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HOMILÍA PRONUNCIADA POR MONS. DIEGO MONROY PONCE,
VICARIO GENERAL Y EPISCOPAL DE GUADALUPE, RECTOR DEL SANTUARIO,
EN LAS SOLEMNES VÍSPERAS EN HONOR DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE,
EN EL 475 ANIVERSARIO DE SUS APARICIONES EN EL TEPEYAC

NUESTRO ENAMORAMIENTO CON SANTA MARÍA DE GUADALUPE

11 de diciembre de 2006.
17:00 hrs. Vísperas Solemnes

Hermanos y hermanas, América está de fiesta y lo más maravilloso es que esta nace precisamente en el corazón mismo de México, en este cerro del Tepeyac, en este hermoso Santuario repleto de fieles, donde hace 475 años, la Dulce Señora del Cielo, santa María de Guadalupe, se hiciera ver entre flores y oír entre cantos a nuestro amado indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin y le revelara cual era su voluntad.

Hoy, el palpitante latir de los corazones de los miles y miles de peregrinos de México y América que visitan este sagrado templo, donde veneramos la Sagrada Imagen Original de santa María de Guadalupe, quieren ser el pulso unísono que por los caminos de México y de America, cruzando mares, cielos, valles y montañas lleven a todos los hombres que están en uno en esta tierra la razón de nuestra alegría y con ella el mensaje de encuentro y reconciliación que nuestra Muchachita Guadalupe, nuestra Dulce Señora y Madrecita nos ha traído.

Este maravilloso diálogo de amor que iniciara aquella fría mañana de invierno de 1531, tiene como lo podemos atestiguar a 475 años de distancia, una repercusión que rebasa no sólo los límites impuestos por las coordenadas geográficas, sino también en aquellos donde lo político, social,  cultural y religioso esta impregnado por el mensaje inculturador que Dios emprendiera con nosotros a través de la maternal presencia de santa María de Guadalupe.

Cuenta la más autorizada tradición, el Nican Mopohua, atribuido a la pluma del culto nahuatlato Antonio Valeriano que  María Santísima encargó al hoy san Juan Diego Cuauhtlatoatzin gestionará ante el Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, la construcción de un templo. El Obispo puso reparos, pero finalmente acepto por haber recibido unas flores, comprobado la curación instantánea de un moribundo y contemplado la imagen de María inexplicablemente estampada en la ruda y rala  Tilma de Juan Diego, convirtiéndose desde entonces en el más noble acontecimiento de nuestra naciente patria mestiza. Fueron para el humilde mensajero Juan Diego cuatro días de angustia y sobresalto, mismos que superó con admirable tenacidad, desconcertado por la necia incredulidad de los hombres, pero confortado a la vez por la palabra blanda y cortés de su Niña. Y aunque fueron muchas sus idas y venidas, antesalas y rechazos su empeño por servir a la voluntad de la Señora del Cielo nunca decreció. Supo salir de las pruebas y dificultades con el único propósito de no fallarle a la tierna Madrecita hasta llevar a feliz término el éxito de su encomienda.
Nuestro enamoramiento con santa María de Guadalupe se realizó a través de un retrato y de unas flores, como cuando los jóvenes se enamoran. Así nos conquistó con unas flores de invierno y con un retrato que ningún artista humano pintó. A orillas del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del indiecito Juan Diego, como refiere la tradición, pinceles que no eran de este mundo, dejaron pintada una imagen dulcísima, que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente ha respetado. (Pío XII)
Este significativo acontecimiento, patrimonio de la Iglesia de México, particularmente de esta Ciudad - Arquidiócesis, nos facilitó en este Año Jubilar, no sólo reconocernos depositarios de este maravilloso portento, cosa que nos queda muy clara y además que nos distingue: pues no ha hecho cosa semejante con ninguna otra nación, sino que también puso delante de sí la delicada tarea de seguirlo conociendo, profundizándolo y sobre todo la enorme responsabilidad de compartirlo al mundo como posible solución a problemas humanamente sin respuesta. No olvidemos que Ella logró reconciliar a través de su venerable aliento el antagonismo al que se enfrentaron nuestros padres indios y españoles en el dramático choque de su encuentro. Desde entonces, su maternal protección, auxilio y defensa no ha dejado de socorrer ninguna necesidad de cuantos la hemos invocado. Nadie que recurra a Ella quedara sin respuesta, pues vino para ser nuestro remedio, curar nuestras diferentes penas, miserias y dolores. Vino a comunicarnos su aliento, el aliento del mismo Espíritu que la fecundó.

Los festejos jubilares nacidos en el corazón de esta Arquidiócesis Primada, aunque encuentran su cúlmen en este día, deberán proyectar en nosotros, la continuidad de nuestras acciones pastorales y replantearnos las inmensas posibilidades que tiene el Acontecimiento Guadalupano como fenómeno de integración y reconciliación, no exclusivamente para México sino también para todo el mundo, olvidando nuestros antagonismos y esforzándonos en nuestra unidad. Si nos reconocemos como hermanos y miembros de una misma familia universal, entonces nuestros conflictos y problemas encontraran una mejor solución, pues nosotros los mexicanos y los españoles somos la prueba viva y permanente de que el imposible humano se hizo posible en Santa María de Guadalupe: reconciliadora de nuestros orígenes.

Al invocar a santa María de Guadalupe como Madre de América pongamos bajo su protección el destino de este Continente nuevo bastión de la cristiandad, rico por su fecunda historia de fe. Desde este Continente de la esperanza debemos impulsar una nueva evangelización que responda con valentía, vigoroso y permanente empeño a los desafíos del mundo actual.

Este proceso de recristianización deberá estar animado e inspirado, sí en el impulso de nuestros pastores y de todos los demás agentes de la pastoral, pero sobre todo apoyados en el método que utilizó santa María de Guadalupe al evangelizar estas tierras, teniendo muy presente la cultura, inculturando profundamente el Evangelio. Así como Ella asumió el misterio de la Encarnación de su Hijo, modelo de toda inculturación, para salvar al hombre respetando su cultura. María de Guadalupe, no es un hecho del pasado pues sigue presente en el caminar de esta Iglesia continental. Casi cinco siglos de historia son testigos de la presencia maternal y solícita de esta Señora del Cielo: sin Ella América estaría incompleta. Además sus palabras y sus gestos siguen vivos en el corazón de nuestros pueblos.
 
 
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