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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XIII Domingo Ordinario.

Domingo 2 de julio de 2006

LA VIDA, DESTINO FINAL DEL HOMBRE

S
eñor, tú no eres un Dios que ame la muerte. Tú eres, más bien, el Dios de la vida. Y si nos hallamos tan sedientos de vida, es porque nos hiciste para ti, en quien nuestra vida haya su plenitud. Nos hiciste para ti, Señor. Y nuestro ser está inquieto hasta que descanse en ti decía san Agustín. Y has querido, Señor, que sea tu Hijo quien nos conduzca a esa vida que sólo Tú nos puedes dar. Por eso creer en tu Hijo, Jesucristo, es ya tener vida en abundancia. Así nos lo reveló Él y así lo creemos hoy.

Hermanos, esta intensa jornada dominical se ve iluminada por la Palabra del Señor que nos habla de vida y de fe. La primera lectura es muy directa al decirnos: Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser (Sb 2,23), mientras en el evangelio Jesús dice: tu fe te ha salvado (Mc 5,34). ¡El creyente vive de la fe! Acerquémonos, pues, a la fuente de nuestra fe, que es su Palabra.

En la primera lectura un sabio judío del siglo anterior a Cristo hace oír su voz para afirmar que Dios nos ha creado para la vida y que el mal, en general, y la muerte, su expresión más triste y dramática, no son obra suya. Tenemos una  prueba de esto en que cuando Dios interviene en la historia es para bien, cuya cima es la vida misma. Incluso cuando debe castigar, Dios aparece con tan gran misericordia que lo hace con lentitud y paciencia dando tiempo al arrepentimiento de todos y cada uno de sus hijos, que son todos los hombres.

El texto sagrado añade, además, que la muerte entró en la historia por envidia del maligno; por el pecado del hombre. Es esto, sin embargo, una explicación, mis hermanos, que desata más preguntas que responder al misterio del mal y que tanto angustia al hombre. Lo que sí debe quedar claro es que todo mal, en cierto modo, es una carencia de vida y, por lo mismo, no está en el plan original de Dios. En fin, hermanos, el texto representa un momento muy importante en la tradición bíblica que afirma, desde el inicio hasta el fin, que la vida es el sentido de todo lo que Dios ha creado y existe. En el Génesis se dice que Dios plantó en el centro del Paraíso el árbol de la vida cuyo fruto debería dar vida para siempre (2,9;3,22).

Pero es en el evangelio donde nos da Jesús la prueba más contundente de esta verdad del proyecto divino con respecto al hombre. Es Cristo mismo quien nos revela al Dios de vivos y no de muertos a través de los milagros que realiza a favor de la vida en plenitud. El evangelista san Lucas, mediante la narración de dos acciones milagrosas, nos presenta a Jesús como él único que puede dominar no sólo la muerte sino la enfermedad, como disminución de la vida.

Podríamos ver, hermanos, en la narración evangélica dos formas de fe ente Jesús como Señor de la vida. La del hombre, jefe de la sinagoga, que, con su actitud decidida de fe suplica e indica a Jesús exactamente lo que quiere que haga. Se trata de una certeza tan segura que se da el derecho de señalar a Jesús no sólo el qué sino el cómo de la intervención que le solicita: Ven a imponerle las manos para que se cure y viva.  Mientras que la actitud de fe de la mujer, que ha padecido en manos de tantos médicos durante doce años, está muy cerca de la magia: piensa que con realizar sólo un rito podrá obtener un beneficio de Jesús: si logro tocar tan sólo su mato, quedaré sana. ¡Pero prácticamente intenta robar el milagro a Jesús! Y Él no lo permite, sino que la descubre y la hace que asuma su actitud en toda la dimensión y alcance que implica.

Hermanos, si fuimos creados para la vida y Jesús se muestra como Señor de la vida, puesto que Él mismo la vida, eso significa que toda nuestra existencia nos tiene otra razón de ser que estar orientada hacia la vida. Eso significa también que la vida es lo que da sentido a todo lo que el hombre realiza. Todas sus instituciones y sistemas carecen de sentido si no están encaminadas a hacer de la vida del ser humano algo digno de los hijos de Dios.

Aunque a veces pueda dar la impresión contraria, el hombre busca ante todo la vida; aunque sus acciones contradigan de momento este anhelo innato en él. Todos los hombres, mis hermanos, tenemos el derecho a desear siempre un nivel de vida cada vez mejor (que no quiere decir de confort, consumismo y materialismo) como adelanto actual de una vida plena y superior en todos sentidos.

Por eso la Iglesia, aunque a veces parezca lo contrario, no puede hacer otra cosa que proponer y comunicar vida: todas sus instituciones, sus sacramentos, su Tradición, su Palabra y sus acciones son para eso. Y cuando se ve conculcada, tiene el deber de defenderla, así como de denunciar valientemente cualquier atentado en contra de ella. La vida, hermanos, tiene una valor tan alto que es lo mejor que  se puede dar, ya sea transmitiéndola o entregándola por amor a Dios y los hermanos. Tal como lo hizo Jesús por nosotros. La mortificación por sí misma carece de sentido. Por sí misma no santifica sino en la caridad. La vida se da libre y gozosamente, y se recibe agradecidamente.

Ahora que estamos decidiendo una nueva etapa en nuestra historia nacional, seamos muy conscientes de que las instituciones públicas, civiles, políticas y militares no pueden estar más que orientadas a la vida: la de las comunidades y la de los individuos que las formamos; en esto consiste el bien común ¿o acaso existe algo mejor que la vida? Esto se traduce, mis hermanos, en salud, educación, acceso a la trabajo y a los bienes materiales necesarios para un desarrollo integral de las personas.

A quien celebramos cada domingo con Jesús es al Señor de la Vida. Lo que celebramos en la Eucaristía es la vida que el mismo Señor nos da en abundancia a través de su Palabra, del Cuerpo sacramental de su Hijo y de la fe comunicada en el testimonio de los que nos congregamos guiados por el Espíritu Santo. La Eucaristía es adelanto de lo que Dios nos promete y gustaremos para siempre en el encuentro definitivo con Él. Que María, nuestra muchachita y Señora Celestial, que con su obediencia y su respuesta amorosa nos dio al dueño de la vida, nos ayude a obtenerla y comunicarla a quienes la buscan. Amén.

 
 
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