Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en el Domingo de Resurrección.
Domingo 16 de abril de 2006.
ALELUYA
Hermanos:
¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡ALELUYA! ¡CRISTO VIVE! ¡ALELUYA! ¡CRISTO
ES Y SERÁ SIEMPRE EL SEÑOR! ¡ALELUYA!
Después de recorrer con entrega generosa el santo tiempo de
la Cuaresma, hemos llegado finalmente al Triduo Pascual que culmina
con el día glorioso de la Resurrección.
Este gran día, mis queridos hermanos, va precedido de la
Solemne Vigilia, la noche más luminosa que todos los días
más brillantes. Con ella, la santa Iglesia nos colocó en la antesala
de la pascual final, pues nos hizo tomar conciencia de la espera confiada
y amorosa del día en que la obra de Cristo llegará a su plenitud más
allá de la historia del mundo y de cada uno de nosotros que creemos
y confiamos en la promesa del Señor. Sólo la Pascua, —‘el paso’—
del Señor nos permite ver más allá de la historia.
Por encima de las debilidades, de los errores y de la malicia
de la humanidad resuena hoy un grito de esperanza, más aún, un grito
de plenitud: Jesús ha resucitado. Hoy todos los cristianos proclamamos
que el horizonte último de la vida humana no es la nada sino la plenitud
en Dios. Hoy todos los cristianos nos afirmamos que la vida de
Jesús, forjada en la fidelidad, en el servicio y en la paz es el mejor
ejemplo a seguir para alcanzar la Resurrección.
No se trata de éxitos humanos sino de fidelidades llevadas
hasta el extremo de dar la vida. Esta actitud, vivida día a día
en medio de contrariedades y alegrías desemboca en plenitud, en
Resurrección junto a Dios.
La tónica de esta fiesta es una melodía que resulta de la alegría
y la gratitud. ¡Aleluya! Es decir ¡Alaben al Señor! Alabémoslo porque
ha sido grande con nosotros, porque ha hecho maravillas. Porque
ha hecho que sucediera lo que jamás había imaginado el ser humano. Dios
hace real lo imposible para el hombre.
En el Misterio Pascual, que estamos celebrando, que incluye la muerte y la
Resurrección de Jesucristo, Dios ha hecho todo nuevo. ¡Y lo hizo
todavía mejor que en la primera creación! ¡Para rescatar al esclavo
entregó a su Hijo! Canta el Pregón Pascual. Nos salvó de la esclavitud
de la idolatría, de la soberbia y de la mentira. Ha mantenido la
fidelidad a sus promesas a pesar de que nosotros no le correspondemos
y más bien lo traicionamos. Y, por si fuera poco, todavía ha “sellado
con nosotros, en Cristo, una Alianza que ya nada la podrá romper”.
Nos ha sacado de la noche del pecado a la luz de la vida y la alegría
y nos ha dado su Espíritu para que seamos capaces de responderle
en la fidelidad y en el amor.
Todo esto, hermanos —y mucho más—, ¿todo esto no es suficiente
para vivir en la alegría de la esperanza y de la gratitud? Si el
corazón y la mente rompen hoy en el gozo y la alegría, es todavía poco,
pero estamos en camino de seguir creciendo en este gozo que esperamos
ver colmado en la patria verdadera, donde Cristo nos espera;
a donde se ha ido para prepararnos un lugar junto a Él y a su Padre.
Pero este misterio, mis queridos hermanos, nos lanza
todavía, mientras estamos de camino, a realidades, actitudes
y conductas de alturas insospechadas y que no son otra cosa que signos
de que hemos resucitado con Él y permanecemos vivos para Dios y
para los demás. ¡La gloria de Dios es el hombre vivo! Dice san
Ireneo. Para eso murió el Señor, para que tuviéramos vida y vida
en abundancia. Esos signos se dan cuando, cumpliendo el mandato
del Señor, vivimos en el amor nuestras relaciones con Dios y con los
demás.
Hermanos, sólo damos gloria al Dios vivo dando testimonio
de que estamos vivos cuando lo que nos mueve es el amor que nunca
muere. No podemos, después de la experiencia que Dios nos concede
vivir año con año, continuar la vida como si Dios no nos amara. La
muerte y resurrección del Señor nos son otra cosa que la más perfecta
expresión del amor de Dios.
Hermanos ¡Dejémonos amar por Dios! Es decir, dejémonos
salvar por el único que puede hacerlo. Empecemos, de una vez por todas,
a vivir en el mundo nuevo que Cristo, Dios y Hombre vivo, ha inaugurado
con su Pascua. Atrevámonos a dar testimonio del amor y a ser diferentes
en un mundo sembrado de odio, de mentira y de soberbia, de injusticia,
de corrupción y de violencia. La Pascua nos lanza a ser testigos
de que el amor puede más que el odio y la envidia; de que la verdad
siempre prevalecerá sobre la mentira y la infidelidad; de que sólo el
perdón y la paciencia pueden producir la paz estable y auténtica;
de que la humildad y el servicio generoso pueden más que el orgullo
y la soberbia. La fraternidad, que tanto anhelamos para nuestra Patria
y para el mundo, especialmente en estos días, será una realidad, si
nosotros los cristianos la fundamos en la Pascua.
Sólo desde la Pascua, hermanos, podemos construir un mundo de igualdad
y fraternidad. Por eso la Eucaristía, la acción de gracias
por excelencia, que es la más perfecta actualización de la Pascua, nos
garantiza un crecimiento permanente en el conocimiento y en la amistad
con el Dios que nos salva. Este Santísimo Sacramento nos une a la
Pascua del Señor y nos hace fuertes para vencer el pecado Y nos hace
vivir como resucitados. Nuestras celebraciones eucarísticas son expresión
de nuestra alegría y nuestra alabanza perfectas a Dios, y por eso
son un evangelio, es decir, una alegre noticia a un mundo que anhela
y busca a ciegas, sin saber qué ni por dónde.
Que Santa María de Guadalupe, nuestra Madre y Señora, testigo
fiel de este evangelio, nos acompañe y nos proteja con su intercesión
para hacer esto cada vez más creíble en nuestro país y en el mundo.
Amén.