SÓLO EN SU TIERRA DESPRECIAN A UN PROFETA
Demos gracias, hermanos, a Dios, nuestra única fuerza en la debilidad,
como nos lo recuerda hoy san Pablo en la segunda lectura. Démosle
gracias por que está presente en nuestra vida. Démosle gracias por que
creemos, esperamos y amamos en la vida de Dios que se nos da por obra
de su Espíritu. Porque la fe, mis hermanos, es un don de Dios que
se actualiza día a día en medio de las contrariedades, pero también
de los gozos de la vida. Poco a poco vamos experimentando, en
la vida personal y de la comunidad eclesial o meramente humana, el
gran valor de la fe. De esa fe que vivimos en todos los ámbitos
de la vida de aquí y ahora, pero que nos lleva, según nuestra fe, más
allá de lo que vemos y tocamos.
Esta fe, mis hermanos, se alimenta de la Palabra, de los sacramentos,
pero también de las experiencias de cada día en las relaciones
humanas, en las fatigas y en los fracasos, así como en las alegrías
que nos proporcionan los logros sencillos y pobres que vamos alcanzando
a pesar de nuestras debilidades y limitaciones.
Es importante que aprendamos, desde la fe, a escuchar,
a mirar y admirar lo que Dios nos enseña día con día
en cada una de la situaciones por las que pasamos voluntaria o involuntariamente.
La advertencia que Dios hace al profeta Ezequiel sobre las consecuencias de la resistencia
de Israel a escuchar a Dios es actual en la Iglesia y para cada
uno de nosotros. Constituye una pregunta actual sobre la forma
como creemos. Es una pregunta sobre la forma como respondemos, en
la vida diaria, a su Palabra. Veamos, más de cerca, cómo se da eso
a partir de la comprensión de la primera lectura.
Dios encomienda a Ezequiel, su profeta, de denunciar
sus pecados a Israel y de proponerle la enmienda; y lo hace a pesar
de que sabe bien que la resistencia a escuchar llega al grado de
lo absurdo porque son tercos y obstinados. A causa de sus pecados,
el pueblo de Dios se encuentra en el exilio sometido a Nabucodonosor
rey de Babilonia, por tanto, el propósito de este encargo divino es
el de manifestar, una vez más, a ese pueblo la presencia fiel de Dios
y advertirle que tiene en el profeta una nueva oportunidad, con
tal de que se arrepienta, porque el Señor no lo ha abandonado.
La actitud del pueblo elegido no es nueva, se comportan como lo hicieron sus
antepasados en el pasado con Dios y con sus profetas, comenzando por
Moisés, con cabezas y corazones duros. En tiempos de Jesús
—lo sabemos por los evangelios— se comportaron igualmente
con Él. Podemos entender, con esta salvedad, que la necedad de
ese pueblo frente a las enseñanzas de Jesús, no nació de la nada.
De hecho, los judíos de su época tergiversaron gravemente el sentido
de la Ley, del culto y de las tradiciones. Y cuantas veces quiso
Jesús hacerlos recapacitar, otras tantas lo atacaron y descalificaron.
Y frente a esta situación también Jesús, como Dios mismo mediante
el profeta, lamentó su actitud diciendo: ¡Jerusalén, Jerusalén
que martas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! ¡Cuántas
veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos
debajo de sus alas, y ustedes no han querido! (Mt 23,37).
San Marcos el evangelista que cada domingo escuchamos en este año, concluye
de esta forma su catequesis sobre la identidad de Jesús manifestada
en la predicación y en los milagros que ha realizado a favor de todos,
especialmente de los más pobres. Pero la reacción de la gente no va
más allá de la admiración por lo que dice y hace, no suscita
la fe, sino el rechazo. ¿Por qué? Nos preguntamos. Y podemos responder
si vemos hacia nosotros mismos al tiempo que escuchamos sus argumentos
con lo que rechazan a Jesús.
Perece, mis hermanos, que la razón de fondo esté en la autosuficiencia,
los prejuicios y la cerrazón a la verdad. Pero todo eso, porque
no logramos coincidir con los intereses de Dios. Y muchas
veces ni queremos ni nos importa, porque estamos muy seguros de nosotros
mismos. Esa es, me parece, mis queridos hermanos, la razón por
la cual no vemos ni oímos lo que el Señor nos dice o nos quiere hacer
ver a través de su Palabra, de la vida de la Iglesia y de los acontecimientos
de cada día.
En estos días, mis queridos hermanos, Dios nos está hablando
y nos está haciendo ver muchas cosas que son verdaderamente importantes.
Tienen que ver con nuestro ser y quehacer como nación. Más
aún, como una nación que todavía se dice creyente. Pero vale
la pena preguntarnos o dejarnos interrogar por la Palabra de hoy respecto
a nuestras prácticas de fe. ¿Qué tanto hemos cambiado el panorama
político, económico, cultural y laboral a partir de los valores del
evangelio que decimos seguir? ¿Qué tan radical es la presencia de
los creyentes en esos ámbitos de la vida nacional?
Me parece que en medio de tantas dificultades que encontramos
para crecer como pueblo, los creyentes mexicanos tenemos el deber
de intentar una vez más una auténtica y comprometida escucha de la
Palabra de Vida que nos da el Señor cada domingo en la Eucaristía.
Y no podemos olvidar que nuestro Padre Dios nos ha bendecido
de una manera especial con la presencia la Madre de su Hijo Santa
María de Guadalupe, Nuestra Niña, quien ha caminado con nosotros
a lo largo de 475 años, en todos los momentos luminosos y oscuros
invoquémosla.