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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XIX Domingo Ordinario.

Domingo 13 de agosto de 2006

QUIEN CREE, TIENE UNA VIDA ETERNA

B
endito y alabado sea nuestro Señor y Dios Padre que nos ha llamado a la vida plena, su propia vida. Y nos ha dado el camino, que es su propio Hijo, el cual nos conduce a nuestro destino que es Él mismo Dios, vida nuestra.

Hermanos, por tercera ocasión escucharemos este domingo el evangelio de san Juan en el capítulo sexto. Y todavía tendremos la oportunidad de meditar su mensaje en los próximos dos, es decir, hasta el domingo 21 del tiempo ordinario. El evangelista nos transmite en este capítulo mucho más que una anécdota de las fricciones entre Jesús y sus contemporáneos judíos. Parece que el apóstol y evangelista nos transmite, sí, un hecho real, pero asimilado y madurado a la luz de la experiencia del misterio de la Pascua, es decir, de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es muy probable, hermanos, que el autor nos transmita, en esta narración cargada de simbolismo, la experiencia de la celebración eucarística que ya se practicaba en las comunidades. Pero también, inspirado por Dios, nos transmite la fe de los primeros cristianos acerca del mesianismo de Jesús como único salvador y dador de la vida.

No olvidemos, hermanos que el capítulo sexto inicia —según lo escuchamos el domingo antepasado— con el milagro de la multiplicación de los panes para dar de comer a más de cinco mil personas. El domingo pasado en el que no escuchamos la continuación de este evangelio, porque celebramos la fiesta de la transfiguración del Señor, se nos hablaba de cómo Jesús quería hacer entender el milagro de los panes como un signo que apuntaba hacia su propio misterio. Jesús quería llevarlos a la comprensión de su propia persona por la fe. Como no entendían el milagro más que en plano meramente material, los judíos le pedían un signo,  para creer en él, algo  —según ellos— como el de Moisés cuando les dio el maná, pues parece que el de la multiplicación de los panes no les significó nada. Jesús les replica diciéndoles que Él es más que Moisés, puesto que Él mismo es el alimento que, como don de Dios por excelencia, se da para la vida del mundo.

Este domingo, vemos que la reacción de los judíos, sus enemigos de siempre, no se hace esperar. Como no creen en él, se resisten a aceptar que Jesús es el pan que ha bajado del cielo. No ven más que su aspecto humano, siendo que Jesús es en sí mismo el Signo por excelencia. Y con esta negativa a creer, Jesús comenta que esos nos son sus discípulos precisamente porque no lo aceptan en la fe.  Por eso dice: verdaderamente les digo, quien cree tiene vida eterna. Y enseguida advierte: Yo soy el pan de vida… Este es el pan que desciende del cielo a fin de que quien lo coma no muera.

Hermanos, el hombre tiene un deseo profundo de vida plena. Pero no sabe encontrarla. Y jamás la encontrará, según esta enseñanza de Jesús, fuera de Él. El hombre que busca su realización personal con sus propios medios, no logra alcanzarla. Y si la alcanza, lo hace sólo provisionalmente. Permanece, más bien, con hambre. Sólo Cristo sacia total y definitivamente. No sólo sacia lo que el hombre desea sino lo supera con mucho, con lo insospechado y jamás imaginado.

Hay, hermanos, en el discurso eucarístico de Jesús, una relación muy estrecha entre el creer y el comer como entre comer y la carne del Señor, así como entre la carne y el misterio de Cristo. Tratemos de entender esto de la manera más sencilla, permitiendo que sea el Espíritu de Jesús quien nos lo explique.

Jesús nos dice: quien cree en mi tiene vida eterna. Y contraponiéndose al maná, dice que Él es verdadero pan bajado del cielo y quien lo come tiene vida eterna. Esto quiere decir, mis hermanos, que hay una equivalencia entre comer y creer. Creer es aceptar a Cristo en la vida como el sentido de la vida del creyente. La fe, entonces, mis hermanos, consiste en descubrir y aceptar que nuestra vida, la que anhelamos ardientemente, la perfecta y plena, no es posible sin Jesús. ¡Jesús, vida nuestra! Esto es fe. Esto es creer. Entonces, creer en él y comerlo ¡es lo mismo!

Jesús es el Sacramento original porque es signo del amor del Padre que nos da su vida en abundancia. Cristo en la cruz nos dio su vida entera. Ahí está como Sacramento y la Eucaristía es el sacramento de ese misterio de amor. Comer la carne del Señor es aceptar radicalmente, en el riesgo de la fe, la persona de Cristo con toda su obra y su enseñanza. Esto es lo que permite nuestra comunión con Él. Comer su carne no es otra cosa que aceptar en la fe que por medio de su humanidad, como signo sensible, audible y visible podemos  —¡y sólo así!— al verdadero Dios, hecho uno de nosotros, para hacerse compañero y llevarnos al encuentro eterno con su Padre. ¡Jesús es Sacramento del Padre!

Hermanos, la Escritura santa de hoy nos invita a caer en la cuenta de que el fundamento de la religión con sus signos y elementos externos no tienen sentido sin no van respaldados por un fe profunda y madura en Jesucristo. Es en esto en lo quiere insistir el apóstol y evangelista san Juan: el punto de partida de la fe cristiana está en la fe en Jesús. Pero quiere también hacernos entender que la fe se comunica, se percibe y se experimenta a través de los signos, por humildes y sencillos que éstos sean. De manera que fe y sacramentos de la fe son inseparables. La fe exige el sacramento y el sacramento es incomprensible fuera de la fe.

Los judíos se resistían a aceptar el signo de Jesús que era su propia humanidad. ¿No es éste acaso Jesús, el hijo de José?.. ¿Cómo puede decir, pues: ‘he bajado del cielo’? Los contemporáneos de Jesús —y quizá muchos hoy todavía— se negaban a aceptar que Dios les hablara por medio de un hombre y, desde luego, menos estuvieron a aceptar que era Dios y hombre.  Y, sin embargo, mis hermanos, en esto consiste fundamentalmente la fe cristiana.

Al hacer estas consideraciones, queridos hermanos, no podemos más que pensar en la Eucaristía, Sacramento, por excelencia del amor del Dios. Alimento imprescindible de quienes nos hemos decidido por ser discípulos fieles y alegres de Jesús. Nosotros los católicos, tenemos el sacramento de la Eucaristía en el centro de la vida de la Iglesia. Ella es fuente y punto de llegada de lo que somos una vez bautizados y de lo que queremos llegar a ser. Simplemente porque ella nos permite expresar y experimentar la íntima y dinámica a la vez presencia de Dios en nuestra vida. A partir de la Eucaristía, mis hermanos, encontramos el verdadero sentido a la vida cotidiana todas sus dimensiones: individual, comunitaria, social, económica, política, familiar, laboral… Por eso nuestra participación consciente y muy activa, al mismo tiempo que alegre y comprometida en nuestras eucaristías dominicales nos ayuda a vivir diariamente ya la vida eterna.

Quiera nuestra Niña y Madre, Santa María de Guadalupe, interceder por nosotros que nos ponemos bajo su protección y mirada maternales, para que sigamos profundizando cada domingo en este misterio y nos haga capaces de vivir como hermanos con todos en estos momentos difíciles por los que pasamos en nuestra Patria. Amén.

 
 
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