¿MIEDO? ¡EL SEÑOR ESTÁ CON NOSOTROS!
Hermanos, alegrémonos y felicitémonos por la certeza de fe
que nos asegura que el Señor, nuestro Dios, está en medio de nosotros
y se ocupa de todos, para nuestro bien, en las buenas y en las malas.
Pienso que en el contexto de las lecturas de este domingo vale la pena
comenzar por recitar el salmo que dice: Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio? —El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que tropiece tu pie, tu
guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. El Señor
te guarda a su sombra, está a tu derecha: de día el sol no te hará
daño, ni la luna de noche. El Señor te guarda de todo mal, él guarda
tu vida; el Señor guarda tus entradas y tus salidas ahora y por siempre
(Sal 121). Amén.
El domingo pasado meditábamos, mis queridos hermanos, acerca
de cómo el misterio del Reino de Dios nos lleva a la certeza de que
su señorío absoluto sobre todo lo creado es siempre en beneficio
de nosotros que aceptamos libre y agradecidamente su soberanía.
Jesús, hace ocho días enseñaba a sus discípulos y a nosotros esta
doctrina por medio de parábolas. Hoy nos enseña eso mismo,
ya no en teoría, sino con acciones que nos hacen reflexionar a nosotros
y a sus discípulos quienes se preguntan por la identidad de su maestro.
Aunque el contexto propio de la primera lectura es muy diferente
del tema que nos ocupa, el libro de Job nos ayuda a entender quién
es Jesús para nosotros que creemos en Él como verdadero Dios y verdadero
hombre. Efectivamente, hermanos, las palabras que hemos escuchado
son parte de una respuesta de Dios a Job que se cuestiona sobre el
sentido de su sufrimiento y del hombre, en general. En un momento
dado de su reflexión, se pregunta si acaso Dios no se encuentre
muy lejos y sea indiferente a su situación. El capítulo del cual
hemos escuchado la primera lectura, comienza diciendo que se hace
presente desde la tormenta para recordarle a Job su carácter de criatura
con sus respectivos límites en todos los aspectos: de capacidades
y de tiempo. Dios, en cambio, es todopoderoso pues ha
hecho todo y por eso todo está bajo su control.
El libro de Job, en general sirvió para los judíos originalmente, —y nos prepara
a nosotros, los cristianos— a aceptar el misterio del dolor. Misterio
que la muerte de Cristo ilumina aunque no aclara del todo. Pero
la intervención divina en el discurso de Job, nos sirve también como
un inicio en la comprensión del misterio de la persona de Cristo en
el misterio de la Iglesia y de cada uno de los miembros que la formamos.
San Marcos, el evangelista que venimos escuchando este año en los domingos
del tiempo ordinario, nos presenta ahora a Jesús actuando de manera
tal que lleva a la gente, que se encuentra con Él y lo sigue,
a preguntarse por su identidad. En efecto, al concluir la serie
acciones milagrosas que Jesús realiza, la gente admirada se hace muchas
preguntas sobre su identidad (Mc 6,2-3).
El primero de esta serie de milagros presenta a Jesús como
el que tiene poder extraordinario sobre el mar, con todo lo
que éste elemento natural significa en la tradición bíblica. Mar
y viento juntos no hacen más que tempestad, símbolo de una gran crisis
que provoca espontáneamente un miedo terrible. El mar por sí solo
representaba las fuerzas misteriosas del mal. Entonces, Jesús se impone
sobre éste, la admiración de los discípulos y la pregunta sobre su
identidad está más que justificada. Pero durante la tempestad manifiestan
una carencia de fe que tienen que despertarlo pues la conducta
de Jesús les parece inadecuada y tal vez hasta irresponsable.
Frente a la tranquilidad de Jesús que reposa y duerme apaciblemente,
está el miedo y la angustia de los discípulos que lo despiertan
y le reprochan por su falta de iniciativa ante la crisis que están
viviendo: ¿Maestro, no te importa que nos hundamos? (V.38).
