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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo de Pascua.

22 de abril de 2007

PEDRO Y JUAN FRENTE AL RESUCITADO

Queridos hermanos: caminamos en el tiempo glorioso de la Pascua. Todavía este domingo nos detenemos en la contemplación de los acontecimientos mediante los cuales el Señor resucitado se hizo presente antes sus apóstoles y discípulos. La experiencia de los días que siguieron a aquel domingo, el primero de todos los domingos, se prolonga hasta nuestros días, pues no salimos del asombro ante las maravillas que hace el Señor por mostrarnos el amor que nos tiene. No podemos dejar de reconocer este hecho grandioso que sustenta nuestra fe. ¡Aleluya!

Este tercer domingo, hermanos, la Escritura nos invita a considerar las consecuencias de la repercusión que tuvo la resurrección en la Iglesia con el misterio de la Eucaristía al centro de su ser. Los invito a acercarnos a los textos centrando nuestra atención en dos personajes que son tan significativos en el misterio de la Iglesia: Pedro y Juan.

Como podemos darnos cuenta, hermanos, la primera lectura de este tiempo pascual, la tomamos siempre del libro de los Hechos de los Apóstoles. Sabemos que esta obra de Lucas tiene como finalidad darnos noticia de “la difusión de la Palabra de Dios, que será llevada, por los testigos del Resucitado, desde Jerusalén, el centro, hasta los confines de la tierra” (François Bovon). Consecuentemente, en la lectura de hoy hemos visto cómo los apóstoles, encabezados por Pedro y movidos por el Espíritu, se lanzan llenos de un gran valor a anunciar, con su testimonio, que Cristo, a quien los judíos mataron colgándolo de la cruz, ha sido resucitado  por el poder de Dios y ha sido exaltado por Él como salvador y Señor.

En el libro del Apocalipsis, por su parte, nos muestra san Juan, mismo autor del evangelio, a Jesús como el verdadero cordero entronizado a quien adora todo el universo representado en los ancianos y en los seres vivientes.

Pero es en su evangelio donde san Juan nos regala, este domingo una vez más, en escenas muy vivas, la actividad de Jesús resucitado entre sus apóstoles y sus discípulos. La mayoría de los estudiosos del evangelio de san Juan están de acuerdo en que el capítulo 21, que hoy hemos escuchado, fue añadido al texto primitivo, y aunque no se ponen de acuerdo sobre la identidad del autor, sí existe una gran probabilidad de que se trata de una adición muy cercana a la redacción primitiva. Y al preguntarnos sobre la finalidad de este añadido, y analizando el esquema del capítulo, podemos sospechar que se hizo para dejar bien claro tres enseñanzas:

La primera es que, sin tener en cuenta a Cristo resucitado, cualquier actuación de los discípulos resulta inútil y lo que único que deja es cansancio y frustración. Así podemos entender, mis hermanos, que ellos se afanen toda la noche en la pesca sin conseguir nada, pues han estado sin Cristo. En el contexto de la Escritura se puede entender el mar como símbolo de las fuerzas del mal que se oponen radicalmente a Cristo y la noche como las tinieblas que lo rechazan como luz del mundo. Cuando llega el día, es decir, la luz, Jesús se hace presente y desde la orilla los llama y les ordena que echen nuevamente las redes a la derecha. El primero en reconocerlo, después de la pesca milagrosa, es Juan el discípulo amado, como se identifica a sí mismo el autor. Pero es Pedro, como compitiendo con Juan, el primero que se lanza al agua para acudir a Él.

Recorriendo las escenas, hermanos, nos encontramos enseguida ante una con una gran mensaje eucarístico en el que Jesús, como siempre, como anfitrión, los invita a comer de lo que Él ha preparado. No podemos evitar el reconocimiento de que en este pasaje san Juan nos está enseñando que la presencia eucarística de Jesús es muy importante en la Iglesia y es la culminación del reconocimiento tácito de los discípulos que ni se atreven a preguntarle por su identidad.

La segunda enseñanza del evangelio es que Jesús quiso, por su soberana voluntad, encomendar a Pedro el cuidado pastoral de sus ovejas y sus corderos, es decir de su familia, la Iglesia, la comunidad naciente. Al que lo negó tres veces y lo quiso persuadir en un momento muy crítico de que no asumiera su misión, que lo abandonó en sus últimos momentos, es precisamente al que elige para la misión más importante. Jesús no le hace a Pedro ningún reproche por todo eso, y probablemente podría haberlo hecho por mucho más, sino que sólo le pide que le declare su amor y su afecto. (el texto utiliza los verbos agapáo = amar, y philéo = querer). Es decir Jesús sólo le pide que le haga saber cuánto está Pedro lleno del amor de Dios y del afecto humano que lo hagan capaz de sustentar su fidelidad en el servicio que le encarga.

Parece, mis hermanos, que lo único que pide Jesús es fidelidad a toda prueba para continuar su misión en la Iglesia. Al responder Pedro con el verbo ‘querer’ parecería que reconoce en la humildad no estar seguro del verdadero amor. Ni siquiera responde con un ‘sí’ claro y decidido sino apelando al conocimiento de Jesús: Señor, tu lo sabes todo, tú bien sabes que te quiero. “Bajo el signo del amor a Jesús es como se le confía a Pedro el encargo de velar por todo el rebaño” (Léon-Dufour). En la Iglesia católica se afirma que esta designación es la fundamentación de un servicio muy específico: el de “expresar y sostener la cohesión de los creyentes” (L.-D.) y además se nos enseña que es ese servicio se mantiene en la Iglesia en la persona del Papa.

La tercera enseñanza está relacionada con el apóstol Juan. Me parece que el evangelista representa la Palabra con la que la Iglesia ha de dar testimonio de lo que predica como lo señala insistentemente el evangelista, especialmente en el versículo 24 que no aparece en el texto que hemos escuchado: Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha puesto por escrito; y sabemos que su testimonio es verdadero.

Este domingo, mis hermanos, es entonces, una muy oportuna ocasión para reflexionar, por un lado, en la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia como elemento constitutivo de su ser, pues es en ella donde encontramos a Jesús de una manera perfecta en la comunión de amor con Dios y con los hermanos; y por otro lado, apreciar y la valorar la función insustituible del Obispo de Roma que, como pastor temporal y supremo de esta Iglesia, y con su amor y su fidelidad al Señor y a sus hermanos, ejerce con alegría y confianza. Oremos por el Papa Benedicto XVI para que Dios le conceda abundantemente su Espíritu para servirle a Cristo en su pueblo, especialmente con su palabra y su testimonio.

Que Nuestra Niña y Dulce Madre Santa María de Guadalupe…

 
 
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