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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo Ordinario.

Domingo 29 de enero de 2006

“CREÍ Y POR ESO HABLÉ”
2 Cor 4,13; Sal 116, 10.

Hermanos, demos gracias a Dios, nuestro Padre, por la inmensa bondad con la que nos ha tratado al enviarnos su Palabra viva en la persona de su Hijo, pues jamás deja de iluminarnos, guiarnos y alentarnos con su vida, su enseñanza y su testimonio para revelarnos y hacernos experimentar su cercanía y su amor por todos y cada uno de los que hemos sido insertados en la fe por el bautismo.

Hermanos muy queridos en el Señor, Dios siempre nos sorprende con la novedad de su Palabra a pesar de su antigüedad, no sólo en la Escritura Santa o en la historia del pueblo, sino también en las maravillas de la creación que —si queremos verlo así—, son toda una historia del amor benevolente de Dios. A nosotros los creyentes practicantes, los que no fallamos a la misa de cada domingo, los que celebramos regularmente los sacramentos y practicamos las obras de misericordia, puede sucedernos que llegue algún momento en que ya no nos maravillemos de la obra de Dios. Y puede suceder esto si nos dejamos atrapar por la rutina, o porque, en un momento dado, llegamos a creer que ya lo sabemos o hemos visto todo, como sucedió con los fariseos y los maestros de la Ley.

Pero algunos contemporáneos de Jesús, abiertos a la verdad, descubrieron en su persona la novedad de sus enseñanzas porque descubrieron la coherencia entre su decir y su hacer. ¡En eso reconocieron su autoridad! Tal coherencia se deriva de la autenticidad de la palabra dicha. Una palabra que se respalda por la experiencia en la fe, la esperanza y el amor. Tan gran coherencia entre el decir y el actuar resultaba algo inédito. Una coherencia, es cierto, nada común entre los hombres, pero posible como producto de un largo proceso de conversión que, con todo, no llega a ser total, salvo el caso de único de Jesús y, por un don especialísimo, de María.

Habla con autoridad, decía la gente al ver las maravillas que hacía. Es curioso, mis hermanos, que relacionen directamente lo que dice en su doctrina con lo que hace. ¡Siempre es mucho más fácil hablar que hacer! La sabiduría popular lo expresa en español con el refrán ‘Del dicho al hecho hay mucho trecho’. Pero quien puede lo más, puede con mayor razón lo menos. Por tanto, si Jesús puede arrojar los demonios, es decir el mal de este mundo, puede enseñar con toda autoridad, es creíble y digno ser atendido lo que enseña.

Hermanos, estamos frente a una imagen perfecta del profeta. Jesús es más que eso, pero, entre otros aspecto de su misterio, está el de encarnar perfectamente al profeta anunciado en el libro del Deuteronomio, del cual hemos escuchado la primera lectura. De esta manera, los judíos esperaban que el Mesías llenara la promesa hecha por Dios a su pueblo por medio de Moisés: que Dios mismo suscitaría un profeta parecido a Moisés y que sería como el portador de su palabra. Un profeta comprometido sólo con los intereses de Dios a favor de su pueblo.

El profeta, mis hermanos, no es en primer lugar alguien que predice o revela el futuro, sino alguien que es, ante todo, un intermediario entre Dios y los hombres. Es, por tanto, alguien completamente fiel a Dios, y a sus intereses, por un lado, y por otro, alguien que está a favor de los hombres para llevarlos al conocimiento de la verdad y de los proyectos divinos. Pero de un verdadero profeta esperamos que dé, con su vida, testimonio de lo que anuncia. De ahí viene la autoridad para enseñar.

La autoridad no es base de la predicación. Al revés, la predicación junto con el testimonio, dan autoridad. Muchos pueden estar constituidos en autoridad, llámense padres, maestros, gobernantes, pastores… y no por eso la tienen al hablar. Más bien sabemos, mis hermanos, que la autoridad se gana por el testimonio de vida. Para hablar con autoridad es necesario poner por delante el testimonio. A veces hasta las palabras salen sobrando, de manera que cuando el auténtico profeta habla, lo primero que salta a la vista es que hay coherencia entre lo que dice y lo que hace.

Por eso el verdadero profeta resulta incómodo las más de las veces, pues con su vida llevada con autenticidad, es una prueba fehaciente de que lo que anuncia es posible, de manera que no da lugar a escapatoria alguna. Es un reproche viviente a los pretextos, a las falsas justificaciones, a la pereza y a la injusticia.

Hermanos, la Buena Nueva es ante todo una persona, no una doctrina. No es algo, es alguien. Lo acontecido, todo, en Jesucristo es Palabra viva del Padre  que revela y trae la salvación a quien se abre a ella. Los amantes de la verdad la descubren en Él comenzando por una pregunta que suscitan sus acciones. Después del ¿Qué es esto?  Los verdaderos discípulos tienen necesariamente, y muy pronto, la pregunta siguiente ¿Quién es éste? (Mc 4,41). Sólo después de la pregunta sobre su persona y su misterio se puede llegar al encuentro con Él y a ser verdadero discípulo.

Preguntémonos, queridos hermanos, qué autoridad ejerce Cristo sobre cada uno de nosotros. Es posible que no todos hayamos descubierto o valorado su autoridad, la de su persona, no sólo la de sus enseñanzas. Si sólo obedecemos consignas en abstracto, aunque sean de Jesús, estaremos en el mismo nivel de los escribas y fariseos, enemigos de Jesús, tan obedientes, por no decir, serviles, de la letra, pero tan alejados del Espíritu como de Jesús. No separemos los mandatos de su fuente. Abramos la mente y el corazón al encuentro vivo con el Dios que se ha manifestado en su Hijo, nuestro Señor y Maestro.

Sólo de esta forma podremos también nosotros ser testigos. Nuestro testimonio tendrá como fundamento la fe vivida en el encuentro de amor como el que celebramos permanentemente en la celebración eucarística y en donde nuestra Muchachita y Señora: Santa María de Guadalupe, está muy cerca para acompañarnos en la experiencia de este misterio de amor. Amén.

 
 
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