Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en el II Domingo de Pascua.
Domingo 23 de abril de 2006.
CREER PARA VIVIR
Hermanos:
¡Cristo resucitó y vive para siempre! ¡Aleluya!
Celebremos hoy la octava de la Pascua.
El octavo día que ya es el primero de los días, dies Domini.
Ya siempre es día del Señor. Ya siempre es Día. Porque la noche fue
vencida para siempre. Porque las temibles tinieblas -la tristeza,
el miedo, el vacío y el sinsentido- ya no nos van a vencer. El día
se ha echado encima victorioso. Todo es luz. Mis hermanos, hoy también
es domingo de la Divina Misericordia, es por eso que en esta octava
de Pascua hemos orado así: <<Dios de infinita misericordia, que
reanimas la fe de tu pueblo con a celebración anual de las fiestas pascuales
aumenta en nosotros tu gracia…>>
Hermanos no lo hemos olvidado, todo el misterio pascual
es fruto de la misericordia infinita de Dios. Fue su misericordia
la que le movió a acercarse a nosotros, comparecido; la que le estimuló
para entregarnos a su Hijo, que a su vez se entregó por nosotros.
No hay Pascua sin misericordia, sin amor compasivo y entregado.
Bien está que le llamemos a Dios con el título de la Misericordia.
Las antiguas oraciones utilizaban más los atributos de la omnipotencia,
la sabiduría y la eternidad.
Por otra parte, la misericordia más que un atributo es una
naturaleza, es su definición y su razón de ser. Entonces tendríamos
que decir, no Dios de misericordia, sino Dios-Misericordia, Dios
que eres misericordia infinita, Dios que eres Amor misericordioso,
Dios que eres Amor sin límites.
Esta noticia y la alegría que este misterio produce en lo más íntimo de nuestro ser creyente
jamás se agota. La experiencia cristiana de más de veinte siglos
es que mientras más se conoce y se comprende más nos invita a profundizar
en él y a vivirlo.
Este misterio de amor divino no se demuestra. Simplemente
se muestra y se acepta en la fe y en la libertad o se rechaza. Cada
uno de los cristianos y la Iglesia entera muestra este misterio en su
propia vida. Pascua llena toda la vida del cristiano y lo hace
acometer hasta lo increíble gritando, en la esperanza, que el mundo
puede y debe ser mejor.
Las lecturas de este domingo segundo de Pascua nos llevan,
mis hermanos, a considerar cómo, desde el principio, los primeros
cristianos se veían impulsados por la experiencia de la Pascua del Señor
a vivir de una manera nueva en todos los aspectos de su vida comunitaria
e individual. La fe repercutiendo en la vida ordinaria; según los
Hechos de los Apóstoles, la máxima expresión de esta nueva vida era
la comunión fraterna tanto en la oración como en la participación
en los bienes materiales comunes. ¡Una verdadera y perfecta koinonía!
San Juan, en la segunda lectura de hoy y su primera carta, nos explica que la fe
no puede más que ser consecuente. No puede quedarse en un bienestar
espiritual e intimista, sino, por su propia naturaleza dinámica,
está en continua proyección a la vida, especialmente traducida en
un firme y permanente compromiso hacia la comunidad y hacia cada
uno de los hermanos.
Queridos hermanos: para quienes creemos la Pascua es causa
de gozo tan profundo y auténtico que llena las expectativas más
sentidas por el ser humano. Da sentido a la existencia humana tal
como es: con sus grandezas y miserias, con sus afanes y satisfacciones,
en el fracaso y en el éxito, en las angustias y en las tristezas
y alegrías, en fin, en la vida como en la muerte.
Cuando el creyente vive a fondo este misterio tiene la fuerza
interior suficiente para hacerle frente, con optimismo realista, a la
adversidad y al desánimo: lucha con firmeza y entereza porque el
bien sea una realidad actual y no sólo un ideal que hay que alcanzar.
Por eso vivir la Pascua es vivir como resucitado, pues
buscar los bienes del cielo no significa desentenderse de la historia
presente. Significa, más bien, comprometerse en la fe, la esperanza
y el amor, en la tarea de llevar este mundo a su perfección, siguiendo
el modelo original que Dios tuvo en su belleza y bondad. Creer en la
resurrección es manifestar al mundo que la nueva creación, obra del
resucitado, es una realidad actual.
Pascua es el Sacramento del amor de Dios. Por eso, mis hermanos, la Eucaristía,
máxima expresión celebrativa de la Pascua, nos lleva a vivir tanto
como la práctica de la caridad y el don de la fe, de una manera excelente
e insuperable. Hagamos de nuestras eucaristías dominicales prolongación
de este día del Señor. Pero no olvidemos lo que hemos meditado acerca
de la Pascua, es decir con toda su proyección en la vida, pues
lo necesitamos urgentemente especialmente este año de gran intensidad
política.
Le pedimos a Dios Misericordioso, por intercesión de Nuestra
Muchachita, Santa María de Guadalupe, continué mirándonos a todos
con agrado, que aumente nuestra fe y consolide nuestra confianza
y nuestra esperanza en él. Amén.