No les bastaba que estuviera con ellos, de aquí el reproche que les
hace Jesús: ¡Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen
fe? (4,40).
Mis hermanos muy queridos, contemplando este pasaje, podemos
hacer algunas reflexiones que, estoy seguro, nos ayudarán a asumir
una actitud de fe en los momentos que vivimos. Cuando falta la
fe, mis hermanos, comienza el miedo. Y éste, que se manifiesta
casi siempre en cobardía, perturba la paz, perturba la serenidad,
incluso impide ver con objetividad las situaciones. El miedo trae
un descontrol tal que nos hace actuar torpemente en todas direcciones,
aunque lo menos que nos produce es parálisis, nos bloqueamos, nos
paralisamos. Daña por, ejemplo, las relaciones fraternales pues con
los reproches, sólo se buscan culpables y se toman medidas equivocadas,
cuando no agresivas que dividen y que destruyen.
En fin, el miedo nos lleva a la desesperanza y a la pérdida
de la fe; la humana y la divina. Y, lo que es peor, mis queridos
hermanos, acaba con el amor. Y en estos momentos de intensa
actividad política urge renovar la confianza en nosotros y
en los demás. Sobre todo apoyándonos en el poder eficaz del amor de
Dios que siempre está de nuestro lado. Es necesario, mis hermanos,
creer firmemente que viviendo bajo el dominio del Gran Rey y Señor
de la Historia estamos seguros, como lo meditábamos el domingo
pasado. Con Jesús vale la pena correr riesgos. El riesgo de esperar,
el riesgo de creer que el bien siempre es posible y termina por imponerse.
Todos tenemos mucho que hacer unos por otros. Todos tenemos mucho
que hacer por nuestra patria. Vivamos así la esperanza, mis hermanos.
Cuidémonos unos a otros, pero no seamos como policías unos de otros.
Que se revitalice la fraternidad fundada en el amor auténtico y experimentada
en el servicio recíproco. Esto es lo que debe sustentar
nuestra esperanza.
Decía
el Papa Benedicto XVI a los obispos mexicanos, en septiembre del año
pasado en su visita agrimina. Que las elecciones de este año
representan una oportunidad y un desafío para consolidar los
significativos avances en la democratización del país.
De todos los ciudadanos depende que este reto se convierta en una
mañana gosoza para nuestra patria. Amados hermanos, el próximo
vayamos y emitamos nuestro voto. Hagámos del proceso electoral
una fiesta buscando el bien del país y la unidad de México.
Oremos intensamente esta semana a la Señora del cielo, Santa
María de Guadalupe. Oremos por México y sus gobernantes,
para que la fe y la confianza en la Providencia Divina, nos conduzca
a la serenidad y a la reflexión y al voto razonado y crítico.
Mis hermanos, tenemos en la Eucaristía todas la fuerzas que
requerimos para vivir en la esperanza y en la serenidad para hacerle
frente a los problemas que vengan. No estamos solos, mis hermanos.
No lo hemos estado nunca, 475 años ha estado Nuestra Niña
alentándonos, promoviéndonos, impulsándonos,
caminando a nuestro lado. El Señor nos guarda de todo mal (Sal
121,7) porque para eso se ha quedado entre nosotros. No olvidemos
que la Eucaristía es el signo y es el signo más sublime y cierto del
Dios-con-nosotros. Ésta es nuestra fe, ésta es nuestra convicción.
Y María Nuestra Niña, Madre y Señora nos auxilia con su ternura, nos
auxilia con su intercesión. Encomendemos estas elecciones y a todos
nuestros gobernantes a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe.
Y pidámosle que interceda por nuestro pueblo, en la construcción
de una patria mejor. Recordando agradecidamente que Ella desde hace
475 años se ha manifestado como Madre de nuestro pueblo, como
Madre nuestra. Que así sea mis amados hermanos.