LA
VERDAD FUNDAMENTAL Y EL MANDAMIENTO PRINCIPAL
Hermanos: Alabemos a Dios nuestro
Señor y Padre, que en su Hijo nos congrega cada domingo para darle gracias,
para profesar nuestra fe en el único Dios verdadero y santo, así como
para recibir la ayuda que nos brinda por medio de su Espíritu con la
fuerza que nos hace capaces de vivir según lo que creemos y esperamos.
Mis queridos hermanos, hoy el Señor
nos regala, mediante su palabra, una enseñanza muy importante para
vivir a profundidad la fe a la que Él mismo nos ha llamado. Podríamos
decir que la enseñanza de hoy nos ayuda a entender la fe y sus
expresiones religiosas como un todo coherente entre las verdades fundamentales
y las prácticas cristianas.
Esta reflexión es una buena oportunidad
para comprender la religión como la consecuencia coherente de la
auténtica fe. Doctrina y práctica moral no se contraponen en la
vida del cristiano, de la misma manera como Dios no compite con
el hombre. Esta reflexión también nos va a servir para evitar
en nuestra vida dos errores: uno es el pasar la vida pensando que
podemos centrar la fe sólo en una relación vertical con Dios,
como, por desgracia, a veces oímos como único interés en la predicación
de algunos grupos que se dicen cristianos; el otro error, el contrario,
es el de ocuparnos en una filantropía meramente humanista sin
tener en cuenta a Dios, de una manera horizontal.
La fe, como lo decimos repetidamente, tiene
su origen en Dios, como un don suyo, pero se hace realidad en
cada uno de nosotros hasta que respondemos a ese don. Y ya sabemos
que esa respuesta es lo que constituye nuestro obrar en el amor, nuestro
amor a Dios y al prójimo. Creer es, entonces, el fundamento
del hacer. De manera que, mientras que creer en un solo Dios
verdadero es el fundamento, el actuar en la obediencia a sus mandamientos
es su consecuencia necesaria. Es decir obedecemos a Aquel en
quien creemos y con quien nos sentimos en una relación íntima de amor.
Por eso no tiene sentido decir que creemos en Dios si no nos interesamos
por conocerlo y amarlo cada vez más para hacer su voluntad en
la libertad y el amor.
Por eso la Iglesia, en nombre de Dios,
nos propone hoy a nuestra consideración el credo judío, tan sencillo
como profundo: Creer en el Dios uno, único y verdadero que se manifestó
no sólo en la zarza ardiente, sino principalmente en la historia
del pueblo elegido: la salida de Egipto, la posesión de la tierra
prometida… Y observar cabalmente sus mandamientos. Nosotros, los cristianos
como los judíos, creemos en un Dios que no es sólo un concepto,
el símbolo de un ideal ni, mucho menos, un ser poderoso y eterno,
pero alejado y ajeno a nosotros. No, nuestro Dios es alguien que
se ha involucrado con nosotros de tal modo que creemos que se
ha hecho hombre para hacernos experimentar su amorosa cercanía a fin
de que nosotros pudiéramos llegar hasta Él. Nuestro Dios es Alguien
que se ha hecho parte de nuestra historia.
Esta es la razón por la que aceptamos
que nos pida que lo amemos sobre todas las cosas al grado de que nuestra
vida no tenga ya sentido sin Él. Y es a partir del amor a Él como
podemos relacionarnos unos con otros y con las cosas de este mundo
tal como él nos lo pide. Por eso lo escuchamos para conocerlo y así
poder servirle como debe ser servido en el amor.
Entonces, mis queridos hermanos, no
podemos dejar de escucharlo, como nos lo pide hoy, a fin de responderle
en el amor total y absoluto.
Como podemos ver, desde las lecturas,
ya en el Antiguo Testamento se mandaba amar a Dios y al prójimo,
pero en dos momentos diferentes (Gén 6, 2-6 y Lv 19,18). Lo original
de la enseñanza de Jesús está en haber hecho de los dos mandatos
uno solo en el amor. De esta forma nos hizo conocer el proyecto
de Dios de que quien ama a Dios debe también amar al prójimo.
Amamos a Dios con el mismo corazón con que nos amamos unos a otros.
Dios, lo repito, no compite con el ser humano, su criatura; no
lo excluye para ser sólo Él. Al contrario, el cristianismo se
caracteriza por su enseñanza, a partir de Cristo, de que el amor
sincero y permanente al prójimo es signo de una relación fiel y amorosa
con Dios.
Y, Como dice el interlocutor de Jesús
en el evangelio de hoy, el maestro de la Ley: eso vale mucho más
que todos los holocaustos y los sacrificios que una persona piadosa
pueda hacer. Lograr un crecimiento en esta dirección es vivir
la verdadera religión. Por eso continuamente estamos pidiendo el auxilio
divino a fin de que vivamos coherentemente la fe que hemos recibido
de manera inicial en el bautismo. La caridad es la mejor prueba
de nuestra fe. Y ésta va en dos direcciones: la vertical, hacia
Dios, en una relación íntima y personal; y la horizontal, ocupándonos
del mundo en que nos tocó vivir, y en primer lugar de nuestros
hermanos los más necesitados.
Cada domingo que nos reunimos para
celebrar a Dios por todos sus dones, lo hacemos ante todo para darle
gracias por el inmenso amor que nos tiene y para pedirle perdón porque
no le correspondemos con la generosidad y gratitud con que deberíamos.
Hoy digámosle con el salmista: Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza,
ya (Sal 118) que si lo amamos con todas nuestras fuerzas, Él, que
nunca se deja ganar en generosidad, nos hace, mediante el de su Espíritu,
más fuertes para responderle con mayor firmeza, especialmente
en lo que toca al amor al prójimo, pues si somos sinceros, en cierto
modo es muy fácil —aunque no verdadero— amar a Dios, que amar al prójimo,
pues aquello no se ve, y en cambio, del amor al prójimo tiene que
haber evidencias: ‘obras son amores que no buenas razones’
dice la sabiduría popular. No puede quedar en buenas intenciones.
Todo esto significa que los creyentes no nos desentendemos de los
quehaceres de la vida social, política, económica y cultural de nuestro
entorno.
Que Nuestra Niña y Señora de Guadalupe
nos ayude con su ejemplo y con su intercesión en el crecimiento
de nuestra fe y en el cumplimiento de su voluntad en medio de
las circunstancias que nos toca vivir. Amén.