Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en el VI Domingo de Pascua.
Domingo 21 de mayo de 2006
CREER ES AMAR SIN MEDIDA
Queridos
hermanos: Bendigamos a Dios, nuestro Padre quien da su Espíritu a
todos los que buscan y aman la verdad y, especialmente a cada uno de
los que hemos creído en Jesucristo, para que seamos capaces de cumplir
con el mandato de su Hijo amado puesto que Él solo es la fuente del
amor.
Hermanos, el domingo pasado, tanto san Juan como el mismo Jesús
nos hablaban de la necesidad de permanecer en Cristo para dar frutos,
es decir para poder hacer las obras del amor. Hoy nuevamente,
la segunda lectura y el evangelio son continuación de los textos del
domingo anterior. Sin embargo, hermanos, en la primera lectura tenemos
un texto entresacado del capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles.
Este texto es muy importante aún dentro de la obra de san Lucas. Pero
es determinante para entender un poco el alcance de la obra de Jesús
continuada por la Iglesia a lo largo de la historia.
En efecto, es importante notar que Cornelio, fue el
primer pagano, es decir, no judío que era aceptado por san Pedro
como cristiano. Notemos también que fue durante la oración que
hacía este hombre, justo y que honraba a Dios (v. 22) cuando
fue iluminado por el Espíritu Santo para que llamara a Pedro a fin de
que le hablara de parte de Dios. No podemos dejar de notar también que
en la decisión del apóstol, de aceptar a ese hombre como discípulo
de Cristo en la Iglesia naciente, estuvo también asistido por el
Espíritu Santo.
Esta decisión del apóstol Pedro fue de gran trascendencia
para la misión de la Iglesia, toda vez que, hasta entonces, el
evangelio sólo se predicaba a los judíos. No se planteaba, para
nada, la tarea de anunciar el evangelio fuera del pueblo judío. Más
aún los apóstoles estaban convencidos de que no debían contaminarse
con los paganos, según la típica actitud judía ante los demás pueblos
—recordemos cómo era criticado Jesús por juntarse con pecadores y extranjeros—.
Así que veamos, hermanos, cómo san Pedro, dócil al Espíritu Santo,
tuvo que modificar sus actitudes y reticencias ante los no judíos para
aceptar a Cornelio y después para explicar y hacer ver a los demás
hermanos que ése era el proyecto de Dios (11,4-18).
Lo que se dice en el capítulo 10 de los Hechos es que Dios
suprimía todas las barreras existentes en las relaciones sociales entre
judíos y no judíos: Verdaderamente ahora comprendo que Dios no
hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y
obra rectamente sea de la nación que sea dice el apóstol para ponerse
a anunciar el mensaje de salvación a Cornelio y su familia dispuesta
a escuchar todo lo que el Señor le había encargado (v.33).
A partir de entonces, mis hermanos, quedó bien claro que la
salvación es para todos. Lo cual significa que el Espíritu Santo
es libre de suscitar, incluso en los no creyentes, y sin ser ellos
plenamente conscientes, actitudes auténticamente evangélicas.
Pero ésta no fue una verdad aceptada por todos, pues san Pablo tuvo
que sufrir persecuciones, de parte de los mismos cristianos por ser
fiel a este mandato divino expresado después explícitamente por Cristo
en los evangelios (cf. Mt 28,18-19 y paralelos).
Hace cuarenta años, queridos hermanos, que la Iglesia Católica trajo
a la memoria y la práctica, una vez más, la cuestión de la libertad
religiosa con todo lo que ésta implica. En el concilio Vaticano
Segundo quedó bien enunciado el derecho que todo ser humano tiene a
seguir la voz de la propia conciencia. Dios no hace acepción de personas,
como lo hemos escuchado hoy, lo que quiere decir, en términos de la
tradición cristiana y expresado muy claramente por san Pablo, que Dios
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de
la verdad 1Tm 2,4). Sólo Él sabe sus caminos o formas para hacer
que esta vocación universal sea realidad para todos, en la libertad.
Esto debe movernos, mis queridos hermanos, a respetar no
sólo a los que creen en Cristo de diferentes maneras o simplemente
en el Dios único, sino también nos incita a respetar y ver
con simpatía a quienes tienen otra concepción de la divinidad o
no la tienen pero viven valores apreciados por la humanidad.
También estas consideraciones sobre la Palabra de Dios nos
invitan a anunciar, sin ninguna reticencia y con libertad el mensaje
de salvación a todo hombre o mujer de una manera pacífica y amable,
especialmente con la propia vida. Ya pasaron —quiera Dios que para siempre—
los tiempos de las cruzadas o de la cristiandad masiva y uniforme. La
Iglesia católica, a partir del último concilio, nos alentó
a un diálogo permanente con todos los hombres, cualquiera que sea su
mentalidad, cultura o ideología.
Esta actitud evangélica, que hoy se nos recuerda, que nunca
ha dejado de estar presente en la Iglesia a lo largo de sus veinte siglos
—pero a la cual hoy somos más sensibles, junto con toda la humanidad—,
esta actitud, sólo es posible, con toda su profundidad y autenticidad,
desde el amor. El que, según san Juan, nos pide el Señor para asegurar
nuestra permanencia en Él. No podemos decir que somos fieles a Cristo
y a sus enseñanzas si no somos capaces de amar con el mismo corazón
con que Él ama. Ámense como yo los he amado nos dice. Decíamos el
domingo pasado que sólo es posible amar a los demás, aceptándolos como
son, si hemos experimentado el amor de Dios y estamos dispuestos a amar
como Él ama.
Hermanos, en la asamblea eucarística de cada domingo, el
Padre nos congrega para mostrarnos el amor que nos tiene. Y como
el amor, según enseña santo Tomás de Aquino, es de por sí efusivo, es
decir, tiende naturalmente a extenderse, hace que la celebración sea
por excelencia el lugar de donde se vive el amor a todos. Al salir
de la misa dominical vamos con deseo renovado y cada vez más firme de
construir una sociedad donde las diferentes formas de relación se finquen
en el amor fraterno. Si creyéramos en la eficacia de la Eucaristía
y en la fuerza de su Palabra acogida en la humildad y la gratitud, seríamos
capaces de destruir fronteras que dividen y lastiman la dignidad humana.
¿Es muy difícil amar? Tenemos que responder que sí, pero porque intentamos amar
al margen del amor de Dios. Con Cristo todo es posible. Atrevámonos
a amar como Él nos ama.
Que nuestra Niña y Señora de Guadalupe, nos asista con su intercesión
y con su ejemplo en esta experiencia del amor en la que ella es maestra.
Amén.