Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en el V Domingo de Pascua.
Domingo 14 de mayo de 2006
PERMANECER EN CRISTO
¡Bendito sea Dios, hermanos! Bendito el Padre de nuestro Señor
Jesucristo quien con el don de su Espíritu nos hacer permanecer fieles
a su Hijo, pues no es sólo por nuestra voluntad sino por la gracia con
que nos auxilia, como podemos alegrarnos en la obediencia de la fe y
el amor a Jesús y, por Él, al Padre.
¿Qué significa permanecer en Cristo? ¿Qué implica para nosotros
hoy esta exigencia de Jesús? ¿Qué supone una respuesta perseverante
y cómo se manifiesta de manera que podamos tener alguna certeza de que
permanecemos adheridos a su persona y a su palabra? Tal vez debamos
aceptar, de entrada, que no es fácil responder; pero estoy seguro, mis
hermanos, de que la misma Palabra de Dios y la experiencia de la Iglesia
en la vida de sus santos nos dan luz y una respuesta bastante aproximada.
Dejémonos, pues iluminar por la Palabra que hoy hemos escuchado
empezando por el evangelio que una vez más está tomado del de
san Juan. Con una metáfora tomada de la rica tradición judía del
Antiguo Testamento, Jesús se compara a la vid y a su Padre con el
viñador y más adelante compara a los discípulos con las ramas.
Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador… Yo soy la vid, ustedes las ramas
(Jn 15, 1.5) dice Jesús. En tiempos de Jesús, seguramente lo judíos
ya estaban familiarizados con la figura de la parra con la cual se
identificaba a todo el pueblo (cf. Is 5,1-7; Sal 80,9; Ez 17,3-10; 19,10-14;
etc.). En el trozo sobre el cual estamos reflexionando, es Jesús
quien se compara con la vid y, a su vez Él compara las ramas con los
discípulos para explicar la necesidad de estar unidos permanentemente
a Él para tener vida. Dice además Jesús que el criterio para saber
si existe tal unión entre la vid y las ramas (es decir, entre Cristo
y los discípulos) son los frutos.
Nos hemos preguntado al empezar esta reflexión sobre el sentido
de esta afirmación y exigencia del Señor, y la segunda lectura nos ayuda
a encontrarlo puesto que nos señala muy puntualmente los frutos,
es decir, las evidencias de esta unión profunda. Según esta lectura
de hoy, tomada de la primera carta de Juan, los frutos inconfundibles
de la permanencia en Cristo, de esa unión íntima y misteriosa con Cristo,
son las obras hechas en el amor a Dios y al prójimo. A Dios lo
amamos cuando obedecemos sus mandamientos y amamos al prójimo cuando
le hacemos sólo el bien.
Con mucha frecuencia, mis hermanos, confundimos nuestra
permanencia en Cristo con sentimientos de admiración, de
temor o de un conocimiento intelectual de la doctrina;
a veces también podemos estar seguros de nuestra unión con Él por nuestras
largas sesiones de oración. ¡Tengamos mucho cuidado! Por que el mismo
Jesús nos dijo: No todo el que me diga ¡Señor, Señor! Entrará en
el Reino de lo cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre…
(Mt 7,21) entrar en el Reino equivale a esa unión permanente de la que
venimos hablando. Y no es que la oración no tenga sentido en nuestra
relación con Dios —¡líbrenos Dios de tal desatino!—. Se trata
de que veamos la advertencia de que ella sola no garantiza nada. Se
nos previene contra una religión intimista, sin proyección en la vida.
San Juan, en su carta, nos advierte que “el amor cristiano
debe concretarse en hecho; no puede quedarse en bella teoría. Además,
el amor que se traduce en obras es precisamente la piedra de toque del
auténtico creyente: amar la verdad y ser de la verdad son en
este pasaje dos expresiones perfectamente correlativas… Ser de la
verdad y ser de Cristo, son dos expresiones equivalentes, ya que
Cristo es la verdad (Jn 8,32; 14,6)” (Felipe F. Ramos en comentario
a 1Jn en la Biblia de América).
La primera lectura, hermanos, nos muestra cómo la unión
íntima y permanente con Dios fue la razón de la fortaleza con la que
san Pablo se mantiene frente a la resistencia de la Iglesia de Jerusalén
para aceptarlo como un escogido y enviado por Cristo. Fue ese encuentro
existencial con Cristo lo que transformó a Pablo de perseguidor en enviado,
es decir, en Apóstol suyo a pesar de que los hermanos de raza convertidos
al cristianismo fueron los que principalmente se resistieron a aceptar
su ministerio. Sabemos, hermanos, por la historia que este rechazo
de san Pablo por parte de judeocristianos, fue la causa de su
fecundo apostolado entre los pueblos no judíos. Podemos decir, entonces,
mis hermanos, que su fortaleza y pasión por anunciar a Jesucristo fue
fruto de esa permanencia en Él de una manera profundamente fiel.
Podemos concluir, entonces, mis hermanos, que sí hay signos
palpables de nuestra íntima y permanente unión con Cristo cuando, según
la carta de Juan, pasamos de una observancia material de la ley a
una obediencia y adhesión en el amor. Sólo la obediencia en el amor
a Dios, nos hace capaces de un auténtico amor al prójimo y, a su vez,
este amor el prójimo manifiesta la certeza y la autenticidad del amor
a Dios, por medio de Cristo.
Si a las obras unimos la oración, entendida ésta como
un diálogo íntimo, maduro, adulto, alegre y fecundo con el Dios
verdadero, manifestado en Jesucristo, entonces podemos decir que vivimos
adheridos radical y existencialmente a Cristo el Señor. Cuando todo
se unifica: oración, amor a Dios, libertad, relaciones y soledad, pobreza
y fracaso humano, alegría y tristeza, lucha y sosiego en Cristo, entonces,
mis hermanos, podemos tener la certeza de que vivimos en y por el Señor.
La
Sagrada Eucaristía, queridos hermanos, el centro de la
vida cultual y celebración suprema de la fe cristiana, deja de ser para
los discípulos un mandamiento y se convierte una experiencia de vida,
de encuentro permanente y necesario con Dios, pero también con la
comunidad que espera y ama.
Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora del Tepeyac, nos
muestra cada vez más a su Hijo y nos conduzca a una adhesión a su
persona con todo nuestro ser en la obediencia y en un amor
cada día más profundo. Amén.