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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el V Domingo Ordinario.


Domingo 5 de febrero de2006


A
labemos a Dios, nuestro Padre quien por medio de su Hijo Jesucristo se puso a nuestro servicio, para indicarnos que la vida se alcanza en toda su plenitud cuando, siguiéndolo e imitándolo, nos ponemos al servicio mutuo en especial con quienes más nos necesitan.

Hermanos, la palabra de Dios, que cada domingo la Iglesia nos propone a nuestra consideración y para crecimiento y consolidación de nuestra fe, tiene su máxima expresión en las palabras y en los hechos de Jesús que nos transmiten los evangelistas.

Desde el domingo pasado hasta el próximo, escucharemos a san Marcos que nos transmite la fe de las primeras comunidades cristianas en las que tenemos nuestras raíces. Los trozos del evangelio que estamos escuchando son, hermanos míos, parte de un gran resumen que el evangelista nos hace para mostrarnos, de una manera paradigmática, los lugares y las diversas actividades de Jesús para cumplir la misión que su Padre le asignó para llevar  a cabo entre nosotros (Mc 1,21-45).

Lo vemos, efectivamente, enseñando, arrojando demonios, sanando a los enfermos, orando y predicando la Buena Noticia en los más diversos lugares y de distintas formas: la sinagoga, la casa y en todos los lugares abiertos por donde pasaba en Cafarnaún y en toda Galilea. El evangelista nos presenta a un Jesús siempre en movimiento y acompañado de sus discípulos a quienes educa y prepara para el trabajo misionero.

El domingo pasado, mis hermanos, admirábamos con la gente de su tiempo la eficacia de su palabra dicha con autoridad y respaldada por sus actos. Hoy el mismo evangelista nos hace entrar en la casa de Simón y de Andrés donde asistimos a la curación de su suegra, que se levanta para servir la cena, vemos luego llegar a la multitud que, al caer el sol, se junta en la casa para ser curada y liberada de toda clase de demonios. ¡Cuánta actividad en una sola tarde!

Al día siguiente vemos al Señor irse de madrugada a un lugar solitario para un encuentro íntimo con su Padre en la oración y repetir una vez más su actividad misionera mediante la predicación y su obra liberadora en otras poblaciones de Galilea, pues, como Él dice, para eso salió. Sí, salió de Cafarnaún, pero también para eso salió del Padre y vino al mundo.

La narración evangélica nos presenta dos cuadros diferentes que vale la pena visualizar más de cerca para apreciar con mayor profundidad su riqueza y su enseñanza para nosotros: el primero en la casa de Pedro, con dos escenas, una en casa, en familia; y otra donde se ve mucha gente que se agolpa a la puerta en demanda de favores. El segundo cuadro nos presenta a Jesús en su primera gira apostólica: vayamos a otra parte, a otros pueblos, a predicar, pues para eso he salido, dice a sus discípulos, y nos aclara a nosotros.

Concentrémonos, hermanos, en la primera escena del primer cuadro. Vemos ahí que Jesús, apenas enterado de la enfermedad de la suegra de Pedro, se dirige a ella para sanarla levantándola de la mano y ésta, una vez aliviada de sus dolencias, se pone a servir. Más de alguna comentarista de escuela feminista se ha fijado y comentado humorísticamente en que fue sanada por Jesús “justo a tiempo para servirles la cena” (Amy-Jill Levine (ed.) Una compañera para Marcos, Bilbao 2004).

Esto no deja de tener su sentido, mis hermanos. Si volvemos la atención a la primera lectura de hoy, escuchamos a Job expresando con todo realismo su experiencia de hombre desde su situación de dolor, frustración, caducidad y un aparente y dramático sin sentido. El autor de este libro compuesto entre los siglos V y IV a.C., nos quiere hacer caer en la cuenta de que el dolor es una experiencia inevitable en la vida del hombre.

Como siempre, la primera lectura es muy buena preparación inmediata para recibir con mayor provecho y profundidad la palabra viva del Señor y Maestro. Pero desde el momento de que Jesús libera de la enfermedad y el sufrimiento, como hoy lo hemos escuchado en el evangelio, significa que esa experiencia trágica del hombre no es querida por Dios en sí mismo como un valor, pues, en todo caso, lo que Jesús mostró con su pasión y su muerte en la cruz, es que el sufrimiento puede desde el amor, y sólo desde éste, adquirir un valor impensable fuera de este ámbito.

El sufrimiento y el dolor pueden, desde la fe, adquirir un valor tal que llegan a ser una verdadera expresión de amor, como nos lo recuerda el Papa Benedicto en su primera Encíclica (Deus Caritas est) que recientemente nos ha dado, al citar las palabras de Jesús, Quien aprecie su vida terrena, la perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará para la vida eterna (Jn 12,25) Y Jesús es todavía más radical cuando nos advierte que: Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn 15,13).

Por eso la vida adquiere su mayor sentido cuando vivimos para el amor y en el amor. Y la más perfecta expresión del amor es el servicio total y desinteresado. Si el sufrimiento es inevitable, mis hermanos, vivámoslo permanentemente integrándolo en el amor a través del servicio, ya que siempre hay  oportunidad de servir. En realidad amar es servir y servir implica renuncia y sufrimiento. Casi no hay amor auténtico sin dolor, de tal modo que si no se sufre, aunque sea en lo mínimo, podríamos sospechar con mucha razón que no amamos verdaderamente.

Hermanos, no tengamos miedo de sufrir cuando estamos sirviendo. Eso no disminuye la vida sino más bien la aumenta, le da profundidad y la llena de fuerza y de sentido. Y recordemos, que entre los cristianos el dolor no está en contra de la felicidad. No hay duda: vivimos para servir y sólo servimos para vivir en plenitud. Aunque cueste hasta la vida, la temporal.

Precisamente la celebración eucarística de cada domingo, mis hermanos, nos hace capaces de amar en serio, por la vida y la fuerza que recibimos de ella, pues, según la experiencia y la recomendación de san Pablo (segunda lectura), e incluso su ejemplo, podemos renunciar a nuestros derechos, hasta los más legítimos, para ponernos al servicio de los intereses de Dios y a favor de nuestros hermanos.

La siempre Virgen María, nuestra Señora del Tepeyac quien maternalmente nos acompaña desde hace 475 años, nos enseña a amar lo que Dios ama y a ponernos al servicio, especialmente de los más pobres y necesitados, para que, unidos a su Hijo Jesucristo, caminemos todos hacia Él en la fraternidad. Amén.

 
 
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