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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del Sábado Santo.

Sábado 15 de abril de 2006.

Mis amados hermanos y hermanas, ¡Qué noche tan dichosa! en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino, ¡Qué noche tan dichosa! sólo ella conoció el momento en que Cristo resucito del abismo.

Esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, esta noche santa mis hermanos devuelve la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los soberbios, orgullosos y poderosos.

Hoy en esta noche de Pascua queremos convertirnos en unas personas resucitadas es decir: alegres y confiadas, llenas de perdón, dispensionadas, en paz, porque Jesús resucitado nos llena de una esperanza sin límites.

Hoy nos ha dicho el Pregón Pascual debemos expresar nuestra fe, no nos reprimamos, qué pena que nos reprimamos, esta noche, creer en Jesús es lo mejor que nos ha pasado en la vida.   

Cristo resucitado da consistencia a nuestra bondad, a nuestro amor, a nuestra alegría, seguro que hay bastantes o muchas cosas que nos han pasado en la  vida, cosas que son muy buenas de las que estamos contentos, orgullosos, agradecidos. ¡Maravilloso! ¡Fantástico! Podríamos hacer rápidamente una lista de cada uno de nosotros ¿no es verdad?  Pues esas cosas vistas y valoradas desde la fe de esta noche pascual todavía toman más solidez, más validez, más luz y más fuerza en nuestra vida.

Podemos decir que Jesús avala la bondad y el amor de nuestra vida, por eso como personas cristianas no es nada extraño decir que lo mejor que nos ha pasado en la vida es creer en Jesús, es seguir a Jesús, es ser discípulo de Jesús, Señor y Cristo sabemos que la fe no ahoga, ni hace competencia con ninguna de las cosas que más amamos, sino todo lo contrario, aún fortalece más en nosotros su valoración.

También nos han pasado seguramente situaciones difíciles: problemas, hemos vivido la perdida de ciertas ilusiones, la perdida de ciertas esperanzas, el peso de las limitaciones y ciertas injusticias; hemos vivido tal vez el silencio de Dios, la duda de la fe, tentaciones de renunciar a todo, dimitir de todo, seguramente hemos vivido sufrimientos físicos, psicológicos, la muerte de personas amadas, el dolor y la angustia, la tristeza y el miedo, también en estos momentos creer en Jesús, Señor y Cristo es lo mejor que nos ha pasado en la vida, Él y su Pascua nos acompañan siempre.

Amados hermanos y hermanas, pongamos cara de Pascua, demos testimonio de nuestra fe, no debemos esconder nuestra fe en Jesús, debemos ser consecuentes y dejar ver que la fe pone luz y confianza en nuestras vidas.

Como aquellas mujeres del Evangelio que acabamos de escuchar, que muy temprano el primer día de la semana, al salir el Sol fueron al sepulcro y vieron que la piedra estaba corrida, entraron al sepulcro y vieron un joven vestido de blanco y se asustaron, pero el joven les dice: no se asusten, ¿buscan a Jesús el nazareno, el crucificado?, no está aquí ha resucitado y les envía a dar la noticia a Pedro y a los otros discípulos y van corriendo a dar la noticia.

Amados hermanos, debemos poner cara de Pascua, sin vergüenza, sin complejos, con sencillez, discreción y buen humor, pero con la esperanza de que otras personas encuentren luz y fe en nuestra manera de vivir y convivir, como discípulos del Resucitado.

Actualicemos vitalmente, mis hermanos, en está bendita noche las promesas de nuestro bautismo. Hemos leído en la carta de San Pablo a los Romanos, que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros encontremos una vida nueva. Vamos ha renovar a continuación las promesas del bautismo.

Desde los humildes y precarios orígenes de la humanidad, que nos describe la ciencia moderna en toda su evolución, en el corazón humano hay un deseo de infinito.  Pero, hay una realidad limitada que no satisface ese deseo.  Falsas respuestas, caminos cerrados, hace que se desencadene la violencia, la pasión de poseer, la pasión de dominar, la pasión de gozar y a la vez la desesperación y el desengaño, cuando no acabamos de encontrar satisfacción y las cosas no nos llenan.

Mis amados hermanos y hermanas, Jesús resucitado nos enseña con su vida y con su muerte, que nuestros deseos los debemos orientar hacia una actitud de escucha y de recibir de Dios, la respuesta que puede satisfacer totalmente nuestro deseo de infinito.

Cristo resucitado es el representante de esa humanidad insaciable, que es llevada a la perfección, que es llevada a la gloria. El bautismo es esa comunicación, es esa inmersión.

Los que por el bautismo nos  incorporados a Cristo, fuimos incorporamos a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros encontremos una vida nueva.

Así Dios mismo, nos enseña en la vida pasión, muerte y Resurrección de Jesús a experimentar los seres y las cosas, los objetos de nuestros deseos con serenidad y lucidez, con gozo y simplicidad, con pureza y desprendimiento de todo egoísmo posesivo, con entrega generosa.

Amados hermanos, que noche tan dichosa en la que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino. Cristo resucitado ilumina nuestro camino y el de toda la humanidad.

¡Aleluya!, ¡Aleluya!, ¡Felices Pascuas de 
Resurrección a todos, mis hermanos!
 
 
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