Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro
salvador ha nacido en el mundo. Del cielo ha descendido hoy
para nosotros la paz verdadera (Ant. de entrada, Misa de medianoche).
Mis hermanos: Hace dos mil años sucedió algo que nunca jamás
hubiera imaginado, y menos esperado, el ser humano. Comenzó
Dios hace dos mil años una aventura que había tenido en su mente
eterna y que, cuando llegó la plenitud de los tiempos realizó
con el hombre. Jamás antes había mostrado tanta misericordia
con la criatura humana como cuando el que estaba junto al
Padre, se hizo para siempre compañero, hermano, maestro y salvador
de la criatura humana.
Hoy, después de dos mil años, ese acontecimiento, que revolucionó
la historia de la humanidad, sigue siendo Buena Noticia, Anuncio
y Promesa. Es Palabra que anuncia y realiza lo que anuncia.
Es la Palabra que Dios ha pronunciado en la historia pero que
existía en Dios y era Dios. Ha sido la última y definitiva
palabra que Dios ha pronunciado, y ha sido también la más
efectiva. Es la misma que pronunció cuando al inicio del tiempo
cuando llamó a la existencia todo lo creado.
Si es dejar de ser Palabra o Verbo del Padre, es también palabra
humana, puesto que se asimiló a ella. Dios adoptó, en
Jesucristo, nuestro lenguaje para que, poniéndose
a nuestro nivel, pudiera comunicarnos los misterios de su
amor. Hizo suyas nuestras limitaciones, pobrezas y carencias
para hacer de todo eso un camino que nos conduce a la salvación.
Todo lo nuestro, mis queridos hermanos, se dignificó
de tal modo y a tal grado que eso, precisamente, que es
parte de nuestra historia, al asumirlo y responsabilizarnos
de eso, se convierte en medio insustituible para nuestra
salvación.
Es entonces, en la historia, en nuestra historia personal o
comunitaria, donde nos encontramos con el Dios verdadero
hecho hombre. Es en un diálogo, a través de la palabra humana
y divina, donde nos encontramos con nuestro Señor y Salvador,
porque es un diálogo con Dios y la criatura humana como
interlocutores.
En medio de este diálogo-encuentro está la Palabra eterna
de Dios, Cristo, y la palabra humana de cada uno de nosotros.
Ahí, en ese diálogo, están, queridos hermanos, nuestras actitudes,
nuestros gestos, nuestras obras, nuestro sufrimiento, pero también
nuestras alegrías y esperanzas, nuestras gratitudes y alabanzas
a la misericordia divina.
Esto es lo que comenzó con la Encarnación: una nueva manera
de relacionarnos con Dios, entre nosotros sus hijos y con el
mundo creado por Él. Dios jamás se calla. Nosotros no podemos
dejar de proclamar su grandeza y su gran amor por nosotros.
Que esto que festejamos en la Navidad no cese de escucharse
en todo el mundo a través de nuestras celebraciones litúrgicas,
pero también a través de nuestro testimonio y nuestras actitudes
de alegría, esperanza y sabio optimismo que no tienen otro
fundamento que las promesas de un Dios fiel y clemente.
Que nuestras Eucaristías nos ayuden cada vez más a mantener
ese diálogo entre nosotros y con el Dios-con-nosotros, el Emmanuel.
Que no dejemos de maravillarnos por las grandezas de nuestro
Dios. Que no dejemos de escuchar con sumo interés y amor
lo que, a lo largo de nuestra historia, nos va diciendo o enseñando.
Que, una vez que escuchamos en la docilidad, pasemos a la obediencia
de la fe, para que seamos creíbles cuando lo anunciamos al mundo.
Esta es la única y verdadera forma de dar gloria a Dios y de
anunciar la paz a todos aquellos que ama el Señor.
¿Qué testimonio esperan de nosotros los que nos rodean?
El mensaje de la Navidad es claro: el orgullo, la prepotencia,
la vanidad, el dominio económico o militar y cualquier tipo
de egoísmo sólo nos llevan a la destrucción. Éste no tienen
que ser el camino de nuestro mundo. Sólo ese niño lleva el estandarte
de la PAZ. Su mensaje es liberador. El aleja la miseria el rencor
y la división: él es el AMOR. Hoy de nuevo nace el Amor, la
esperanza de la humanidad. El ha venido porque nos ama. Y solo
un corazón que ama puede encontrar a Jesús.
Seguro que tenemos que cambiar nuestro esquema. Jesús nos dice
con su presencia, sencillez, pobreza y amor. Cuales son las
semillas que debemos plantar en nuestro corazón. Fijémonos en
las personas a las que se ha manifestado. Que cualidades tenían.
Los pastores eran gentes muy sencillas. Ellos tenían el corazón
preparado para recibir al Niño, para creer en el Niño. Y nosotros
como, ¿Tenemos nuestro corazón preparado? Aún estamos a tiempo
para unirnos a los pastores. Aún ahora podemos transfórmanos
y sentir el calor del aliento del niño Jesús. Miremos su cara,
fijémonos en su rostro, dejémonos enternecer por su dulce presencia
y por su inmenso amor. Él es la vida. Él es nuestra esperanza
y nuestra salvación. ¡Adorémosle con afecto!
Acerquémonos al Niño que está recostado sobre pajas en el pesebre.
No tengamos miedo de insinuarnos al vestido, que no nos angustie
la oscuridad del establo. ¡Vallamos a Belén! ¡Vallamos contentos
y con el corazón limpio, vallamos ilusionados! Tengamos ganas
de ver a Jesús.
Llevémosle una ofrenda. ¿Y que ofrenda hará feliz al Niño?
El quiere nuestro corazón, nuestro corazón lleno de amor, capaz
de amar, de perdonar, de ayuntar el amor propio. Vallamos, pues,
con el vestido adecuado, con el vestido del amor, y digámosle
con voz firme: Tu eres Jesús, la luz del mundo, tu eres el portador
de la paz, tu eres el Hijo de Dios, tu eres nuestro Salvador.
¡Yo creo en ti, Jesús! Tu rostro, tu nacimiento, este pesebre
que te ha acogido dan sentido a mi vida; tu mirada ilumina mi
corazón; tu presencia es el AMOR.
¡Dejémonos transformar por Jesús esta navidad!
¡Que tengan unas felices fiestas de Navidad! |
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