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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo de Pascua.

29 de abril de 2007

ESCUCHAR Y SEGUIR AL ÚNICO PASTOR

Queridos hermanos, celebramos hoy la jornada mundial por las vocaciones  sacerdotales. Es cierto que no debemos olvidar que todos los seres humanos estamos llamados, y esto nos lo recuerda la primera lectura de hoy; pero este domingo nos centramos en los llamados al servicio de la conducción dentro de la Iglesia: estamos hablando, entonces, de las vocaciones sacerdotales, sin olvidar las religiosas y las laicales.

Probablemente nos venga a la memoria la situación actual de crisis que se vive hoy por hoy en la Iglesia, no sólo por la escasez de vocaciones sacerdotales, sino especialmente –y tal vez sea lo más grave, en todo caso– la crisis desatada por los excesivos ataques contra la figura de los sacerdotes como pastores. Es un hecho doloroso, mis hermanos que no podemos negar, causado por unos cuantos eventos, pero que no tendrían que opacar la multitud de testimonios dados por tantos sacerdotes que diariamente se empeñan en cumplir con generosidad y verdadera caridad su servicio a favor de tantos hermanos, especialmente los más necesitados.

Este domingo, que es el cuarto de Pascua, nos invita cada año a reflexionar, a valorar y a agradecer la figura del pastor a partir de la imagen de Dios y de su Hijo Jesucristo como pastores. Ya los profetas  nos presentan en el Antiguo Testamento la imagen de Dios como Pastor de Israel; Ésta y la de Jesús, el buen Pastor, son imágenes que constantemente tenemos sus servidores, los que hemos sido ordenados como obispos, sacerdotes o diáconos. Jesús, Pastor supremos y único de la Iglesia, es el modelo perfecto al que jamás podremos igualar, pues nos supera, y con mucho, porque también nosotros somos ovejas de su rebaño.

Una de las formas de ejercer esta función de pastor es precisamente la de explicar al pueblo de Dios su Palabra, alimentado así y conduciéndolo a las fuentes de aguas vivas a las que se refiere el libro del Apocalipsis. Los invito mis hermanos, pues, a acercarnos a esa fuente a la cual tenemos acceso mediante las Escrituras santas en los textos de hoy.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado cómo san Pablo y sus compañeros decidieron ya desde el primer viaje misionero anunciar el evangelio no sólo a los judíos, sino también a los paganos. De este modo es como san Lucas, autor de este libro, nos da cuenta del cumplimiento del mandato de Jesús el día de su Ascensión, de ser sus testigos hasta los extremos de la tierra (Hech 1,8; Mt 28,19) mediante la predicación acompañada de obras de poder, según estaba revisto por el profeta Isaías (49,6). De esta manera, hermanos, es como el autor sagrado nos presenta la universalidad de la salvación realizada en Cristo.

En la segunda lectura está también presente el tema de la universalidad de la salvación en la multitud que nadie podía contar, de hombres y de mujeres de toda raza, nación, pueblo y lengua (v.9). Cristo, el Cordero, es el Señor de todos y todos obtienen la salvación pasando por las pruebas de la tribulación que incluye toda clase de persecuciones y situaciones dolorosas que los fieles deben afrontar.

Pero, como siempre, mis queridos hermanos, es el mismo Jesús quien, en el evangelio, nos explica claramente dónde tiene su origen la salvación, es decir, en la escucha y en el seguimiento de Jesús. Detengámonos, hermanos, unos instantes a dejar que el Espíritu de Dios nos enseñe el alcance de estas palabras: escuchar y seguir.

Antes que nada, mis hermanos, los cristianos son creyentes que han escuchado y continúan escuchando a Jesús. Los cristianos conocemos la voz de Cristo y vamos aprendiendo cada vez más a distinguirla de otras voces que hay en el mundo. No la confundimos con otras tantas. Jesús, por su parte sabe bien quiénes somos sus ovejas porque nos conoce, una por una, estableciendo con cada quien una relación personal. Esto quiere decir que para Dios no somos masa amorfa y que por lo mismo no nos perdemos, frente a Dios, en el anonimato. Todos estamos llamados, pero puede suceder que no todos queramos escuchar su voz, como sucedía con los judíos con quienes Jesús sostiene este diálogo y le han pedido que les diga claramente quién es Él.

De esta forma, digo en una relación personal, es imposible que nos perdamos, pues en esa relación íntima y profunda con el Pastor, Él nos comunica su misma vida. Por eso cuando escuchamos su voz podemos seguirlo. Lo cual significa que podemos ser capaces de dejar a un lado nuestras propias seguridades, abandonarnos a sus proyectos y salir adelante en medio de tanta oposición que podamos encontrar en el mundo. Porque vamos experimentando su cercanía y su amistad en esta aventura de la vida, vamos aprendiendo que Él no es ajeno ni indiferente a nuestra existencia.

Como decía, hermanos, si esto es cierto para todos los que están abiertos a la verdad y al amor de Dios, lo es muy especialmente para todos aquellos que busca el Señor y destina para el servicio específico de la santificación y conducción de su pueblo. Dios ha querido que hombres sacados de en medio de los hombres, sirvan a sus hermanos, especialmente en la búsqueda de las ovejas perdidas, precisamente a la manera de Cristo Buen Pastor que vino no a ser servido sino a servir y a dar la vida por ellas.

Yo los invito, mis queridos hermanos a fijar nuestra atención más en los pastores que viven según el modelo del único Pastor de la Iglesia y de la humanidad. Les aseguro, y ustedes mismos lo pueden comprobar, que son muchísimos más que los que escandalizan. Por ellos demos gracias a Dios. Y a nuestra Niña y Muchachita que nos mantenga siempre en su regazo de Madre. Y a los que fallamos, mis hermanos, ayúdenos con su misericordia y su oración. No dejen de pedir por que haya más jóvenes que, escuchando su voz, quieran seguirlo en este servicio tan cercano al de Jesús y, por eso tan necesario, porque es el mismo que Él ejerce ante su Padre a favor de toda la humanidad.

Que María, la Dulce Señora del Cielo, Madre del buen Pastor, acompañe con su intercesión maternal a todos los pastores que Dios ha elegido y consagrado en este servicio. Amén.

 
 
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