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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XII Domingo Ordinario.

Domingo 25 de junio de 2006

¿MIEDO? ¡EL SEÑOR ESTÁ CON NOSOTROS!

H
ermanos, alegrémonos y felicitémonos por la certeza de fe que nos asegura que el Señor, nuestro Dios, está en medio de nosotros y se ocupa de todos, para nuestro bien, en las buenas y en las malas. Pienso que en el contexto de las lecturas de este domingo vale la pena comenzar por recitar el salmo que dice: Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? —El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que tropiece tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha: de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu vida; el Señor guarda tus entradas y tus salidas ahora y por siempre (Sal 121). Amén.

El domingo pasado meditábamos, mis queridos hermanos, acerca de cómo el misterio del Reino de Dios nos lleva a la certeza de que su señorío absoluto sobre todo lo creado es siempre en beneficio de nosotros que aceptamos libre y agradecidamente su soberanía. Jesús, hace ocho días enseñaba a sus discípulos y a nosotros esta doctrina por medio de parábolas. Hoy nos enseña eso  mismo, ya no en teoría, sino con acciones que nos hacen reflexionar a nosotros y a sus discípulos quienes se preguntan por la identidad de su maestro.

Aunque el contexto propio de la primera lectura es muy diferente del tema que nos ocupa, el libro de Job nos ayuda a entender quién es Jesús para nosotros que creemos en Él como verdadero Dios y verdadero hombre. Efectivamente, hermanos, las palabras que hemos escuchado son parte de una respuesta de Dios a Job que se cuestiona sobre el sentido de su sufrimiento y del hombre, en general. En un momento dado de su reflexión, se pregunta si acaso Dios no se encuentre muy lejos y sea indiferente a su situación. El capítulo del cual hemos escuchado la primera lectura, comienza diciendo que se hace presente desde la tormenta para recordarle a Job su carácter de criatura con sus respectivos límites en todos los aspectos: de capacidades y de tiempo. Dios, en cambio, es todopoderoso pues ha hecho todo y por eso todo está bajo su control.

El libro de Job, en general sirvió para los judíos originalmente, —y nos prepara a nosotros, los cristianos— a aceptar el misterio del dolor. Misterio que la muerte de Cristo ilumina aunque no aclara del todo. Pero la intervención divina en el discurso de Job, nos sirve también como un inicio en la comprensión del misterio de la persona de Cristo en el misterio de la Iglesia y de cada uno de los miembros que la formamos.

San Marcos, el evangelista que venimos escuchando este año en los domingos del tiempo ordinario, nos presenta ahora a Jesús actuando de manera tal que lleva a la gente, que se encuentra con Él y lo sigue, a preguntarse por su identidad. En efecto, al concluir la serie acciones milagrosas que Jesús realiza, la gente admirada se hace muchas preguntas sobre su identidad (Mc 6,2-3).

El primero de esta serie de milagros presenta a Jesús como el que tiene poder extraordinario sobre el mar, con todo lo que éste elemento natural significa en la tradición bíblica. Mar y viento juntos no hacen más que tempestad, símbolo de una gran crisis que provoca espontáneamente un miedo terrible. El mar por sí solo representaba las fuerzas misteriosas del mal. Entonces, Jesús se impone sobre éste, la admiración de los discípulos y la pregunta sobre su identidad está más que justificada. Pero durante la tempestad manifiestan una carencia de fe que tienen que despertarlo pues la conducta de Jesús les parece inadecuada y tal vez hasta irresponsable.

Frente a la tranquilidad de Jesús que reposa y duerme apaciblemente, está el miedo y la angustia de los discípulos que lo despiertan y le reprochan por su falta de iniciativa ante la crisis que están viviendo: ¿Maestro, no te importa que nos hundamos? (V.38). No les bastaba que estuviera con ellos, de aquí el reproche que les hace Jesús: ¡Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe? (4,40).

Mis hermanos muy queridos, contemplando este pasaje, podemos hacer algunas reflexiones que, estoy seguro, nos ayudarán a asumir una actitud de fe en los momentos que vivimos. Cuando falta la fe, mis hermanos, comienza el miedo. Y éste, que se manifiesta casi siempre en cobardía, perturba la paz, perturba la serenidad, incluso impide ver con objetividad las situaciones. El miedo trae un descontrol tal que nos hace actuar torpemente en todas direcciones, aunque lo menos que nos produce es parálisis, nos bloqueamos, nos paralisamos. Daña por, ejemplo, las relaciones fraternales pues con los reproches, sólo se buscan culpables y se toman medidas equivocadas, cuando no agresivas que dividen y que destruyen.

En fin, el miedo nos lleva a la desesperanza y a la pérdida de la fe; la humana y la divina. Y, lo que es peor, mis queridos hermanos, acaba con el amor. Y en estos momentos de intensa actividad política urge renovar la confianza en nosotros y en los demás. Sobre todo apoyándonos en el poder eficaz del amor de Dios que siempre está de nuestro lado. Es necesario, mis hermanos, creer firmemente que viviendo bajo el dominio del Gran Rey y Señor de la Historia estamos seguros, como lo meditábamos el domingo pasado. Con Jesús vale la pena correr riesgos. El riesgo de esperar, el riesgo de creer que el bien siempre es posible y termina por imponerse. Todos tenemos mucho que hacer unos por otros. Todos tenemos mucho que hacer por nuestra patria. Vivamos así la esperanza, mis hermanos. Cuidémonos unos a otros, pero no seamos como policías unos de otros. Que se revitalice la fraternidad fundada en el amor auténtico y experimentada en el servicio recíproco. Esto es lo que debe sustentar nuestra esperanza.

Decía el Papa Benedicto XVI a los obispos mexicanos, en septiembre del año pasado en su visita agrimina. Que las elecciones de este año representan una oportunidad y un desafío para consolidar los significativos avances en la democratización del país. De todos los ciudadanos depende que este reto se convierta en una mañana gosoza para nuestra patria. Amados hermanos, el próximo vayamos y emitamos nuestro voto. Hagámos del proceso electoral una fiesta buscando el bien del país y la unidad de México. Oremos intensamente esta semana a la Señora del cielo, Santa María de Guadalupe. Oremos por México y sus gobernantes, para que la fe y la confianza en la Providencia Divina, nos conduzca a la serenidad y a la reflexión y al voto razonado y crítico.

Mis hermanos, tenemos en la Eucaristía todas la fuerzas que requerimos para vivir en la esperanza y en la serenidad para hacerle frente a los problemas que vengan. No estamos solos, mis hermanos. No lo hemos estado nunca, 475 años ha estado Nuestra Niña alentándonos, promoviéndonos, impulsándonos, caminando a nuestro lado. El Señor nos guarda de todo mal (Sal 121,7) porque para eso se ha quedado entre nosotros. No olvidemos que la Eucaristía es el signo y es el signo más sublime y cierto del Dios-con-nosotros. Ésta es nuestra fe, ésta es nuestra convicción. Y María Nuestra Niña, Madre y Señora nos auxilia con su ternura, nos auxilia con su intercesión. Encomendemos estas elecciones y a todos nuestros gobernantes a Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Y pidámosle que interceda por nuestro pueblo, en la construcción de una patria mejor. Recordando agradecidamente que Ella desde hace 475 años se ha manifestado como Madre de nuestro pueblo, como Madre nuestra. Que así sea mis amados hermanos.

 
 
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