Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la
Santísima Trinidad.
Domingo 11 de junio de 2006
"EL DIOS DEL CERCA Y DEL JUNTO"
Hermanos,
bendigamos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque nos ha mostrado
su amor y su ternura al revelamos y asociamos a su misterio.
Queridos hermanos, lo que nos distingue a los verdaderos cristianos
frente a cualquier otra religión es nuestra fe en un solo Dios cuyo
misterio se ha revelado como Uno solo en tres Personas distintas.
Quien no crea esto, mis hermanos, nos es auténtico cristiano aunque
se diga o se defina como tal.
Pero lo verdaderamente importante a considerar hoy -y mejor,
a contemplar- no es la afirmación dogmática, como la experiencia
que hemos tenido al terminar el recorrido por la historia de salvación
que iniciamos en la Navidad y culminó con la fiesta de Pentecostés.
Podríamos comparar esta festividad de la Santísima Trinidad como una
visión panorámica y como punto de llegada de los diferentes
cuadros del Misterio de Dios que se nos han dado para contemplar y adorar,
pero sobre todo, que se nos ha propuesto para dar sentido a la vida.
Estamos acostumbrados, mis queridos hermanos, a ver el misterio
fundamentalmente de dos maneras: una, como una cuestión o planteamiento
intelectual que podemos abordar con la razón y la inteligencia;
o, por el contrario, como algo que está fuera del alcance de nuestra
inteligencia y que, por lo tanto, debemos aceptar porque la Biblia
Y la Iglesia nos lo piden.
Pero ninguna de estas formas es la adecuada ya que sirven
principalmente más para alejamos que para dejar que el Dios con nosotros,
efectivamente esté cerca, es decir incida, como necesitamos, en nuestras
vidas. Me parece, queridos hermanos, que tenemos en uno de los saludos
litúrgicos, una expresión de este misterio que nos podría ayudar
a profundizar en su sentido para provecho nuestro. Pues lo importante
es que descubramos cada vez más cómo está involucrada nuestra vida en
el misterio de Dios.
Efectivamente ese saludo litúrgico dice: La gracia de nuestro
Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos ustedes. Este saludo, hermanó s, hecho en el nombre
de nuestro Dios, Uno y Trino, invita, recuerda y hace real nuestra experiencia
cristiana de Dios. De un Dios que ha estado, está y estará siempre
al lado nuestro por su favor (gracia) constante y fiel; por el amor
misericordioso con que nos trata y porque nos mantiene felizmente unidos
a Él.
La plenitud de nuestra fe la tenemos en la revelación que Jesucristo
nos hizo no sólo con sus enseñanzas sino con todo lo que hizo, desde
su encarnación hasta su muerte y resurrección.. pero también con su
persona misma como Hombre-Dios. Es el Dios-con-nosotros.
Y todavía más, queridos hermanos. Lo que el Señor Jesús
nos reveló vino a confirmar lo que el pueblo de la Antigua Alianza
vivió, esperó y anunció por medio de sus profetas y sus sabios inspirados
por el Dios de Israel. De manera que es totalmente cierto que Jesús
vino como enviado de su Padre a manifestarnos, no sólo con palabras,
sino ante todo con su vida, el misterio de Dios y de su relación
íntima y misericordiosa con la humanidad. Para ello Jesús echó mano
de 10 que el pueblo de Israel creía y esperaba, pero 10 llevó a su plenitud.
Esto lo podemos comprobar y contemplar en las lecturas por
medio de las cuales Dios nos alimenta este domingo con su Palabra. Así,
en la primera lectura escuchamos cómo el autor del Deuteronomio
hace ver a los judíos, y a nosotros, que somos afortunados de conocer
a Dios por la maravillosa iniciativa que Él tuvo de dársenos a conocer
por medio de su obra en medio de nosotros y no de una manera conceptual
y abstracta, sino por medio de acciones históricas al alcance de la
experiencia inmediata de los sentidos. Lo mismo pasó con Jesús cuando
pasó por nuestra historia.
El Dios que se nos revela en la sagrada Escritura, mis hermanos,
es Alguien que se hace ver, sentir y oír por medio de signos que
Él soberanamente elige. Pero el creyente en la medida en que acepta
en la fe Y en la gratitud esos signos y señales, va sumergiéndose
cada vez más en el misterio de manera que va más allá de los signos
externos, descubriendo cada vez más que nunca llega a poseer un conocimiento
total de Dios. Así, tenemos, por ejemplo, en el libro del Éxodo,
que se hace presente por medio de una zarza, hace sentir su presencia
poderosa en el viento, en la columna de fuego, en la brisa, en la
nube... en fin, en un sinnúmero de recursos que no le faltan.
El conocimiento de nuestro Dios no es resultado de elucubraciones
metafísicas, sino es ante todo de una experiencia vivida en la fe
y en el amor. Y esto no se agota. No nos debe extrañar que a medida
que nos adentramos en su misterio nos vamos enterando que sabemos poco
de Él y eso nos lleva al deseo de saber más.
Por eso, no nos extraña que haya querido darse a conocer
como Padre, como Hijo, como Hermano... Dios es Salvador, es Señor,
es Amigo... Y todo lo que digamos de Él apenas nos acerca a su realidad
divina y misteriosa. A Dios no lo podemos encasillaren una fórmula
o una definición. Dios es inabarcable, si lo fuera ¡dejaría de ser Dios!
Pero, no obstante, Dios es relación, es dinamismo y vida, porque Dios
es Amor.
Lo mejor que nos ha sucedido, queridos hermanos, es saber que
somos hijos de Dios, como nos lo advierte san Pablo. Y lo
somos porque nos ha dado su Espíritu, es decir su propia vida, la
que nos hace semejantes a Él. En esto consiste la identidad de nuestro
Dios: que sale de sí mismo para asociamos a su misterio. Además
nos dio a su Hijo, para que fuera nuestro hermano y mismo tiempo nuestro
Dios y Señor.
De manera, mis hermanos, que nuestro Dios no es de ninguna
manera ajeno y lejano de nosotros. No es nuestro rival. Todo lo
contrario: es Dios-para-nosotros, Dios-con-nosotros: Jesucristo y un
Dios-en-nosotros: Espíritu Santo. ¿Aún así, podremos decir que a
Dios no le interesamos?
Que Nuestra Niña Santa María de Guadalupe, que hizo posible
con su fe y su obediencia que Dios se hiciera uno de nosotros, nos
acompañe en esta experiencia de fe. Amén.