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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VI Domingo de Pascua.

13 de mayo de 2007

¿SON NECESARIOS LOS TEMPLOS?

Mis queridos hermanos: se acerca ya el final de la Pascua. Todavía nos quedan dos semanas en las que seguiremos escuchando la Palabra que nos congrega en torno a este misterio luminoso de la Pascua. Pidamos a nuestro Padre Dios que no nos permita pasar de largo por este tiempo de gracia. Y que, más bien  nos haga descubrir, a la luz de su Espíritu, la profundidad y la riqueza de este misterio de manera que lo pongamos por encima de cualquier otra cosa que, por importante y significativo que pueda ser no es central en la fe cristiana. Que sea su Espíritu quien nos ayude a diferenciar la profundidad de lo esencial de lo periférico o secundario.

El domingo pasado centrábamos la atención en el mandato de Jesús sobre el amor de unos con otros según la medida de su amor: “como yo los he amado”, decía Jesús. Sólo de esta manera, decíamos, podemos experimentar y expresar nuestra identidad de discípulos suyos.

Este domingo el tema continúa pero nos da nuevos elementos para vivir esa experiencia de amor de Dios entre nosotros y con Él. “Si alguno me ama se mantendrá fiel a mi palabra”, nos dice hoy. Continuando, entonces, con la enseñanza del domingo pasado, podemos entender que hoy Jesús nos dice que si observamos sus mandatos, especialmente su mandato, el primero de todos: el del amor, por encima de cualquier otra práctica religiosa, entonces nos haremos merecedores de que Él y su Padre hagan de nosotros, de cada uno, su morada, el lugar donde ellos habiten.

Ojalá, mis queridos hermanos, hoy esta reflexión nos ayude a crecer en la certeza de que vivir en el amor es la condición necesaria para ser verdaderos creyentes, verdaderos discípulos de Jesús y auténticos hijos de Dios. Para lograr eso Jesús nos promete el don de su Espíritu que hará que nosotros vayamos madurando en sus palabras y, al ir creciendo en su comprensión, nos recrearemos en ellas de tal manera que serán tan nuestras como suyas con lo cual estaremos con Él en íntima comunión de amor. Sus intereses serán los nuestros; amaremos como Él ama.

El punto de partida es creer en Jesús como nuestro salvador, adheridos vitalmente a Él, por el amor de Dios que nos ha revelado, en el mismo amor que nos manifestó al morir por nosotros. Según nos enseña san Juan, creer esto es fundamental para dar al Espíritu la oportunidad de iniciar y de mantener en nosotros un proceso de conocimiento creciente y cada vez más maduro del misterio de Dios y de nuestra relación con Él y con el mundo.

Pero hay en nuestra práctica religiosa de creyentes cristianos otras cosas que es conveniente entender no como válidas en sí mismas, cuanto necesarias en la medida de nuestras necesidades humanas y en cuanto se derivan y expresan puntualmente la fe en Jesús. Me refiero, queridos hermanos a gran cantidad de expresiones religiosas que, si no son entendidas en su justa dimensión de signos válidos, y hasta cierto punto, antropológicamente necesarios, pueden suplantar, y hasta con buena intención, la fe auténtica de la cual venimos hablando, con el consiguiente peligro de vivir incoherentemente la fe.

Es lo que la Iglesia primitiva, como nos relata la primera lectura en los Hechos de los Apóstoles, tuvo que resolver en una ambiente de comunión animada por la caridad, es decir, por el amor. Para los jefes de la Iglesia primitiva quedó fuera de discusión –y así lo enseñaron y decretaron– que la circuncisión no era importante para salvarse, sino únicamente la fe en Jesucristo y la absteención de ciertas prácticas que pudieran suscitar equívocos en la expresión de la fe.

En la práctica cristiana, es decir en la moral, existe el peligro de que ciertas conductas y prácticas pretendan ocupar el primer lugar en la vida en menoscabo de una fe madura y comprometida. Y lo peor es que en momentos sean hasta algunos pastores quienes, a lo mejor no entendido bien su papel, desorientan a los fieles recomendando y a veces hasta exigiendo o prohibiendo a los fieles prácticas que cada auténtico creyente maduro y responsable debe asumir en la fe.

Jesús nos ha dado su paz. Una paz que nos hace libres, alegres y capaces de asumir responsabilidades sin temores ni angustias: “No se turbe su corazón, ni tengan miedo” nos dice. Y san Juan en su primera carta nos enseña: “Podemos acercarnos a Él con confianza,… porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que  le agrada” (1Jn 3,21-22). En esto consiste la paz de Jesús: en una armonía que viene de la comunión y sintonía con Él. La paz de Jesús se deriva de la fe. De una fe que es abandono en su voluntad, es decir, es obediencia y amor. Esta paz que Él nos da no es ausencia de guerras y conflictos. No es el resultado de componendas políticas, ni de un esfuerzo por “llevar –como decimos coloquialmente– la fiesta en paz”.

Algunas autoridades en la Iglesia, que no han madurado, imponen cargas sobre las conciencias de los que, también inmaduros, esperan que les digan lo que tienen que hacer. Y según ellos, están en paz. Pero si la paz, en su dimensión bíblica –y teológica- más pura, es desarrollo y felicidad como el que experimenta un niño que se abandona a su padre que se alegra por su crecimiento integral, entonces podemos reconocer que la paz que Jesús nos da no nos dispensa del riesgo en medio de la fe y la esperanza.  No nos exime del compromiso de hacer de este mundo algo nuevo. La paz de Jesús no nos libera del sufrimiento, pero nos permite llevarlo con sentido y hasta con cierta alegría.

Su paz, hermanos, es experiencia de la presencia misericordiosa de Dios que se ocupa de nosotros para nuestro bien, no para vigilarnos y castigarnos, sino para cuidarnos con el amor que sólo Él nos tiene, de tal manera que si nuestra conciencia nos condena, Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas (1Jn 3,20). Por eso Jesús señala que la paz no convive con el temor, pues en el amor, no hay lugar para el temor (1Jn 4,18).

Preguntémonos: ¿Qué tanto irradiamos como Iglesia esta luz hacia el mundo? ¿Con qué actitudes somos testigos valientes de la paz transformando los ambiente injustos, de mentira y de odio en lugares de verdad, de entendimiento, de diálogo, de comprensión y de escucha?

Cada Eucaristía nos va enriqueciendo con la paz de Cristo con tal de que acojamos en la gratitud su Palabra y dejemos que el Espíritu nos enseñe y nos haga cada vez más maduros en la fe y en el amor. Que su Espíritu nos haga más valientes en el testimonio que el mundo está esperando de nosotros.

A nuestra Muchachita y tierna madre, pidámosle que interceda por el Papa Bendicto XVI que hoy inaugura la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe; y también por los obispos de este continente que se reunirán estas semanas en Brasil, para que el Señor les conceda su Espíritu y éstos sean dóciles a sus inspiraciones a favor de nuestra Iglesia, según la voluntad de Dios. Amén.

 
 
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