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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VII Domingo Ordinario.

Domingo 19 de febrero de 2006.

 

PURIFICACIÓN DE LA MEMORIA

Hermanos: Agradezcamos a Dios, nuestro Padre, un Dios lleno de amor y de misericordia para todos y cada uno de nosotros, el perdón de nuestros pecados y lo que se deriva de esta manifestación benevolente de su amor, que no es otra cosa que nuestra salvación.

Mis hermanos, la Palabra de Dios es tan viva y eficaz, que para acogerla con provecho no tenemos que hacer otra cosa que dejarnos sorprender por su oportunidad y su novedad. No hay peor actitud en la vida para crecer y vivir en plenitud, que pretender saber todo y no tener necesidad de aprender permanentemente. Esto, humanamente cierto, mis hermanos, es más dramático cuando se adopta como actitud frente a la fe y al amor de Dios.

No podemos negar que casi todo lo humano es ambivalente. Esto sucede con la memoria, que es una realidad humana tan necesaria como embarazosa. ¡Cómo sería nuestra vida si no tuviéramos memoria? De hecho, tenemos la certeza de que puede ser fatal olvidarnos de ciertas experiencias de la vida, pues eso es lo que nos lleva con frecuencia a cometer repetidamente los mismos errores. La memoria nos hace capaces de aprender, especialmente evitando esos errores e intentando maneras nuevas de hacer las cosas. Pero también tenemos la experiencia de una memoria que se hace tirana y esclavizante, que impide salir adelante. Que produce miedos y paraliza la existencia. Es algo pernicioso cuando nos ata a los traumas, a la nostalgia, a la frustración y al desánimo.

Me parece también,  hermanos, que la memoria estorba cuando nos hace creer que ya lo sabemos todo y nos impide estar abiertos a lo nuevo. Es lo que nos hace decir con excesiva seguridad: “más vale malo por conocido que bueno por conocer” y nos impide la búsqueda y la apertura a lo nuevo. La memoria nos puede hacer pensar que lo hemos visto todo y lo sabemos todo. Ya nada nos impresiona pues todo es ordinario, liso y previsible. Entonces, ¿qué hacer para  que la memoria sea siempre algo positivo y que nos haga vivir en plenitud? Porque esto es posible, y la Palabra de Dios que hemos escuchado hoy nos ayuda a verlo y a intentarlo. Porque el recuerdo, visto positivamente, produce esperanza y permite estrenar cada día la vida.

En la primera lectura, el profeta Isaías, se dirige a los judíos que se encuentran en el exilio y en situación de esclavos para anunciarles un segundo éxodo, ahora de Mesopotamia, que se dará con mayor despliegue del poder de un Dios siempre fiel y misericordioso pues, como sucedió la primera vez en Egipto, actuará movido no por otra cosa que por su deseo de perdonar y de salvar. Por eso el profeta invita a olvidar lo pasado, es decir, sus rebeldías y el castigo que traen consigo sus pecados, pues Dios mismo, que tendría motivos para exterminar al pueblo, también ha cancelado todo. Dios se propone hacer todo nuevo. Pone en práctica, lo que diríamos hoy: “borrón y cuenta nueva”. Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes, dice muy claramente.

El Señor invita a ver al futuro. Ya lo pasado no tiene importancia frente a lo que está por venir. Detenerse en la memoria y en el remordimiento es buscar un pretexto para no ver el momento presente y menos para vivir de cara al futuro que se nos da como promesa. En todo caso, mis hermanos, ver hacia el pasado, echando mano de la memoria, tiene sentido si es para descubrir la misericordia de un Dios perdonador a fin vivir en la gratitud en el presente y caminar libre y alegremente movidos por la esperanza. Se trata de mirar hacia adelante, no para atrás. Mirar hacia el futuro es cambiar la desobediencia del pasado por la respuesta, de cada día, más agradecida en la obediencia llevados por el amor. Eso es vivir el momento con autenticidad y humildad.

Para correr esta experiencia, se necesita, mis hermanos, aceptar y creer en el perdón que Dios nos ofrece en su Hijo Jesucristo, a través de su muerte y resurrección.

La certeza de esto nos viene porque creemos que Jesucristo es el ‘sí’ definitivo e irrevocable de Dios al género humano, y experimentado ya por los cristianos, como nos lo dice san Pablo en la segunda lectura.

El tema del perdón que encontramos en el evangelio de hoy, mis hermanos, aparece con todo su esplendor gracias a la luz que arrojan sobre él los textos bíblicos de la primera y la segunda lecturas. También aparece aquí el tema de la novedad divina obrada por Jesús para quienes quieren ver.

Aquellos hombres que descuelgan al paralítico en una camilla desde el techo buscan y encuentran. Están abiertos a lo inesperado: la misma actitud es la de los que han abarrotado la casa y son impedimento para aquellos: Nunca hemos visto una cosa igual expresan sorprendidos. Pero en dirección contraria transitan los escribas que se sorprenden también, pero con escándalo. No dan crédito a lo que también están viendo. Como están encerrados en sus propios puntos de vista y piensan que no hay nada que ver en la obra de Jesús, se aferran a sus miradas miopes y aseguran muy tajantemente, incluso preguntándose, pero respondiéndose, sin atreverse a externarlo de viva voz: ¿por qué habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Un razonamiento sano debería haber sido: “sólo Dios puede perdonar los pecados, éste hombre ha sanado al hombre perdonándoles sus pecados, luego, podríamos pensar que es posible que sea Dios o alguien muy cercano a Él”

Los escribas están demasiado seguros de sus saberes y de su experiencia. Para ellos no hay más de lo que han aprendido. Ya todo está visto y conocido. No hay nada que aprender. Ya saben de memoria lo que tienen que saber. Peor aún, sólo saben lo que quieren saber. Aquí tenemos, hermanos, un ejemplo de los estragos que puede ocasionar la sola memoria. De esta manera el escriba se incapacita para dejarse interpelar por los hechos del presente. Están imposibilitados para conocer la verdad. Esa verdad que nunca terminamos de poseer totalmente.

Hermanos, que Dios nos conceda la humildad, al menos la inicial y más elemental, la que se encuentra fuera de la fe cristiana, como la de Sócrates que decía ‘sólo sé que no se nada’.

Nosotros no sabemos nada más que a Jesucristo y Él es misterio. Un misterio que no se agota y al cual se llega por la relación personal y el conocimiento en el amor y la obediencia. No sabemos cosas de Cristo, antes bien conocemos a una persona y queremos conocerlo más. Esta es nuestra sabiduría. Es memoria, sí, pero es memoria que nos lanza a la esperanza y a la aventura del amor. Lo único que sabemos es que hay mucho por vivir junto a Él porque siempre nos lleva de sorpresa en sorpresa. Esto hace de la fe algo fascinante.

Por eso nos congregamos cada domingo en su escuela, la de la Eucaristía, en donde aprendemos no cosas de memoria, sino a confirmar con la experiencia, la presencia y la cercanía de un Dios interesado en el ser humano. Y así,  nos hacemos, como Iglesia, signo visible del amor de Dios. Nos convertimos en el rostro misericordioso de Jesús. Después de la misa dominical, salimos a manifestar, en nuestras obras, que Dios sale a nuestro encuentro para consolarnos, alentarnos y curarnos a fin que, dejando a un lado lo que nos paraliza, vivamos la vida en plenitud.

Nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe, que ha caminado con nosotros a lo largo de 475 años, y que nos ha mostrado a su Hijo y nos lo ha dado a conocer, continué acompañándonos y nos aliente con su intercesión ante el Padre. Amén.

 
 
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