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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XX Domingo Ordinario.

Domingo 20 de agosto de 2006

EL BANQUETE DE SABIDURÍA QUE DA LA VIDA ETERNA.

B
endito y alabado sea nuestro Padre y Dios que no nos ha escatimado nada para darnos la vida que nos tiene reservada desde la eternidad y, más bien, ha querido no solamente revelarnos por medio de su Hijo amado el proyecto de su amor, sino que por medio de Él nos conduce a la vida que nos tiene prometida.

Hermanos, es este el cuarto domingo que la Iglesia nos alimenta con la sabiduría del capítulo seis de san Juan. Nadie como Jesús, en efecto, nos ha dado a conocer el misterio inefable del amor de Dios como lo hace nuestro Señor y Maestro. En efecto, el domingo pasado Jesús nos advertía que existe una relación tan estrecha entre Él y su Padre que nadie puede aceptarlo si el Padre no interviene en esta relación. En otro lugar, cuando se designa así mismo como el camino la verdad  y la vida, nos indica que nadie va al Padre si no es por Él (Jn 14,6). Hace ochos días, mis hermanos, decíamos que Jesús es el Signo por excelencia. Hoy conviene recordarlo y tenerlo presente para entender mejor lo que nos quiere decir este domingo a través las expresiones de comer mi carne y beber mi sangre (v.54).

Ya decíamos también el domingo pasado que en este relato de san Juan y en el mismo discurso de Jesús tenemos no una narración apegada cien por ciento al hecho de la multiplicación milagrosa de los panes y su enseñanza exacta de Jesús. Decíamos —y creo que vale la pena repetirlo— que el evangelista, inspirado por Dios, nos transmite un testimonio no sólo de lo que él vio y oyó de Jesús, sino también de la fe eucarística de sus comunidades; una fe que creció y se consolidó a partir de la Pascua, es decir, de la experiencia de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es difícil, ciertamente —y no es necesario—, distinguir lo que dijo exactamente Jesús y lo que es producto de la experiencia de la Iglesia primitiva y que, por voluntad de Dios, es fundamento de la fe de veinte siglos en la Iglesia.

Hoy nosotros recibimos ese testimonio como Palabra de Dios, contenida en la Iglesia, y que se nos ha dado para crecer en el conocimiento y profundización de este misterio inefable, don inigualable de su amor. Así que, mis queridos hermanos, tenemos este domingo la gracia, el don divino, de meditar y contemplar en la gratitud y en la alegría el mensaje que san Juan, por voluntad divina, nos presenta para nuestra consideración sobre la Santísima eucaristía.

Hoy se nos presenta Jesús como alimento de vida eterna. Dejemos que el Espíritu nos haga entender el alcance de esta sublime verdad. Es cierto que tenemos frente a nosotros, un gran misterio que nos invita a entenderlo. Y sólo lo entendemos si abrimos la mente y el corazón para que los ilumine la fe que viene como don de Dios. Si nos sentimos, invitados a la contemplación y a la adoración de este misterio, entonces, mis hermanos, estamos siendo dóciles al Espíritu que nos hace entender y nos lleva a vivir la experiencia de Jesús como vida nuestra.

Tomar parte en el banquete eucarístico que Jesús nos ofrece, comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, implica una radical y existencial aceptación de Jesús como Señor y único medio de comunión con Dios. Y el efecto de esa unión es la garantía de la resurrección que el nos promete cunado dice: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día (v.54) De manera, hermanos, que, como decíamos ya el domingo pasado, comer la carne y la sangre de Jesús es lo mismo que aceptar su persona, su ser humano y divino como signo del amor misericordioso del Padre. Comulgar es expresar nuestra adhesión total a su persona, a su obra y a su enseñanza.

¡Cuánta riqueza en una acto tan simple como el de comer un pedazo de pan y de beber un poco de vino!. Y esto es así porque Aquel que, siendo Dios se hizo hombre de carne y hueso como nosotros, se hace también pan; el pan que es capaz de transformarnos, a quienes creemos, en verdaderos hijos de Dios, ya desde ahora; ¡vivos para la eternidad!

Jesús he venido “para que tengamos vida y la tengamos en abundancia” Porque la vida eterna comienza ya aquí abajo. El que come el pan de vida, el que intenta configurar su existencia de acuerdo con la persona y las actividades de Jesús, ése encuentra ya la vida eterna dentro de la existencia frágil que hoy tenemos. Porque ser cristiano significa ser hombre; no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros. “Tener vida nosotros” es lo realmente importante en la existencia, lo que realmente merece la pena. Tener vida eterna significa vivir de tal manera que “Cristo habite en mí y yo habité en él”.

Hoy existe una diversidad de indicadores sociales –pérdida de ilusión y sentido de la existencia, incremento de las depresiones, del consumo de droga, de los suicidios- que parecen mostrar que nuestra calidad de vida deja bastante que desear. Prestemos oídos a las palabras de Jesús, que nos invitan a participar de su vida, a comer de su carne, a permanecer en él… a gozar desde ahora un vida nueva, digna, plena. 

Pero la Eucaristía también nos transforma a todos juntos, como Iglesia, en el Cuerpo de Cristo. De manera que si Cristo es signo de Dios para la humanidad, por voluntad suya y mediante la participación en su cena, todos y cada uno nos convertimos también en un signo creíble y eficaz de su presencia en el mundo. Es decir nos hacemos Sacramento de salvación para la vida del mundo (v.51).

A la Eucaristía la llamamos también misa. Ella es misión. A partir de ella somos enviados a edificar la Iglesia y el mundo con el testimonio de la fe y de la caridad. Porque “Cristo… hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación…, y por medio de ella, une (a todos los hombres) a sí… para hacerlos partícipes de vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre. Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo…” (LG 48, §2).

Como una conclusión práctica, mis hermanos, podríamos considerar y revisar cada uno de nosotros cómo es nuestra participación en la Eucaristía, especialmente la dominical. Me parece que debe ser muy dinámica y participativa, sobre todo con una participación interior tan viva que se exprese externamente de una manera auténtica, festiva y muy comprometida. Porque es la expresión gozosa y auténtica de la unión íntima con la persona de Cristo y con todos los miembros de su Cuerpo que es la Iglesia, pero también con toda la humanidad. Es por eso que la Iglesia afirma que la Eucaristía es la fuente y la culminación de su vida y su misterio como sacramento de salvación para todos los hombres (cf. LG 11, §1). Hay que asistir a misa con devoción, hermanos; pero todavía más: hay que participar en la misa con amor y libertad porque no es una devoción más de nuestra iniciativa piadosa. Es la celebración más perfecta de nuestra fe y de nuestra esperanza en el amor, que se proyecta en el mundo como sacramento de comunión con Dios y con la humanidad entera.

Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Madre, que oraba con los apóstoles en el cenáculo y con ellos recibió al Espíritu Santo, nos acompaña siempre en nuestras celebraciones y nos alienta a vivir en la gratitud cada vez mejor este misterio del amor de Dios. Amén.

 
 
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