Hermanos: demos gracias y alabemos a Dios, nuestro Padre,
rico en misericordia, porque con su perdón nos da la prueba
más grande de su amor por nosotros.
Este domingo nos regala Dios mediante su Palabra una gran alegría y consuelo,
a la vez que, como siempre, nos señala su voluntad para
que cumpliéndola le demos gloria y nosotros salgamos profundamente
beneficiados.
No podemos, queridos hermanos, decir que somos verdaderamente
cristianos si no somos imitadores auténticos de nuestro
Padre misericordioso. No se trata de un deseo pretencioso. Es
una orden, un mandato del Señor Jesús que tiene antecedentes
ya en el Antiguo Testamento. Exigencia, por lo demás,
tan alta, que resultaría imposible de llenar si quien nos
lo exige no nos asistiera con su poder y su gracia. Entendido
así, esto resulta ser, entonces, un doble don: ser imitadores del
Padre y recibir la fuerza de su gracia para alcanzar lo que nos pide.
Ya clamaba, por eso, san Agustín: “pídeme lo que
quieras, pero concédeme lo que me pides”.
Hay una invitación explicita del Señor Jesús a no quedarnos
con lo que suele ser ordinario y lógico como amar a los que nos aman y dar a los que también van a
dar. Jesús nos invita a ir más allá; por eso vuelve a insistir
“Ustedes, en cambio, amén a sus enemigos, hagan el bien y presten
sin esperar recompensa”.
Amar de esta manera, así como nos pide Jesús, sólo es posible
experimentando el amor gratuito de Dios que “es bueno hasta con
los malos y los ingratos. Es precisamente en este amor que se nos
da y que damos, donde el hombre puede alcanzar la meta de su
felicidad y reconocerse como verdadero hijo de Dios. En el
amor nunca se pierde. Entre más se da, más se recibe; entre más
nos damos más plenos y felices nos sentimos. Así lo dice Jesús: “Den
y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada
y rebosante en los pliegues de su túnica.
Como cada domingo, dejemos que la Escritura en los textos
de este día nos ilustre acerca de este don misterioso, expresión
de la ternura de Dios para con nosotros.
En la primera lectura que hemos escuchado del primer
libro de Samuel, tenemos una ilustración perfecta de
la enseñanza y del mandato que hoy nos da el Señor en el evangelio
de Lucas.
David, que había sido encarnizadamente perseguido por Saúl, tuvo la oportunidad de matar a
su acérrimo enemigo; sin embargo, oponiéndose terminantemente
a la propuesta de su compañero Abisay no lo hizo porque
reconoció en Saúl al representante de Dios, justamente como se
consideraba, en aquel entonces, al rey. Por eso no quiso correr
el riesgo de ser castigado por tal atentado. Me parece,
mis hermanos, que la conducta de David frente a Saúl y delante
de Dios, nos enseña que saber y poder perdonar implica una gran certeza
en la fe de que es Dios el único que sabe hacer justicia en su momento,
especialmente a favor de quien es fiel y justo.
Sin embargo, hermanos, mientras que a Saúl sólo le mueve
el respeto a Dios —lo cual ya es mucho— el salmo 102, que
acabamos de cantar nos da una razón para perdonar, quizá todavía
más completa: Dios ha perdonado todas nuestras culpas sólo
por su misericordia, pues no nos trata según nuestros pecados; ni
nos paga según nuestras culpas (vv 9-10). Entonces, saberse perdonado
y confiar auténticamente en la justicia divina son dos razones muy
profundas para no desear la venganza y saber perdonar.
En el evangelio nos transmite Jesús las enseñanzas más radicales
en esta línea en la que estamos meditando. Como en el sermón de la montaña del evangelista
Mateo, aunque con sus características propias, también en el
evangelio de san Lucas nos da Jesús un resumen de la moral cristiana.
Hermanos, no podemos negar que lo que nos pide el Señor está más allá de nuestras
fuerzas. Más aún, hemos de aceptar en la humildad que
lo que nos viene espontáneamente es el rechazo a tal exigencia.
Humanamente es algo excesivo. Por eso es preciso
que lo veamos, como ya decíamos, como un don. La moral
cristiana no consiste principalmente en un esfuerzo; no
es heroísmo; no es algo de lo cual exijamos recompensas o pagas.
No. La conducta cristiana se funda sobre todo en el amor. En
el amor recibido y prodigado. Es tener la experiencia de que
Dios nos ha amado primero al grado de perdonarnos todo. Es
esto lo único que nos hace capaces de perdonar
y hacer el bien incluyendo a los enemigos, a los que no nos
quieren, a los que nos persiguen.
Como decíamos el domingo pasado, si Jesús, el Señor nos
pide esto, es porque Él lo hizo primero. Tal vez por eso
su mandamiento es algo inédito; es nuevo (Jn 13,34; 15,12), pues no
había sido expresado, tal vez ni experimentado, por nadie antes de
Él. Pero en todo caso, la novedad está no sólo en el ejemplo que
Él nos da sino en la fuerza que nos da para actuar como Él.
Y esto es lo que celebramos en la Eucaristía cada domingo.
Es en ella donde encontramos la raíz del amor fraterno. Es
lo que se nos enseña y aprendemos a vivir en las asambleas eucarísticas.
Es lo más importante en la vida del cristiano y de la Iglesia
en su conjunto, como signo de salvación; porque el perdón es expresión
del amor total y perfecto. Es como el amor expresado en la cruz
de Cristo, centro de nuestra celebración eucarística, que se
proyecta en el mundo como un as de luz y de paz disipando las tinieblas
del odio y la venganza.
Que Nuestra Niña
y Dulce Señora; Santa María de Guadalupe, Madre del Amor, que nos une y nos reconcilia
con su Hijo Jesucristo y entre nosotros mismos; nos anime y nos aliente
en la construcción de una familia, un México y un Continente mejor.
Amén.