InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 

Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo de Ramos.

9 de abril de 2006

¿ENTRADA TRIUNFAL?

Alabemos, hermanos, a Cristo, pues por su Santa Cruz redimió al mundo.

Estamos iniciando, queridos hermanos, la semana mayor del año. Es la semana en que la tradición cristiana nos hace entrar muy vivamente en los misterios centrales de nuestra fe: la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Salvador y Señor Jesucristo.

Se dice comúnmente que el Domingo de Ramos recuerda y actualiza la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén.

Y esto es cierto, con tal de que entendamos el sentido real de este concepto en el misterio completo de Jesús Mesías, nacido de la Virgen María y de Dios por obra del Espíritu, Palabra viva del Padre, Redentor, Salvador y Señor, Maestro y Verdad de Dios y de los hombres, Camino de la humanidad hacia el Padre, Vida plena de quienes se saben débiles por el pecado.

A la luz de todos estos distintivos propios de Jesucristo, tomados cada uno en grado sumo y perfecto y vistos en su conjunto armonioso en la única persona del Dios hecho hombre, su entrada triunfal no puede ser, en manera alguna, como la de un hombre que lucha por el poder buscando un lugar preponderante entre el resto de los hombres, para obtener seguridad en sí mismo y saciarse de su poder por encima de los que dice servir.

Al contrario, hermanos míos. La entrada de Jesús en Jerusalén es la del triunfo de la verdad y del amor de Dios sobre el orgullo y la prepotencia de quienes luchan a brazo partido por colocarse en un lugar de poder y de prestigio en el relumbrón del dinero y en la mentira; de quienes se colocan por encima de todos a base promesas que jamás cumplen, pero que entusiasman de momento.

En las cuatro lecturas que la liturgia de hoy nos presenta, incluyendo la del evangelio que precede la procesión solemne de los ramos, tenemos un denominador común: la humildad y sencillez manifestadas en la obediencia del Siervo del Señor que, para nosotros los discípulos de Cristo no es otro que nuestro Señor Jesucristo.

En efecto, mis hermanos, el profeta Isaías describe anticipada y cabalmente las actitudes, el carácter y, en fin, los rasgos propios de Jesús en esta su entrada “triunfal”: hace frente, de una manera increíblemente libre y confiada, a la suerte que le toca, llevado sólo por el amor a Dios y a sus hermanos.

Tiene la certeza de que su misión tiene absolutamente sentido, a pesar de las evidencias del momento en que sufre las pruebas.

Pero es el Apóstol quien de una manera, por demás dramática, nos explica la profundidad de este misterio de amor que Jesús realiza en la historia y que proyecta sus efectos no sólo en ella sino que va mucho más allá de lo que el ser humano puede imaginar y comprender: se despojó de sí mismo y, asumiendo la condición de esclavo, se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Fil 2, 7-8).

Cada año, mis hermanos, recordamos y hacemos presentes estos misterios de amor sublime e inalcanzable no sólo para pretender igualarlo, ni siquiera para abarcarlo y comprenderlo.

Lo que sucede es que nuestras pobres, y a veces, miserables experiencias nos impiden acceder fácil y directamente a este hecho divino humano acaecido en Jesús.

Quiero, mis hermanos, detenerme en algunos detalles del evangelio que nos ayuden a prepararnos a vivir a profundidad estos misterios que celebraremos esta semana.

Uno de estos detalles es la incapacidad de comprensión que los discípulos y los judíos, en general,  muestran del misterio de Jesús hasta los momentos mismos  de la pasión y de la muerte del Maestro.

Desde el inicio de la narración de la pasión, san Marcos nos describe el escándalo que provoca en algunos el hecho de la unción de Jesús en Betania por parte de aquella mujer.

¡Vamos! Ni siquiera la mujer es ciertamente capaz de entender a fondo su acción que, explicada por Jesús resulta profética.

Pero desde luego que quienes menos están en sintonía con el hecho, como lo ve Jesús, son esos que murmuran y se lamentan del gasto inútil por derramar el ungüento tan costoso.

No ven más que la utilidad económica o política que podría tener tal vez en otras circunstancias. Para ellos no cuenta la actitud generosa de alguien que aprecia y rinde homenaje a Jesús. Son incapaces de ver con otros ojos que les permita descubrir otros valores.

Pero tampoco los discípulos, ni en Getsemaní, en la agonía responden con propiedad a Jesús. ¡Qué dramático es comprobar que se puede andar con Jesús sin conocerlo ni comprenderlo!

Por el contrario es muy notable la profesión de fe que hace el soldado romano al pie de la cruz cuando grita: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

También vale la pena hacer notar, mis hermanos, que la narración de la pasión y muerte del Señor constituye el núcleo de la fe cristiana desde sus primeros instantes en que fue predicada con la explicación del sentido de estos hechos (cf. Hech 2, 22-36; 1Co 1,22-23).

De hecho, los grandes comentaristas de los evangelios, afirman que la narración de la pasión y muerte de Jesús es la pieza literaria más antigua de estos documentos. Fue lo primero que se puso por escrito.

Esto es muy importante, mis hermanos, porque este hecho está también en la médula de la celebración cristiana, desde su origen. La Eucaristía no ha cambiado sustancialmente.

En su celebración hacemos presentes, por la fe, la esperanza y el amor, el acto redentor de Cristo
y en la medida en que crecemos en la comprensión de este misterio, en esa medida descubriendo cómo nuestra vida se transforma poco a poco en una ofrenda generosa en el amor ¡como la de Cristo en la cruz!

¡Éste es el Hijo de Dios! Ha de ser la exclamación salida de lo más hondo de nuestro ser cada vez que celebramos la Cena del Señor.

Quiera el Señor, mis hermanos, renovarnos esta semana santa, por la contemplación de estos misterios, para ser verdaderos servidores de Dios y de sus hijos, los más pequeños, los más pobres. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de no escatimar y quedarnos con algo que le pertenece a Él y les pertenece a los que más lo necesitan.

Precisamente como Jesús —según lo prefigura Isaías— que no ha puesto resistencia ni se ha echado para atrás al momento de la entrega en el amor.
Que María, nuestra muchachita y Señora del Tepeyac, nos asista con su intercesión para alcanzar este don que ella misma nos vino a anunciar con su imagen bendita. Amén.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados