemos enfocar la vida, por eso es el camino, nos dice lo que es cierto, no nos engaña, por eso es la verdad y además nos permite como Cristo mismo vivir en Dios por eso es la vida verdadera. Por tanto, todo lo que ha dicho Jesús, hay que irlo asumiendo, escuchando este Evangelio ante la conmoción de la separación de la muerte humana nos recomienda una actitud de serenidad: no se perturbe su corazón, serénense, tranquilos, y nos dice el porque tenemos que abrazarnos a la fe, es decir, porque confiamos en Dios y porque creemos en las palabras de Jesús, creemos en lo que dijo a sus discípulos en la última cena: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, hay muchas estancias”, es la casa eterna del cielo como lo recuerda el prefacio.

Nuestra celebración de hoy es por tanto una proclamación que va contra corriente de nuestra propia experiencia y de lo que se suele afirmar cuando se dice que nuestros difuntos ya no están y que han desaparecido. Si Jesús dice y nos promete en el Evangelio que acabamos de escuchar, que Él se va, pero se va para prepararnos un sitio y que volverá y que quiere que estemos “a donde yo voy”. No nos queda más posibilidades que afirmar que aquellos de entre nosotros que como Jesús nos han dejado físicamente, ahora viven lejos de nosotros, sí, pero viven en Jesús, viven plenamente o incluso podemos afirmar que aquellos que ya no tienen sitio en nuestro mundo son justamente los que Jesús acoge a su lado donde sí hay sitio para todos, buena afirmación, en nuestro mundo no hay sitio para todos, pero ante Jesús sí.

De nuestros difuntos, mis amados hermanos, hemos perdido su presencia física, porque ellos han perdido su vida entre nosotros, pero nuestra fe nos hace afirmar que viven ya la vida en Dios, una vida sin riesgo, una vida plena. En nuestra sociedad también es muy habitual hablar de los difuntos con la voluntad de mantener su recuerdo y su memoria, esto está muy bien. Pero nosotros creyentes quizás deberíamos afirmar más la presencia de nuestros difuntos y en una doble presencia. Presencia en primer lugar junto a Jesús, junto a Dios mismo, como nos recordaba el Evangelio de hoy, nuestros difuntos no están desaparecidos o perdidos en el infinito y nosotros lo rescatamos con nuestra memoria, no, mis hermanos, sino que viven, está en nuestra fe, viven en la presencia de Dios.

Además también hay otra presencia de todos nuestros hermanos difuntos, gozamos de la presencia de nuestros difuntos más allá del recuerdo, más allá de la memoria meramente pasiva. Muchos de nuestros difuntos han configurado nuestra vida y mucho de lo que somos y de lo que tenemos se lo debemos a ellos, cuantas veces no decimos; se parase a su papá, se parece a su mamá, se parece a sus hermanos, tenemos los rasgos de los que ya se han ido.

Lo que celebramos hoy, mis queridos hermanos, no es ningún culto a los muertos sino todo lo contrario, es el culto al Dios de los vivos y por el cual todos viven. Porque de hecho es la vida de Dios la que llena de vida a todos aquellos y aquellas que a nuestros ojos, ya han acabado la vida entre nosotros y ahora viven la vida de Dios a su lado. El signo de esta afirmación tan atrevida ha sido la resurrección de Jesús. Jesús de Nazaret murió en la cruz, pero recibió la nueva vida de Dios en el sepulcro, Él fue el primero y lo ha dicho bien claro Pablo en la segunda lectura y así nuestros sepulcros o la tierra que acoge nuestras cenizas, los cementerios que visitamos estos días, son tan sólo un lugar de recogimiento, mientras que las personas siguen viviendo junto a Dios.

Ahora estamos celebrando la Eucaristía que es el memorial de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, pero que también es el sitio en el que no sólo recordamos a nuestros fieles difuntos, sino en el que también los hacemos presentes en nuestra oración.

Pensemos, meditemos, mis hermanos, en esta palabra.

 
 
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