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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del Jueves Santo.

Jueves 13 de abril de 2006.

Gracias Señor, muchas gracias, por tu sangre que nos lava, por tu cuerpo que nos alimenta

Mis amados hermanos y hermanas, la celebración de esta tarde nos sitúa junto al Señor para compartir con Él estos días, y a lo largo de la vida, su pasión, su muerte y su gloriosa resurrección. Con San Pablo podemos decir que queremos tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús.

La conmemoración de la cena del Señor con los apóstoles condensa diversos elementos básicos vida cristiana: en primer lugar la Sagrada Eucaristía. Segundo: el ministerio servicio a la comunidad.  El Jueves Santo, en la última cena, el Señor, a la víspera de su pasión y de su muerte, instituyó el sacramento del amor, la sagrada Eucaristía e instituyó el sacerdocio, no hay sacerdocio sin Eucaristía, tampoco Eucaristía sin sacerdocio.

Yo quiero felicitar muy cordialmente a mis hermanos sacerdotes insustituibles e inmediatos colaboradores míos, en mí trabajo pastoral en la casita de la Señora del cielo, les invito a que le demos un fuerte aplauso por su entrega generosa, por su servicio. Reconozco la alegría y la generosidad con que sirven a los miles y millones de peregrinos en esta casita de la Señora.

Hoy también, mis hermanos, estamos celebrando la Caridad, el mandato del amor, distintivo esencial de todo cristiano. Amar a los que Dios ama y como Dios ama.

En la Eucaristía siempre, no sólo hoy, se realiza sacramentalmente está vinculación indisoluble que hay en los diferentes elementos que constituyen la vida cristiana.

La Eucaristía es la confesión de fe, en la redención que Jesucristo nos ha obtenido y que quiere expresar como se funda y mantiene la comunidad de los discípulos, la comunidad que vive al servicio de la comunión entre los  hombres y mujeres que constituyen su propia sociedad. Así hace vivir a actuar, hace vida y actuante en la cotidianidad la redención de Cristo para todos.

La segunda lectura de la carta de San Pablo a los Corintios que hemos proclamado nos ha recordado lo que Jesús encargó a la comunidad cristiana: “Hagan esto en conmemoración mía” ¿Y qué es esto que tenemos que hacer?, ¿Cuál es el memorial de Jesús que debemos celebrar? ¿Cómo podemos seguir recibiendo su presencia y su amor?, ¿Cómo podemos asociarnos a su construcción del Reino de Dios, en medio de nuestra humanidad en el hoy, en el aquí y en el ahora?, ¿Cómo la esperanza viva que plantó en la Tierra, alimenta nuestro vivir y nos convertimos en sembradores de esperanza, de ilusiones a nuestro alrededor?

Mis amados hermanos y hermanas, lo que tenemos que hacer es, como leemos en la carta de San Pablo pronunciando la acción de gracias tomar el pan y el cáliz, debemos comer el pan que nos alimenta y beber el vino que nos purifica.

El Jueves Santo venimos a celebrar precisamente la institución de la Eucaristía, venimos a tomar el pan y el cáliz pronunciando la acción de gracias. Por eso debemos hacerlo de forma auténtica y verdadera como Jesús pide en el evangelio de San Juan, cuando dice: Qué los auténticos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en verdad.

El culto a Dios, mis hermanos, puede quedar en una celebración ritual que no transforma el corazón de las personas y eso no vale; para que no sea así, para que la eucaristía no se quede en un culto ritual debemos lavarnos los pies los unos a los otros.

En el evangelio que hemos proclamado se nos dice que Jesús se puso a lavar los pies a sus discípulos y que les dijo: “les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan, bien dicen que yo soy el maestro, lo que yo he hecho, háganlo también ustedes”.

Su encargo a la comunidad es, pues, la celebración de la Eucaristía como sacramento de amor mutuo, de las buenas relaciones, de la paz y la amistad, del servicio y de la humildad hacia las demás personas, y los demás grupos humanos, pueblos, naciones, culturas, religiones, es el sacramento de la comunión con Dios, con la comunidad y con la humanidad entera.

El Jueves Santo de este 2006 debe constituir un paso adelante que haga saltar nuestra resistencias al amor de verdad y que haga avanzar a nuestras comunidades y a cada persona que lo que estamos celebrando en el ejercicio práctico y realista de lavarnos los pies.

Como dice un obispo, el obispo Pedro Cazaldaliga, el egoísmo, el deseo de dominio y los artefactos malignos de la mentira atropellan los derechos más legítimos, se apropian de la verdad e imponen el pensamiento único.

Nosotros nos negamos aceptar ese yugo, creemos que otro mundo es posible, queremos ser una sola humanidad pero de otra manera, en la libertad, en la igualdad, en la convivencia pacífica, en la pluralidad complementaria.

Mis amados hermanos y hermanas, hagamos práctica de lavarnos los pies como Jesús nos encarga, “pues sí yo el maestro y el Señor les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a los otros”.

Lavar los pies es el gesto de Jesús que pone el sello de  autenticidad a la eucaristía, es hacerse próximo, es hacerse servidor, mostrándose y postrándose a los pies de otras personas.

Es amar, es lavar el polvo del camino, es ofrecer descanso, es confortar, es dar salud, es crear comunión.

Providencialmente esto nos lo ha hecho vivir intensamente nuestra Niña y muchachita Santa María de Guadalupe a lo largo de 475 años, este es el Acontecimiento Guadalupano, mis hermanos, hacernos servidores, postrarnos a los pies de los demás, amarlos, lavar el polvo del camino, ofrecer descanso, comprensión, confort, dar salud, dar alegría, crear lazos, vínculos de comunión, de fraternidad, sumar, integrar.

Debemos acompañarnos, debemos saber convivir, debemos respetar y ayudar a las personas enfermas, a los grupos y personas afectadas por la pobreza, debemos ser personas justas y hornadas, que saben respetar a los demás y ser fraternos en el ejercicio de las propias responsabilidades de la profesión, del trabajo, del negocio, de la escuela.

Mis amados hermanos y hermanas, en la práctica de la fraternidad no debemos caer en ser protagonistas, ni absorbentes en el servicio.

Lavarnos los pies unos a otros, exige la promoción humana de todos. No nos podemos contentar con responder solamente a las espectivas inmediatas ante la pobreza, porque corremos el riesgo de perpetuar la desigualdad social.

Debemos procurar ayudar a todos a ser sujetos activos de la propia promoción y no sólo receptivos de asistencia. Por ejemplo, con los niños, con los discapacitados, con los enfermos, con los migrantes, con los recién llegados a nuestro grupo, a nuestra comunidad a nuestra sociedad.

Mis amados hermanos y hermanas, es la consigna de hoy, de este Jueves Santo: “hagan esto en memoria mía”. Que así sea.

 
 
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