MATRIMONIO: ¿DON O CARGA?
Hermanos:
Bendito y alabado sea nuestro Dios y Señor que nos ha dejado señales
inequívocas de su amor, asociando incluso a su criatura el hombre a
su proyecto de salvación, pues lo hizo signo de su benevolencia y de
su fidelidad por medio de la institución del matrimonio en Cristo.
Muy queridos hermanos, el matrimonio es una realidad natural
querida por Dios que se funda en el amor fiel y permanente como lo
es el verdadero amor cuyo origen está en Dios mismo. Las crisis por
las que pasa actualmente la institución del matrimonio pasan por críticas
y juicios en nombre de la libertad y de una autenticidad entendidas
ambas desde el egoísmo, el hedonismo y una visión legalista que reflejan,
por tanto, libertad y autenticidad muy mal entendidas.
Al escuchar este domingo a Jesús, el Señor y Maestro, recordemos
que va camino a Jerusalén enseñando a sus discípulos sobre el sentido
de la cruz y de su seguimiento. En este contexto, y a partir de una
pregunta mal intencionada de los fariseos, nos da una enseñanza sobre
el sentido del matrimonio que, por tanto, también ha de entenderse
como una forma concreta de seguimiento.
Jesús nos da hoy dos enseñanzas muy importantes en torno al
hecho social del matrimonio: la igualdad de quienes se comprometen
en él y su indisolubilidad como dos condiciones concomitantes desde
su origen por voluntad de Dios. Es decir, como dos elementos propios
de su naturaleza: la libertad en la igualdad y la indisolubilidad
por el amor.
La primera enseñanza es importante si consideramos la situación
del matrimonio en la época de Jesús especialmente en el ámbito de
las prácticas judías de la religión. En efecto, entre los judíos —no
así entre los romanos—, quien decidía todo en torno al matrimonio
era el varón. De manera que ya fuera en la escuela liberal del Rabino
Hillel o en la más estricta de Shammai, el único que podía decidir
sobre el divorcio era el marido. Pero desde el momento en que Jesús
cita a Moisés, se indica que esta práctica no era nueva en tiempos
de Jesús, sino que, como es de esperarse humanamente hablando, era
algo tan común como en el día de hoy.
En efecto, Jesús, queriendo atenerse a la ley, pregunta sobre
la orden del legislador por antonomasia, pues la trampa que los fariseos
le ponen es para acusarlo de ser enemigo de la ley. Jesús, que no
se deja jamás atrapar en superficiales discusiones, les pregunta sobre
el origen de la práctica para invitarlos a ir más allá de la tolerancia
permisiva. Precisamente les dice que por su ‘esclerocardía’ o dureza
de corazón, Moisés les permitió dar a la mujer un documento de divorcio
para que ésta quedara libre y pudiera contraer nuevas nupcias.
Esta esclerocardía no es otra cosa que una resistencia a aceptar,
en la práctica, el orden establecido por Dios desde el origen de la
creación. Y como siempre nos sucede, porque así nos conviene, de una
concesión hacemos una regla de conducta. Una práctica común que termina
por ser incontestable.
Lo peor de todo era que sólo la practicaba el varón, aduciendo,
también por una mentalidad distorsionada, su superioridad sobre la
mujer. Pero Jesús, que ha venido a renovar todas las cosas, reprueba
esa práctica señalando que nadie puede separar lo que Dios ha unido:
Lo que Dios ha unido que no lo separe el ser humano. Notemos que en
el texto griego se usa el término ántropos que se ha de traducir por
‘persona’ o ‘ser humano’. Igualmente usa este término para decir:
por eso el ser humano dejará a su padre y a su madre y serán los dos
una sola cosa con lo que se indica que en el matrimonio hombre y mujer
son iguales. Ya en ese entonces en el pueblo romano, tanto hombres
como mujeres podían promover el divorcio. De aquí la aclaración que,
según san Marcos, hace Jesús en privado con sus discípulos.
La segunda enseñanza va relacionada con la práctica abusiva
del varón hacia la mujer: el divorcio. Cuando Jesús afirma que en
el principio no fue así, refiriéndose a la concesión de Moisés, como
ya decíamos, reprueba esa práctica e invita ir más allá para buscar
en la fidelidad matrimonial la profundidad del amor de Dios que se
vive como señal (sacramento) en la donación mutua hasta consumarse
en una entrega fiel y permanente, a pesar de las dificultades y problemas
que se presentan a lo largo de los años.
Es necesario pasar de una mentalidad legalista o sexista a
la convicción de que la indisolubilidad nos es una carga sino un don
del amor de Dios. Don que se vive a la luz de la cruz y del amor en
la fidelidad. Entendámoslo de una vez por todas, ¡el divorcio no está
contemplado en los planes de Dios! Por tanto la fidelidad conyugal
es un don a la vez que una tarea a realizar diariamente. Como todos
los dones, es un regalo que se recibe y se cultiva para hacerlo crecer
y dar frutos. Por eso siempre la indisolubilidad es un ideal que hay
que alcanzar con esfuerzo diario por parte de la pareja. No debe verse,
repito, mis hermanos, como una carga que hay que soportar resignadamente.
Y para lograr el fin del matrimonio querido por Dios, es necesario,
queridos hermanos, no sólo el esfuerzo y el trabajo diario, sino es
necesario mantenerse en la oración y en la escucha de su Palabra para
ir haciendo de este sacramento un verdadero testimonio de amor, ¡nada
menos que signo del amor de Dios hacia la humanidad o de Cristo por
su Iglesia! porque el amor del ser humano, es reflejo del amor de
Dios que es eterno, constante, irrevocable, indisoluble. Todo esto,
asumido en la gratitud y en la esperanza por los esposos, trae como
consecuencia una renovación constante que posibilita la superación
de los problemas como una conquista que engrandece y ennoblece a los
esposos porque tiene la fuerza de Dios.
Encomendémosle a Dios nuestro, por la intercesión amorosa y
solidaria de nuestra Señora de Guadalupe, a todos los matrimonios,
especialmente los de nuestra Iglesia Católica para que sean fieles
testigos de amor fiel de Dios a todos los hombres. Amén.