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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración de la Misa de Navidad Media Noche.


25 de diciembre de 2006

Y LA PALABRA SE HIZO UNO DE NOSOTROS

Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro salvador ha nacido en el mundo. Del cielo ha descendido hoy para nosotros la paz verdadera (Ant. de entrada, Misa de medianoche).

Mis hermanos: Hace dos mil años sucedió algo que nunca jamás hubiera imaginado, y menos esperado, el ser humano. Comenzó Dios hace dos mil años una aventura que había tenido en su mente eterna y que, cuando llegó la plenitud de los tiempos realizó con el hombre. Jamás antes había mostrado tanta misericordia con la criatura humana como cuando el que estaba junto al Padre, se hizo para siempre compañero, hermano, maestro y salvador de la criatura humana.

Hoy, después de dos mil años, ese acontecimiento, que revolucionó la historia de la humanidad, sigue siendo Buena Noticia, Anuncio y Promesa. Es Palabra que anuncia y realiza lo que anuncia. Es la Palabra que Dios ha pronunciado en la historia pero que existía en Dios y era Dios. Ha sido la última y definitiva palabra que Dios ha pronunciado, y ha sido también la más efectiva. Es la misma que pronunció cuando al inicio del tiempo cuando llamó a la existencia todo lo creado.

Si es dejar de ser Palabra o Verbo del Padre, es también palabra humana, puesto que se asimiló a ella. Dios adoptó, en Jesucristo, nuestro lenguaje para que, poniéndose a nuestro nivel, pudiera comunicarnos los misterios de su amor. Hizo suyas nuestras limitaciones, pobrezas y carencias para hacer de todo eso un camino que nos conduce a la salvación.

Todo lo nuestro
, mis queridos hermanos, se dignificó de tal modo y a tal grado que eso, precisamente, que es parte de nuestra historia, al asumirlo y responsabilizarnos de eso, se convierte en medio insustituible para nuestra salvación.

Es entonces, en la historia, en nuestra historia personal o comunitaria, donde nos encontramos con el Dios verdadero hecho hombre. Es en un diálogo, a través de la palabra humana y divina, donde nos encontramos con nuestro Señor y Salvador, porque es un diálogo con Dios y la criatura humana como interlocutores.

En medio de este diálogo-encuentro está la Palabra eterna de Dios, Cristo, y la palabra humana de cada uno de nosotros. Ahí, en ese diálogo, están, queridos hermanos, nuestras actitudes, nuestros gestos, nuestras obras, nuestro sufrimiento, pero también nuestras alegrías y esperanzas, nuestras gratitudes y alabanzas a la misericordia divina.

Esto es lo que comenzó con la Encarnación: una nueva manera de relacionarnos con Dios, entre nosotros sus hijos y con el mundo creado por Él. Dios jamás se calla. Nosotros no podemos dejar de proclamar su grandeza y su gran amor por nosotros. Que esto que festejamos en la Navidad no cese de escucharse en todo el mundo a través de nuestras celebraciones litúrgicas, pero también a través de nuestro testimonio y nuestras actitudes de alegría, esperanza y sabio optimismo que no tienen otro fundamento que las promesas de un Dios fiel y clemente.

Que nuestras Eucaristías nos ayuden cada vez más a mantener ese diálogo entre nosotros y con el Dios-con-nosotros, el Emmanuel. Que no dejemos de maravillarnos por las grandezas de nuestro Dios. Que no dejemos de escuchar con sumo interés y amor lo que, a lo largo de nuestra historia, nos va diciendo o enseñando.

Que, una vez que escuchamos en la docilidad, pasemos a la obediencia de la fe, para que seamos creíbles cuando lo anunciamos al mundo. Esta es la única y verdadera forma de dar gloria a Dios y de anunciar la paz a todos aquellos que ama el Señor.

¿Qué testimonio esperan de nosotros los que nos rodean?

El mensaje de la Navidad es claro: el orgullo, la prepotencia, la vanidad, el dominio económico o militar y cualquier tipo de egoísmo sólo nos llevan a la destrucción. Éste no tienen que ser el camino de nuestro mundo. Sólo ese niño lleva el estandarte de la PAZ. Su mensaje es liberador. El aleja la miseria el rencor y la división: él es el AMOR. Hoy de nuevo nace el Amor, la esperanza de la humanidad. El ha venido porque nos ama. Y solo un corazón que ama puede encontrar a Jesús.

Seguro que tenemos que cambiar nuestro esquema. Jesús nos dice con su presencia, sencillez, pobreza y amor. Cuales son las semillas que debemos plantar en nuestro corazón. Fijémonos en las personas a las que se ha manifestado. Que cualidades tenían. Los pastores eran gentes muy sencillas. Ellos tenían el corazón preparado para recibir al Niño, para creer en el Niño. Y nosotros como, ¿Tenemos nuestro corazón preparado? Aún estamos a tiempo para unirnos a los pastores. Aún ahora podemos transfórmanos y sentir el calor del aliento del niño Jesús. Miremos su cara, fijémonos en su rostro, dejémonos enternecer por su dulce presencia y por su inmenso amor. Él es la vida. Él es nuestra esperanza y nuestra salvación. ¡Adorémosle con afecto!

Acerquémonos al Niño que está recostado sobre pajas en el pesebre.

No tengamos miedo de insinuarnos al vestido, que no nos angustie la oscuridad del establo. ¡Vallamos a Belén! ¡Vallamos contentos y con el corazón limpio, vallamos ilusionados! Tengamos ganas de ver a Jesús.

Llevémosle una ofrenda. ¿Y que ofrenda hará feliz al Niño? El quiere nuestro corazón, nuestro corazón lleno de amor, capaz de amar, de perdonar, de ayuntar el amor propio. Vallamos, pues, con el vestido adecuado, con el vestido del amor, y digámosle con voz firme: Tu eres Jesús, la luz del mundo, tu eres el portador de la paz, tu eres el Hijo de Dios, tu eres nuestro Salvador.

¡Yo creo en ti, Jesús! Tu rostro, tu nacimiento, este pesebre que te ha acogido dan sentido a mi vida; tu mirada ilumina mi corazón; tu presencia es el AMOR.

¡Dejémonos transformar por Jesús esta navidad!
¡Que tengan unas felices fiestas de Navidad!  

 
 
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