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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la XI Domingo Ordinario.

Domingo 18 de junio de 2006

EL REINO DE DIOS ES PARADÓJICO

D
emos gracias a nuestro Dios, hermanos, por la obra que ha comenzado en nosotros y mantiene en la discreción y el silencio de nuestras debilidades, porque estamos seguros, en la fe, que esa obra suya, que es nuestra salvación, llegará a su plenitud por su amor fiel y misericordioso.

Las imágenes que nos da la Sagrada Escritura tomadas de la vida ordinaria de cualquier comunidad humana, pero muy específicas del pueblo de Israel antes y en tiempos de Jesús, nos ayudan, según la intención pedagógica de los profetas y de Jesús, a entender la presencia eficaz y a la vez misteriosa de Dios como Señor de la Historia. Su reino y su reinado consiste en eso precisamente: en ser el soberano absoluto de todo lo que existe para el bien perfecto de quienes estamos bajo su señorío, especialmente los seres humanos.

Hermanos, si el Señor es el rey de todo lo creado significa que toda la obra de Dios tiene un sentido. Nada camina a la deriva. Y, en su gran misericordia ha determinado, desde el principio, que el ser humano sea protagonista de este mundo que Él creó y mantiene pero, precisamente, no sin el concurso de la criatura humana. Dios, nuestro Padre tiene como proyecto original hacer al hombre feliz pero con su colaboración. Decía contundente san Agustín: “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”.

Otra consecuencia hermanos, de la soberanía de Dios es que su Reino tampoco se impone. Dios nos es autoritario ni paternalista. Él propone, invita y jamás impone ni por la fuerza ni con engaños. Y más bien, cuenta con el hombre para la predicación de su Palabra por medio de la cual se propone la participación en su Reino.

Y es aquí donde tenemos, mis hermanos que detenernos a considerar la importancia de sabernos colaboradores de su obra. Y es preciso, hermanos, que seamos bien conscientes de esa realidad nuestra: somos colaboradores, no somos los dueños; a nosotros no nos toca determinar el qué ni el cuándo de los resultados del trabajo. Eso le toca sólo al único Señor de todo lo creado.

Y sin embargo, mis hermanos, estamos llamados a trabajar esforzadamente como si todo dependiera de nosotros. Puesto que de esto depende nuestra salvación personal, pues ésta es la voluntad soberana de Dios. Aquí se cumpliría lo que dice san Pablo: Yo he plantado, Apolo ha regado, pero es Dios quien ha hecho crecer (1Co,3,6) y ¡ay de mi si no anunciara el evangelio! (9,16).

Con la imagen de una rama que un agricultor siembra y observa su crecimiento, el profeta Ezequiel nos enseña que Dios, llevado sólo por su fidelidad y su poder soberano, restaura el reino destruido por el pecado de su pueblo y la invasión de Nabucodonosor. Aunque castiga, su proyecto de salvación sale adelante de la manera más misteriosa e inesperada, porque lo mismo que enaltece al humilde, humilla al que se cubre de soberbia.

Una cosa es cierta, hermanos, el hombre no tiene el dominio total del acontecer humano, ni logra entender su sentido, y menos puede prever resultados ciertos ni totalmente seguros. Y sin embargo, por voluntad del Señor de la Historia, debe participar como actor principal en esta historia que le toca vivir. Es más tiene que entregar resultados que han de ser signo de una misión asumida en la libertad y en la obediencia.

El ser humano no es dueño de los resultados. Le toca sólo colaborar sin exigir reconocimiento alguno por el éxito obtenido. El discípulo de Cristo, como él mismo, es sembrador de la Palabra, y toda su acción y eficacia no dependen de él. Es obra misteriosa y silenciosa de Dios que no necesita de árboles altos y robustos y prefiere más bien enaltecer ramas y arbustos pequeños. Recordemos que es así como Dios actúa: en la discreción y en la pequeñez, en lo sencillo y pobre. Recordemos el conocido himno de nuestra muchachita la Virgen María: el magnificat que, en la perspectiva de nuestra reflexión, resulta muy subversivo en el sentido más original y legítimo de la palabra, ya que contradice toda expectativa humana, materialista y cerrada.

No tenemos que señalarle a Dios las formas y los contenidos de su Reino. Pero sí tenemos que colaborar en la obra que lo hace presente y lo hace avanzar en nuestra historia. De aquí la importancia de conocer cada vez mejor sus proyectos y su voluntad para con nosotros los que nos decimos creyentes, así como para la humanidad entera.

Hermanos míos, me parece que estos tiempos de intensa actividad política nos ayudará para vivir, por contraste, el sentido de estas parábolas de nuestro Maestro y Señor Jesucristo sobre el misterio del Reino que Él mismo encarna y hace presente.

Vemos cómo, mis hermanos, las campañas políticas suscitan en la sociedad muchas expectativas de la gama más variada. Hay temores, esperanzas, dudas, desconfianzas, ilusiones… Por lo pronto hay acuerdos y desacuerdos, críticas, alianzas y rompimientos…, en fin, hay de todo, porque estamos buscando todavía entender y valorar nuestra identidad, pero también porque buscamos el sentido histórico de nuestra nación, es decir, nuestra misión en medio del mundo. Y esa es tarea de todos, no sólo de los que contienden por un puesto de servicio público.

En estos días, mis queridos hermanos, conviene que como creyentes reavivemos nuestra fe y nuestra esperanza en la providencia de Dios nuestro Padre, pues como Señor de la Historia, llevará a feliz término todo esfuerzo de buena voluntad de quienes buscan con honestidad hacer el bien a nuestra Patria.

Y al mismo tiempo, encomendemos a nuestra Señor y protectora nuestra, Santa María de Guadalupe, nuestra participación responsable en las elecciones, pidiéndole que alcance del Padre inteligencia y sensibilidad política para elegir a quienes deberán, a su vez, y aún con sus debilidades, cooperar en su obra, ya que nada de lo que sucede en el mundo es ajeno a nuestro Padre providente y misericordioso. Amén. 

 
 
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