ESCUCHAR Y SEGUIR AL ÚNICO PASTOR
Queridos hermanos, celebramos hoy la jornada mundial por
las vocaciones sacerdotales. Es cierto que no debemos olvidar
que todos los seres humanos estamos llamados, y esto nos lo recuerda
la primera lectura de hoy; pero este domingo nos centramos en los
llamados al servicio de la conducción dentro de la Iglesia: estamos
hablando, entonces, de las vocaciones sacerdotales, sin olvidar las
religiosas y las laicales.
Probablemente nos venga a la memoria la situación actual de
crisis que se vive hoy por hoy en la Iglesia, no sólo por la escasez
de vocaciones sacerdotales, sino especialmente –y tal vez sea
lo más grave, en todo caso– la crisis desatada por los excesivos
ataques contra la figura de los sacerdotes como pastores. Es un
hecho doloroso, mis hermanos que no podemos negar, causado por unos
cuantos eventos, pero que no tendrían que opacar la multitud de
testimonios dados por tantos sacerdotes que diariamente se empeñan
en cumplir con generosidad y verdadera caridad su servicio
a favor de tantos hermanos, especialmente los más necesitados.
Este domingo, que es el cuarto de Pascua, nos invita cada año
a reflexionar, a valorar y a agradecer la
figura del pastor a partir de la imagen de Dios y de su Hijo Jesucristo
como pastores. Ya los profetas nos presentan en el Antiguo Testamento
la imagen de Dios como Pastor de Israel; Ésta y la de Jesús,
el buen Pastor, son imágenes que constantemente tenemos sus servidores,
los que hemos sido ordenados como obispos, sacerdotes o diáconos.
Jesús, Pastor supremos y único de la Iglesia, es el modelo
perfecto al que jamás podremos igualar, pues nos supera, y con mucho,
porque también nosotros somos ovejas de su rebaño.
Una de las formas de ejercer esta función de pastor es precisamente
la de explicar al pueblo de Dios su Palabra, alimentado así
y conduciéndolo a las fuentes de aguas vivas a las que se refiere
el libro del Apocalipsis. Los invito mis hermanos, pues, a acercarnos
a esa fuente a la cual tenemos acceso mediante las Escrituras santas
en los textos de hoy.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles,
hemos escuchado cómo san Pablo y sus compañeros decidieron ya desde
el primer viaje misionero anunciar el evangelio no sólo a los judíos,
sino también a los paganos. De este modo es como san Lucas,
autor de este libro, nos da cuenta del cumplimiento del mandato
de Jesús el día de su Ascensión, de ser sus testigos hasta los extremos
de la tierra (Hech 1,8; Mt 28,19) mediante la predicación acompañada
de obras de poder, según estaba revisto por el profeta Isaías (49,6).
De esta manera, hermanos, es como el autor sagrado nos presenta la
universalidad de la salvación realizada en Cristo.
En la segunda lectura está también presente el tema de la
universalidad de la salvación en la multitud que nadie podía contar,
de hombres y de mujeres de toda raza, nación, pueblo y lengua (v.9).
Cristo, el Cordero, es el Señor de todos y todos obtienen la salvación
pasando por las pruebas de la tribulación que incluye toda clase
de persecuciones y situaciones dolorosas que los fieles deben afrontar.
Pero, como siempre, mis queridos hermanos, es el mismo Jesús
quien, en el evangelio, nos explica claramente dónde
tiene su origen la salvación, es decir, en la escucha y en
el seguimiento de Jesús. Detengámonos, hermanos, unos instantes
a dejar que el Espíritu de Dios nos enseñe el alcance de estas palabras:
escuchar y seguir.
Antes que nada, mis hermanos, los cristianos son creyentes
que han escuchado y continúan escuchando a Jesús. Los cristianos
conocemos la voz de Cristo y vamos aprendiendo cada vez más a distinguirla
de otras voces que hay en el mundo. No la confundimos con otras tantas.
Jesús, por su parte sabe bien quiénes somos sus ovejas
porque nos conoce, una por una, estableciendo con cada quien
una relación personal. Esto quiere decir que para Dios no somos
masa amorfa y que por lo mismo no nos perdemos, frente a Dios,
en el anonimato. Todos estamos llamados, pero puede suceder
que no todos queramos escuchar su voz, como sucedía con los
judíos con quienes Jesús sostiene este diálogo y le han pedido que
les diga claramente quién es Él.
De esta forma, digo en una relación personal, es imposible
que nos perdamos, pues en esa relación íntima y profunda con el
Pastor, Él nos comunica su misma vida. Por eso cuando escuchamos
su voz podemos seguirlo. Lo cual significa que podemos ser capaces
de dejar a un lado nuestras propias seguridades, abandonarnos a
sus proyectos y salir adelante en medio de tanta oposición que
podamos encontrar en el mundo. Porque vamos experimentando su cercanía
y su amistad en esta aventura de la vida, vamos aprendiendo que
Él no es ajeno ni indiferente a nuestra existencia.
Como decía, hermanos, si esto es cierto para todos los que
están abiertos a la verdad y al amor de Dios, lo es muy especialmente
para todos aquellos que busca el Señor y destina para el servicio
específico de la santificación y conducción de su pueblo. Dios
ha querido que hombres sacados de en medio de los hombres, sirvan
a sus hermanos, especialmente en la búsqueda de las ovejas perdidas,
precisamente a la manera de Cristo Buen Pastor que vino no a ser servido
sino a servir y a dar la vida por ellas.
Yo los invito, mis queridos hermanos a fijar nuestra
atención más en los pastores que viven según el modelo del único Pastor
de la Iglesia y de la humanidad. Les aseguro, y ustedes mismos
lo pueden comprobar, que son muchísimos más que los que escandalizan.
Por ellos demos gracias a Dios. Y a nuestra Niña y Muchachita
que nos mantenga siempre en su regazo de Madre. Y a los que fallamos,
mis hermanos, ayúdenos con su misericordia y su oración. No
dejen de pedir por que haya más jóvenes que, escuchando su
voz, quieran seguirlo en este servicio tan cercano al de Jesús
y, por eso tan necesario, porque es el mismo que Él ejerce ante
su Padre a favor de toda la humanidad.
Que María, la Dulce Señora del Cielo, Madre del buen Pastor,
acompañe con su intercesión maternal a todos los pastores que Dios
ha elegido y consagrado en este servicio. Amén.