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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXIII Domingo Ordinario.

Domingo 10 de septiembre de 2006

ESCUCHAR PARA PODER HABLAR: PROCESO DE LA FE.

H
ermanos: Bendito y alabado sea Dios nuestro Padre, porque nos envió a su Hijo único Jesucristo como la Palabra más clara de su amor por nosotros, y nos ha considerado dignos de ser enviados, por medio de su Espíritu, a proclamar este misterio a toda la humanidad.

Mis hermanos, la fe es un proceso que, como decimos constantemente, comienza por iniciativa de Dios, como una invitación suya y se continúa y se mantiene vivo por la participación dinámica y libre, como repuesta del hombre. Dios jamás se calla, su Palabra es viva y eficaz al mismo tiempo que  permanente porque es fiel. Esto lo estamos comprobando hoy mismo ya que es Él quien nos invita este domingo a reflexionar en este misterio en el que nos vemos libremente involucrados a fin de que nos mantengamos en este proceso de “escuchar y hablar” que nos lleva a la salvación.

Así, pues, hemos escuchado en la primera lectura un pequeño texto del profeta Isaías en la parte que se ha llamado “pequeño apocalipsis de Isaías”. Se trata de un  texto que sintetiza la predicación del profeta en el exilio babilónico (597-538). A manera de himno, el profeta anuncia, frente al castigo de los enemigos del pueblo elegido, la salvación y el fortalecimiento de éste. A través del profeta habla un Dios que se acerca misericordiosamente a su pueblo por medio de signos tan claros de su presenciaque producen en el pueblo alegría, gozo, júbilo y alborozo (Alonso Schökel), sinónimos todos que sirven para enfatizar la experiencia de una felicidad total que se alcanza como un don recibido en la libertad y la gratitud.

Desde luego que el profeta, habla en términos poéticos, y por demás simbólicos y de orden religioso, que nos permite ir más allá de lo que históricamente puedan significar. Esa es, además, la intencionalidad de los textos de género apocalíptico. Por eso podemos decir que tenemos en el texto profético una alusión a la palabra poderosa de Dios, que con sólo pronunciarla, realiza cuanto significa. Ciegos, sordos y cojos verán y oirán la Palabra y por este mismo hecho quedarán sanos y habilitados para hablar, ver y saltar. La fuerza eficaz de la palabra divina no se queda en las maravillas realizadas en los hombres, sino que —como vemos en el texto— sus efectos se notan también en la naturaleza al hacer que brote el agua en pleno desierto.

La ceguera y la mudez, vistos desde la perspectiva del mensaje religioso que contiene el texto, apuntan hacia la incapacidad del pueblo para ver las maravillas que el Señor hizo con ellos y la imposibilidad culpable de todos para escuchar la Palabra de Dios y consecuentemente de anunciarla, más aún, de ponerla en práctica, lo que estaría simbolizado en la cojera y en la imagen del desierto estéril.

El evangelista san Marcos nos ofrece una narración en la que Jesús realiza precisamente lo que el profeta anunciaba; incluso con una cita directa del texto de Isaías: hace oír a los sordos y hablar a los mudos (v. 37; Is 35, 5). En el contexto de la redacción del evangelio, san Marcos nos quiere mostrar cuáles son las exigencias de Jesús, pero también cómo Él mismo nos da los elementos que ayudan a cumplirlas. En efecto, el evangelista nos enseña, a base de palabras y actos de Jesús, cómo va Él revelando su misterio y su misión. Pero en este proceso, nos hace caer en la cuenta de la importancia que tienen el ver y el oír para comprender y así poder hablar, es decir, cumplir con el encargo de Jesús de ser testigos suyos ante el mundo ante el cual somos enviados.

Cualquier sordomudo, (o sordo y tartamudo, como es el caso del evangelio) es capaz de ver, pero no entiende, porque le faltan dos capacidades elementales para la comunicación. Es importante ver, sí, pero si no existe el apoyo de la palabra que explique los hechos, no se comprende la realidad. El sordomudo es una persona que vive una situación de dependencia y de inseguridad permanentes. Insisto, no basta ver. La palabra oída y hablada tiene un papel muy importante en una comunicación libre que da seguridad y alegría pues propicia la convivencia en el intercambio de ideas y experiencias.

El evangelista nos muestra a Jesús muy ocupado en procurar la salud del enfermo. Lo separa, lo toca, le pone saliva (que en ese tiempo se le conocían cualidades curativas), mira al cielo, suspira y ora por el enfermo y, finalmente pronuncia una palabra que produce la curación.

Lo que ha hecho Jesús con esta poderosa intervención suya no es otra cosa que una acción simbólica de algo más profundo. Él ha venido a restablecer el orden de la creación; el que tenía desde el origen en Dios. Por eso resuena la Escritura, en concreto el Génesis donde se dice al cerrar cada día de la creación y al final de toda ella: Vio, entonces, Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno (Gn1,31). En el terreno de la fe, viendo estos gestos de Jesús a la luz del profeta Isaías del que hemos tomado la primera lectura —y como es la intención del evangelista—, hemos de contemplar esta acción maravillosa de Jesús como un símbolo de lo que sucede en el proceso de ser discípulos suyos.

Entonces, podemos aplicarlo a nuestra vida considerando que la fe nos viene por la Palabra que se nos predica, que nosotros acogemos y que, al comprenderla, nos permite ver de una manera distinta todo lo que no rodea: la naturaleza, las personas, los acontecimientos… ¡Todo nos habla de la bondad de Dios! Pero a veces podemos no verlo ni entenderlo Y si la sanación comienza con escuchar, basta que Dios quiera y lo realice con un ¡effetá! para que estemos en posibilidades de creer y actuar en consecuencia, es decir, poder proclamar a todos la obra salvadora de Cristo no sólo con las palabras sino con lo que se ve, es decir, con las obras. Y qué magnifica oportunidad tenemos para ser realidad esto en las circunstancias concretas que vive hoy nuestro querido México, nuestro obispos nos dicen:

“Es hora de tender los puentes del diálogo, del entendimiento y de los acuerdos imprescindibles para hacer posible la gobernabilidad que nos permita construir un México más justo en el que se abatan las desigualdades sociales, generadoras del lamentable fenómeno de nuestra pobreza... La pasada elección nos debe hacer conscientes del deber que tenemos de aceptar la pluralidad del México de hoy, sin poner en riesgo la unidad entre los mexicanos. Evitemos acciones que propicien odio, violencia, división y promovamos las que enfaticen reconciliación, inclusión, respeto por el adversario y por quienes ejercen una oposición crítica, responsable y constructiva... la paz es un don de Dios, pero también tenemos la responsabilidad de construirla sobre las bases de la justicia y del respeto a la dignidad inalienable de las personas”.

En la Eucaristía dominical, hermanos míos, se nos proclama la Palabra de Dios de diversas formas para que podamos, por nuestra parte, anunciarla y realizarla en la vida diaria. La Palabra acogida y compartida en la liturgia produce en nosotros la verdadera conversión que comienza por sanarnos de nuestra sordera y nos capacita constantemente para anunciarla y para que, superando la cojera, o tal vez parálisis espiritual, la realicemos en nuestras obras. Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora interceda por nosotros para que conserve la paz y la unidad de nuestro país y que Cristo Rey extienda su reino de amor y justicia sobre nuestra patria.

 
 
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