PEDRO Y JUAN FRENTE AL RESUCITADO
Queridos hermanos: caminamos en el tiempo glorioso de la
Pascua. Todavía
este domingo nos detenemos en la contemplación de los acontecimientos
mediante los cuales el Señor resucitado se hizo presente antes sus
apóstoles y discípulos. La experiencia de los días que siguieron
a aquel domingo, el primero de todos los domingos, se prolonga
hasta nuestros días, pues no salimos del asombro ante las maravillas
que hace el Señor por mostrarnos el amor que nos tiene. No podemos
dejar de reconocer este hecho grandioso que sustenta nuestra fe.
¡Aleluya!
Este tercer domingo, hermanos, la Escritura nos invita
a considerar las consecuencias de la repercusión que tuvo la resurrección
en la Iglesia con el misterio de la Eucaristía al centro de su ser.
Los invito a acercarnos a los textos centrando nuestra atención en
dos personajes que son tan significativos en el misterio de la Iglesia:
Pedro y Juan.
Como podemos darnos cuenta, hermanos, la primera lectura de
este tiempo pascual, la tomamos siempre del libro de los Hechos
de los Apóstoles. Sabemos que esta obra de Lucas tiene como finalidad
darnos noticia de “la difusión de la Palabra de Dios, que será
llevada, por los testigos del Resucitado, desde Jerusalén, el centro,
hasta los confines de la tierra” (François Bovon). Consecuentemente,
en la lectura de hoy hemos visto cómo los apóstoles, encabezados por
Pedro y movidos por el Espíritu, se lanzan llenos de un gran valor
a anunciar, con su testimonio, que Cristo, a quien los
judíos mataron colgándolo de la cruz, ha sido resucitado por
el poder de Dios y ha sido exaltado por Él como salvador y Señor.
En el libro del Apocalipsis, por su parte, nos muestra
san Juan, mismo autor del evangelio, a Jesús como el verdadero
cordero entronizado a quien adora todo el universo representado
en los ancianos y en los seres vivientes.
Pero es en su evangelio donde san Juan nos regala, este
domingo una vez más, en escenas muy vivas, la actividad de Jesús
resucitado entre sus apóstoles y sus discípulos. La mayoría de
los estudiosos del evangelio de san Juan están de acuerdo en que el
capítulo 21, que hoy hemos escuchado, fue añadido al texto primitivo,
y aunque no se ponen de acuerdo sobre la identidad del autor, sí
existe una gran probabilidad de que se trata de una adición muy cercana
a la redacción primitiva. Y al preguntarnos sobre la finalidad
de este añadido, y analizando el esquema del capítulo, podemos sospechar
que se hizo para dejar bien claro tres enseñanzas:
La primera es que, sin tener en cuenta a Cristo resucitado,
cualquier actuación de los discípulos resulta inútil y lo que único
que deja es cansancio y frustración. Así podemos entender, mis
hermanos, que ellos se afanen toda la noche en la pesca sin conseguir
nada, pues han estado sin Cristo. En el contexto de la Escritura
se puede entender el mar como símbolo de las fuerzas del mal
que se oponen radicalmente a Cristo y la noche como las tinieblas
que lo rechazan como luz del mundo. Cuando llega el día, es decir,
la luz, Jesús se hace presente y desde la orilla los llama
y les ordena que echen nuevamente las redes a la derecha. El
primero en reconocerlo, después de la pesca milagrosa, es Juan el
discípulo amado, como se identifica a sí mismo el autor. Pero es Pedro,
como compitiendo con Juan, el primero que se lanza al agua
para acudir a Él.
Recorriendo las escenas, hermanos, nos encontramos enseguida
ante una con una gran mensaje eucarístico en el que Jesús,
como siempre, como anfitrión, los invita a comer de lo que Él ha
preparado. No podemos evitar el reconocimiento de que en este
pasaje san Juan nos está enseñando que la presencia eucarística
de Jesús es muy importante en la Iglesia y es la culminación del reconocimiento
tácito de los discípulos que ni se atreven a preguntarle por su
identidad.
La segunda enseñanza del evangelio es que Jesús quiso,
por su soberana voluntad, encomendar a Pedro el cuidado pastoral
de sus ovejas y sus corderos, es decir de su familia, la Iglesia,
la comunidad naciente. Al que lo negó tres veces y lo quiso persuadir
en un momento muy crítico de que no asumiera su misión, que lo abandonó
en sus últimos momentos, es precisamente al que elige para la misión
más importante. Jesús no le hace a Pedro ningún reproche
por todo eso, y probablemente podría haberlo hecho por mucho más,
sino que sólo le pide que le declare su amor y su afecto. (el
texto utiliza los verbos agapáo = amar, y philéo = querer). Es decir
Jesús sólo le pide que le haga saber cuánto está Pedro lleno del
amor de Dios y del afecto humano que lo hagan capaz de sustentar
su fidelidad en el servicio que le encarga.
Parece, mis hermanos, que lo único que pide Jesús es fidelidad
a toda prueba para continuar su misión en la Iglesia.
Al responder Pedro con el
verbo ‘querer’ parecería que reconoce en la humildad no estar seguro
del verdadero amor. Ni siquiera responde con un ‘sí’ claro
y decidido sino apelando al conocimiento de Jesús: Señor, tu lo sabes
todo, tú bien sabes que te quiero. “Bajo el signo del amor a Jesús
es como se le confía a Pedro el encargo de velar por todo el rebaño”
(Léon-Dufour). En la Iglesia católica se afirma que esta designación
es la fundamentación de un servicio muy específico: el de “expresar
y sostener la cohesión de los creyentes” (L.-D.) y además se nos enseña
que es ese servicio se mantiene en la Iglesia en la persona del Papa.
La tercera enseñanza está relacionada con el apóstol Juan.
Me parece que el evangelista representa la Palabra con la que la
Iglesia ha de dar testimonio de lo que predica como lo señala insistentemente
el evangelista, especialmente en el versículo 24 que no aparece
en el texto que hemos escuchado: Éste es el discípulo que da testimonio
de estas cosas y que las ha puesto por escrito; y sabemos que su testimonio
es verdadero.
Este domingo, mis hermanos, es entonces, una muy oportuna ocasión
para reflexionar, por un lado, en la centralidad de la Eucaristía
en la vida de la Iglesia como elemento constitutivo de su ser,
pues es en ella donde encontramos a Jesús de una manera perfecta en
la comunión de amor con Dios y con los hermanos; y por otro lado,
apreciar y la valorar la función insustituible del Obispo de Roma
que, como pastor temporal y supremo de esta Iglesia, y con su amor
y su fidelidad al Señor y a sus hermanos, ejerce con alegría y confianza.
Oremos por el Papa Benedicto XVI para que Dios le conceda abundantemente
su Espíritu para servirle a Cristo en su pueblo, especialmente
con su palabra y su testimonio.
Que Nuestra Niña y Dulce Madre Santa María de Guadalupe…