¿ENTRADA TRIUNFAL?
Alabemos, hermanos, a Cristo, pues por su Santa
Cruz redimió al mundo.
Estamos
iniciando, queridos hermanos, la semana mayor del año.
Es la semana en que la tradición cristiana nos hace entrar muy
vivamente en los misterios centrales de nuestra fe: la
pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Salvador y Señor
Jesucristo.
Se dice comúnmente que el Domingo de Ramos recuerda
y actualiza la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén.
Y esto es cierto, con tal de que entendamos el sentido real de
este concepto en el misterio completo de Jesús Mesías, nacido
de la Virgen María y de Dios por obra del Espíritu, Palabra
viva del Padre, Redentor, Salvador y Señor, Maestro y Verdad de
Dios y de los hombres, Camino de la humanidad hacia el Padre,
Vida plena de quienes se saben débiles por el pecado.
A la luz de todos estos distintivos propios
de Jesucristo, tomados cada uno en grado sumo y perfecto y
vistos en su conjunto armonioso en la única persona del Dios
hecho hombre, su entrada triunfal no puede ser, en
manera alguna, como la de un hombre que lucha por el poder
buscando un lugar preponderante entre el resto de los hombres,
para obtener seguridad en sí mismo y saciarse de su poder por
encima de los que dice servir.
Al contrario, hermanos míos. La entrada de Jesús
en Jerusalén es la del triunfo de la verdad y del amor de Dios
sobre el orgullo y la prepotencia de quienes luchan a brazo
partido por colocarse en un lugar de poder y de prestigio en el
relumbrón del dinero y en la mentira; de quienes se colocan
por encima de todos a base promesas que jamás cumplen, pero
que entusiasman de momento.
En las cuatro lecturas que la liturgia de hoy
nos presenta, incluyendo la del evangelio que precede la procesión
solemne de los ramos, tenemos un denominador común: la humildad
y sencillez manifestadas en la obediencia del Siervo del Señor
que, para nosotros los discípulos de Cristo no es otro que nuestro
Señor Jesucristo.
En efecto, mis hermanos, el profeta Isaías describe
anticipada y cabalmente las actitudes, el carácter y, en fin,
los rasgos propios de Jesús en esta su entrada “triunfal”:
hace frente, de una manera increíblemente libre y confiada, a
la suerte que le toca, llevado sólo por el amor a Dios y a
sus hermanos.
Tiene la certeza de que su misión tiene absolutamente sentido,
a pesar de las evidencias del momento en que sufre las pruebas.
Pero es el Apóstol quien de una manera,
por demás dramática, nos explica la profundidad de este misterio
de amor que Jesús realiza en la historia y que proyecta sus
efectos no sólo en ella sino que va mucho más allá de lo que el
ser humano puede imaginar y comprender: se despojó de sí
mismo y, asumiendo la condición de esclavo, se humilló haciéndose
obediente hasta la muerte y muerte de cruz (cf.
Fil 2, 7-8).
Cada año, mis hermanos, recordamos y hacemos presentes
estos misterios de amor sublime e inalcanzable no sólo
para pretender igualarlo, ni siquiera para abarcarlo y comprenderlo.
Lo que sucede es que nuestras pobres, y a veces, miserables
experiencias nos impiden acceder fácil y directamente a este
hecho divino humano acaecido en Jesús.
Quiero, mis hermanos, detenerme en algunos detalles
del evangelio que nos ayuden a prepararnos a vivir a profundidad
estos misterios que celebraremos esta semana.
Uno de estos detalles es la incapacidad de comprensión que
los discípulos y los judíos, en general, muestran del
misterio de Jesús hasta los momentos mismos de la pasión
y de la muerte del Maestro.
Desde el inicio de la narración de la pasión, san
Marcos nos describe el escándalo que provoca en algunos el hecho
de la unción de Jesús en Betania por parte de aquella mujer.
¡Vamos! Ni siquiera la mujer es ciertamente capaz de entender
a fondo su acción que, explicada por Jesús resulta profética.
Pero desde luego que quienes menos están en sintonía con el
hecho, como lo ve Jesús, son esos que murmuran y se lamentan
del gasto inútil por derramar el ungüento tan costoso.
No ven más que la utilidad económica o política que podría tener
tal vez en otras circunstancias. Para ellos no cuenta la actitud
generosa de alguien que aprecia y rinde homenaje a Jesús.
Son incapaces de ver con otros ojos que les permita descubrir
otros valores.
Pero tampoco los discípulos, ni en Getsemaní,
en la agonía responden con propiedad a Jesús. ¡Qué dramático
es comprobar que se puede andar con Jesús sin conocerlo ni comprenderlo!
Por el contrario es muy notable la profesión de fe que hace
el soldado romano al pie de la cruz cuando grita: verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios.
También vale la pena hacer notar, mis hermanos,
que la narración de la pasión y muerte del Señor constituye
el núcleo de la fe cristiana desde sus primeros instantes
en que fue predicada con la explicación del sentido de estos hechos
(cf. Hech 2, 22-36; 1Co 1,22-23).
De hecho, los grandes comentaristas de los evangelios, afirman
que la narración de la pasión y muerte de Jesús es la pieza
literaria más antigua de estos documentos. Fue lo primero
que se puso por escrito.
Esto es muy importante, mis hermanos, porque este
hecho está también en la médula de la celebración cristiana, desde
su origen. La Eucaristía no ha cambiado sustancialmente.
En su celebración hacemos presentes, por la fe, la esperanza y
el amor, el acto redentor de Cristo y en la medida en que
crecemos en la comprensión de este misterio, en esa medida descubriendo
cómo nuestra vida se transforma poco a poco en una ofrenda generosa
en el amor ¡como la de Cristo en la cruz!
¡Éste es el Hijo de Dios! Ha de ser la exclamación salida
de lo más hondo de nuestro ser cada vez que celebramos la Cena
del Señor.
Quiera el Señor, mis hermanos, renovarnos esta
semana santa, por la contemplación de estos misterios, para
ser verdaderos servidores de Dios y de sus hijos, los más pequeños,
los más pobres. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia
de no escatimar y quedarnos con algo que le pertenece a Él y les
pertenece a los que más lo necesitan.
Precisamente como Jesús —según lo prefigura Isaías— que no
ha puesto resistencia ni se ha echado para atrás al momento
de la entrega en el amor. Que María, nuestra muchachita y Señora del Tepeyac,
nos asista con su intercesión para alcanzar este don que
ella misma nos vino a anunciar con su imagen bendita. Amén.
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