Hermanos
y hermanas, Bendito y alabado sea nuestro buen Padre Dios,
pues en su incalculable amor nos ha predestinado a la salvación.
Con particular benevolencia y predilección nos ha amado, al enviarnos
a la Madre de su Hijo como portadora de la alegre y buena noticia
de Jesucristo, Señor y Redentor nuestro.
América
y las Filipinas están de fiesta y lo más maravilloso es
que esta nace precisamente en el corazón mismo de México,
en este cerro del Tepeyac, en este hermoso Santuario
repleto de fieles, donde hace 475 años, la Dulce Señora del Cielo,
santa María de Guadalupe, se hiciera ver entre flores y oír entre
cantos al indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin
y le revelara cual era su voluntad.
Hoy,
el palpitante latir de los corazones de los miles y miles de peregrinos
de México, América y Filipinas que visitan este
sagrado templo, donde veneramos la Sagrada Imagen Original
de santa María de Guadalupe, quieren ser el pulso
unísono que por los caminos de México y de America, cruzando
mares, cielos, valles y montañas lleven a todos los hombres
que están en uno en esta tierra y de las más variadas estirpes
de hombres la razón de nuestra alegría y con ella el mensaje
de encuentro y reconciliación que nuestra Muchachita Guadalupe,
nuestra Madrecita nos ha traído.
Este
maravilloso diálogo de amor que iniciara aquella fría mañana de
invierno de 1531, tiene como lo podemos atestiguar a 475 años
de distancia, una repercusión que rebasa no sólo los límites impuestos
por las coordenadas geográficas, sino también en aquellos donde
lo político, social, cultural y religioso está impregnado por
el mensaje inculturador que Dios emprendiera con nosotros a través
de la maternal presencia de santa María de Guadalupe.
Dios
en su inefable y entrañable misericordia nos bendijo con
la presencia de la Madre del Hijo de Dios; del único y
verdadero Dios, por quien tenemos acceso a la vida eterna. María,
como portadora de su Hijo y su mensaje, es desde entonces, lo
mejor que nos ha sucedido en nuestra historia. María,
como obra perfecta de Dios entre todas las criaturas, es obra
de la gracia de Dios. Es poesía de Dios. Poesía
es creación. Por eso nuestra Niña y Dulce Señora, es poesía; porque
es obra divina, es resultado del amor de Dios. Y
la poseía, mis hermanos, se expresa en palabras o en obras de
arte; en signos bellos y nobles. Así, podemos considerar con toda
propiedad que nuestra Madre es la obra de arte perfecta
que Dios, a la manera de un artista, ha plasmado no sólo
en el ayate de nuestro hermano san Juan Diego, sino sobre todo
en el corazón de México, en el de la Iglesia
toda, así como en el de cada uno de sus hijos.
A Dios no le ha faltado creatividad ¡Él es Dios!
Y el que desde el principio la anunció de muchas maneras por medio
de las Sagradas Escrituras quiso también que acompañara el nacimiento
de estas tierras para llamarlas a la salvación en Cristo.
Cuenta
la más autorizada tradición, el Nican Mopohua, atribuido
a la pluma de Antonio Valeriano que María Santísima encargó
al hoy san Juan Diego Cuauhtlatoatzin gestionará ante
el Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, la
construcción de un templo. El Obispo puso reparos, pero finalmente
acepto por haber recibido unas flores, comprobado
la curación instantánea de un moribundo y contemplado
la imagen de María nuestra Muchachita la Virgen inexplicablemente
estampada en la burda y rala Tilma de Juan Diego, convirtiéndose
desde entonces en el más noble acontecimiento de nuestra
naciente patria mestiza.
Fueron
para Juan Diego cuatro días de angustia y sobresalto,
mismos que superó con admirable tenacidad, desconcertado
por la necia incredulidad de los hombres, pero confortado
a la vez por la palabra blanda y cortes de su Niña. Y
aunque fueron muchas sus idas y venidas, antesalas y rechazos
su empeño por servir a la voluntad de la Señora del Cielo nunca
decreció. Supo salir de las pruebas y dificultades
con el único propósito de no fallarle a la Señora del Cielo hasta
llevar a feliz término el éxito de su encomienda.
Nuestro
enamoramiento con santa María de Guadalupe se realizó a través
de un retrato y de unas flores, como cuando los jóvenes
se enamoran. Así nos conquistó con unas flores de invierno
y con un retrato que ningún artista humano pintó. A orillas
del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del indiecito
Juan Diego, como refiere la tradición, pinceles que no eran de
este mundo, dejaron pintada una imagen dulcísima, que la labor
corrosiva de los siglos maravillosamente ha respetado.
(Pío XII)
Porque
Dios, que había determinado, desde
la eternidad y movido sólo por el amor, enviarnos a su Hijo
Santísimo en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre,
‘no despreció el seno’ de una mujer (Te Deum) para conseguirlo.
Y por eso esta ‘bendita mujer’ (Lc 1,42) estaba no sólo prevista
en la mente divina, sino también, como su Hijo, y junto con él,
en la Sagrada Escritura: desde el Génesis
(Gn 3,15) hasta el Apocalipsis (Ap 12), según lo
enseña la Tradición de Iglesia desde muy temprano.
El
texto del profeta Isaías es testigo de esto que estamos diciendo,
hermanos.
Igualmente
en el libro del Eclesiástico, una obra que nos habla
de la sabiduría divina, especialmente el capítulo
24 del que se suele tomar la primera lectura de esta solemnidad
de María de Guadalupe. Pero a ella alude también san Pablo
en la segunda lectura tomada de su carta a los Gálatas:
Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de una mujer, nacido bajo la ley…
Estas
palabras, mis queridos hermanos, son la expresión más clara del
camino que el Padre Dios, en un gesto inefable de su amor por
nosotros, quiso usar a favor nuestro para hacer que la historia
humana fuera el lugar desde el cual se realiza la salvación. Con
la Encarnación Dios, el eterno, se hizo historia
asumiendo todo lo que en ella acontece como lugar, ocasión
y causa de salvación. Desde entonces, mis hermanos, la historia
de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros, han quedado
vinculadas al plan de Dios trazado desde antiguo para nuestra
salvación. Pero el Hijo de Dios irrumpió en la historia
human por medio de una mujer que, según los evangelios,
se llamaba María. Por tanto también desde entonces, Nuestra Señora,
y por voluntad divina, la Madre del Dios, por quien se vive, está
íntima y misteriosamente unida a la aventura de todo creyente.
Para
fortuna nuestra, como continente, nación y ciudad, Nuestra
Señora de Guadalupe, desde hace 475 años que hoy se cumplen,
como estuvo en la aurora de la Nueva Alianza, ha estado
también con nosotros presidiendo el nacimiento a la fe de estos
pueblos de América a partir de la evangelización, alentando
a la Iglesia que peregrina hacia el Padre, fortaleciéndola
y consolidándola en su fidelidad al Evangelio que
es Jesucristo mismo. |
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