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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VI Domingo Ordinario.


Domingo 12 de febrero de 2006

HAY DE LEPRAS A LEPRAS

Hermanos, demos gracias a nuestro buen Padre Dios porque, por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha sanado de nuestros pecados, a fin de que por esta experiencia seamos, por nuestra parte, misericordiosos con los que viven todavía alejados de los beneficios de su muerte y resurrección redentoras.

Como hemos visto el domingo pasado, san Marcos continúa su catequesis mediante un resumen de las enseñanzas y de las actividades de Jesús con las que lleva a cabo la misión que su Padre le encomendó a favor nuestro. La liberación de demonios y la curación de enfermedades, decíamos, era el signo palpable de algo que Jesús realiza en lo más profundo del hombre. Hoy lo vemos precisamente liberando a un leproso de la lepra. En efecto, el evangelista ha querido narrarnos esta curación no sólo para  informarnos de una obra realizada por Jesús, a manera de anécdota —y a propósito, permítanme un paréntesis: nos debe quedar bien claro que los evangelios no son una colección de anécdotas de Cristo—, sino de algo más importante. Algo que rebasa la experiencia puramente temporal y, por lo mismo, material y pasajera.

No, hermanos, la intención del evangelista, como la de Cristo, cuando realizaba esas obras, fue más allá de lo espectacular y maravilloso. A partir del significado de la lepra en la mentalidad judía —y que hoy se nos muestra en la primera lectura— el evangelista quiere llevarnos a ver, con mayor amplitud, y en toda su profundidad, la obra de Jesús.

Como siempre, nos ayuda la comprensión de la primera lectura en su contexto literario y tradicional. Así, tenemos que las prescripciones mosaicas del libro del Levítico ilumina muy bien el ambiente en el que Jesús actuó para la curación del leproso. La lepra, en el Antiguo Testamento, es un asunto no sólo de higiene o salud física sino que tiene una fuerte connotación moral y religiosa, pues siendo una enfermedad muy impresionante, se veía estrechamente ligada al pecado, de tal manera que en caso de curación el sanado debía ofrecer un sacrificio para su purificación.

Por eso Moisés había mandado que un enfermo de lepra fuera expulsado de la comunidad (dice el texto: del campamento) y, por lo mismo, estaba condenado a vivir en el más penoso abandono, en soledad y marginación humillantes. Además todo mundo tenía prohibido acercarse al enfermo a riesgo de quedar impuro. Visto esto desde la religión, se podría decir atinadamente que el leproso vivía excomulgado de la comunidad. Por tanto, en la lepra tenemos, mis hermanos, “la imagen más apropiada de lo que es impuro, tanto desde el punto de vista moral como religioso” (Pronzato). Podríamos decir, entonces, que lo que Moisés pretendía era preservar la santidad del pueblo de Dios.

A la luz de estas consideraciones podemos valorar y apreciar mejor la acción de Cristo con el leproso como signo muy real y concreto de la misión que vino a realizar en medio de nosotros: la liberación del pecado. Y para lograr esto es muy provechoso, hermanos, que nos detengamos a contemplar una vez más la escena de la curación y ver cómo Jesús, saltando la prescripción mosaica, se acerca a aquel hombre marginado de la sociedad, lo toca y, con su curación, le permite reintegrarse a la comunidad. Dice un comentarista que con este acto “Jesús viene a superar la frontera de lo puro y de lo impuro, a devolver al hombre su dignidad de persona delante de Dios y de los demás, a desenmascarar la religión que pone la Ley por encima del hombre” (J. Garrido).

Existe hoy, mis hermanos, una lepra muy difícil de erradicar. Más aún, me parece que no es una sola, sino muchas. Y no sólo fuera del campamento, es decir, de nuestro grupo, nuestra comunidad o familia, de nuestra sociedad, sino dentro. Y yo preguntaría ¿cuál de todas las lepras es la más grave y difícil de erradicar? ¿La de fuera o de la de dentro? ¿La de los que buscan y no encuentran (ni siquiera en donde deberían encontrar, es decir en nosotros, que nos ponemos de lado de los buenos), la de los que se equivocan en sus intentos de salir de lo rutinario y manoseado? ¿O no será más bien, la de las comunidades, o de la sociedad que la padecen como arrogancia, egoísmo o fariseísmo que se cierra y se protege señalando, excluyendo y condenando a los que no piensan como nosotros, a los que nos perturban, a los distintos de tan diversas maneras…? ¿Pero, no es acaso la discriminación una lepra?

Hoy quizá los leprosos ya no son los grandes marginados. Pero hemos creado nuevas formas de marginación, tan hirientes como las del Levítico. Pensemos, por ejemplo, en los indígenas a quienes por tantos años se les ha hecho a un lado, sin el mínimo respeto a su cultura y tradición. En aquellas mujeres que se les han cerrado tantas puertas y han caído en la prostitución. En los niños de la calle, víctimas de la violencia y el maltrato. En los enfermos de sida, en los homosexuales, en los drogadictos¿Cómo hubiera actuado Jesús? ¿No habría extendido la mano sobre ellos? ¿No los habría tocado con amor y ternura? ¿No los habría ayudado a salir de esa situación tan lacerante?

Me parece, mis hermanos, que más de uno de nosotros, o algún grupo,  por su propensión a excluir, tendría que pedir como el leproso ¡Si tú quieres, puedes curarme! Ciertamente, Cristo adopta la actitud contraria a la comunidad que discrimina y margina, que excomulga.

La Iglesia es comunidad creyente que se reconoce pecadora y necesitada de purificación; que humildemente pide antes de cada Eucaristía perdón y la gracia de una verdadera conversión, porque como cree, también espera y ama; ésta familia, llamada a ser, unida a Cristo, sacramento de salvación para toda la humanidad, no puede, por su propia naturaleza y su misión, excluir a nadie. Al contrario, por estar ella misma necesitada de la salud que sólo Jesús puede dar, por eso, es comprensiva, tolerante, incluyente… 

Esto es precisamente lo que anuncia, vive y celebra cada vez que se reúne para celebrar la Eucaristía. Celebramos el amor de Dios que no excluye y se compadece más bien de todos. Especialmente de los que están fuera, de los enfermos, de los débiles y necesitados de diversos cuidados, porque son pobres económica, espiritual y culturalmente. Si la Iglesia, es decir todos nosotros, quiere ser el rostro de Dios y de Cristo en el mundo actual no puede, mis hermanos, hacer otra cosa que asemejarse a su cabeza, Cristo el Señor de la Iglesia.

A nuestra Señora de Guadalupe, que vino a estas tierras y está con nosotros desde la jubilosa madrugada del 9 de diciembre de 1531, vino a incluir a nuestros antepasados y a nosotros mismos en el plan de salvación, dándonos a conocer a su Hijo y a ayudarnos a aceptarlo como salvador universal, encomendamos nuestro deseo sincero de ser, como ella, fieles instrumentos al servicio de tantos hermanos que buscan y aman la verdad y la paz, para que descubran al único Señor Jesucristo que es camino que lleva al Padre. Amén. 

 
 
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