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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el V Domingo de Pascua.

6 de mayo de 2007

CONSTRUIR EN EL AMOR

Mis queridos hermanos: Dios nos ha manifestado en su Hijo amado, su amor misericordioso de Padre. No podemos negar, como creyentes, que lo que más bello y sublime que nos ha sucedido en nuestra vida es sabernos objetos de su amor. Sólo nos falta vivir en coherencia con este don suyo.

Pero domingo a domingo el Señor nos reúne para ayudarnos a alcanzar eso que nos falta para bien nuestro aquí en la tierra, para alcanzar la vida eterna y, desde luego, para gloria suya. “La gloria de Dios es el hombre viviendo en plenitud” diría san Ireneo.

Precisamente, hermanos, como lo vivió Jesús. En efecto, Él sólo vivió para dar gloria a su Padre con su vida; una vida entregada en el amor hasta su muerte en la cruz por amor a sus hermanos. Su muerte aceptada en el amor no fue otra cosa que expresión perfecta de su amor obediente a su Padre y de amor misericordioso y fraternal a la humanidad. Por eso dice Jesús, en el evangelio, cuando salió Judas de la cena para entregarlo: Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado, y también Dios ha sido glorificado en Él.

Jesús ve la cruz, a pesar de la angustia que le produce, como una liberación: como la victoria del bien sobre las fuerzas del mal. En esto consiste la gloria de Dios. Pero también implica la manifestación de la misericordia infinita de Dios que nos ha entregado a su Hijo. Tal parece, hermanos, que Jesús, después de urgir a Judas a decidirse a hacer lo que tenía que hacer, se siente ya alcanzando la meta para la cual se hizo uno de nosotros: realizar la salvación para el género humano. Jesús está feliz, en medio de la angustia y la tristeza, porque su Padre lo glorifica exaltándolo sobre toda la creación (Flp 2, 10-11).

En la última cena, después de la última lección a través del lavatorio de los pies, y del inicio del desenlace de su paso por este mundo, el Señor Jesús dejó el mandamiento nuevo del amor. Jesús nunca había enseñado algo que Él no practicara. Lo que enseñó estuvo siempre respaldado por su ejemplo. Y todavía faltaba darnos la prueba más grande con su sacrificio en la cruz, pero adelantó la lección, a manera de testamento y mandamiento. Es el llamado mandamiento nuevo que, efectivamente, lo es porque lo llevará a su perfección en la cruz, pues, como Él mismo dice un poco más adelante, nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn 15,13).

No se trata de amar, ni siquiera como nos amamos a nosotros mismos, pues eso ya estaba mandado en la Ley antigua (Lv 19,18); y además, dicho sea de paso, no se alcanza porque, muchas veces, ni siquiera sabemos amarnos a nosotros mismos. No. Jesús nos manda amar diciendo como yo los he amado. Es decir hasta dar la vida por los que amamos.

En el cumplimiento de este mandato de Jesús es como quiere que nos identifiquemos con Él. Esto quiere decir que es muy bueno conocer su doctrina y vivir religiosamente, pero lo que realmente nos debe distinguir de todos los demás seres humanos que buscan el bien y lo practican, es la capacidad de amar como Jesús. Es lo que nos hace verdaderos discípulos.

Si todos los que nos llamamos cristianos tenemos presente este precepto central de la fe, y lo cumplimos, podremos, junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, construir ya en la tierra una comunidad que tiene como modelo la ciudad santa de la Jerusalén celeste. La ciudad-esposa de la que nos habla el Apocalipsis. Esta ciudad nueva corresponde exactamente al mandamiento nuevo. Tenemos, entonces, mis hermanos, una ciudad con su ley.

La Iglesia, comunidad de mujeres y hombres nuevos, es la ciudad anunciada pero ya presente donde existe ya la posibilidad de vivir relaciones nuevas entre nosotros los miembros que la formamos y con el mundo, porque las relaciones con Dios han sido renovadas en Cristo.

Estamos en el mundo, mis queridos hermanos, construyendo la nueva civilización, la que se funda en el mandamiento del amor. Todavía no estamos en el cielo, pero caminamos seguros hacia él construyendo en el amor, un mundo mejor. Ésta es la prueba más excelente de que somos discípulos de Cristo: que seamos capaces de llegar a entendernos con todos a partir de un diálogo de respeto, que implica capacidad de escucha y de tolerancia. Y mejor, todavía: exige cumplir permanentemente el mandato del Señor.

Hoy vivimos, mis hermanos, en nuestro país y en el mundo, un deseo profundo de construir una sociedad más adulta, responsable y comprometida. Eso es necesario. Pero desgraciadamente parece que se prescinde de Dios y de sus mandamientos. ¿Qué sentido tiene buscar la paz, la solidaridad, la justicia y el derecho sin Dios? Sin Él todo esfuerzo está destinado al fracaso. El hombre no es dueño de la historia, pero es protagonista dinámico. Con Dios puede lograr mucho para su propio provecho y para gloria de Dios.

Un mundo nuevo, un país nuevo, sobre todo con tan rica tradición cristiana, sólo es posible con Dios en Cristo. Los elementos de una nueva civilización no pueden ser otros que el amor y el derecho; el respeto de los ciudadanos entre sí. El respeto a la vida en todas sus etapas, no sólo en sus etapas extremas, sino especialmente en las intermedias, con el desarrollo armónico de todos los niños, adolescentes y jóvenes con igualdad de oportunidades, así como el respeto a la madurez fecunda y productiva de muchos con la justicia,  y de otros tantos su venerable y sabia senectud: eso es respeto a la vida.

Para nosotros los cristianos debe quedar claro, hoy más que nunca, que la justicia y la misericordia son necesarias para construir un país en la solidaridad y con un desarrollo sólido, que es igual a la paz; pero siendo un país todavía marcadamente católico, no podemos ignorar que eso es imposible si no se sustenta en el amor de Dios que se nos ha dado en Cristo.

Encomendemos, mis hermanos, a nuestra Niña y Dulce Señora este deseo de dejarnos amar por Dios para poder amar como Él, y construir un país nuevo, ya que ella vivió siempre como hija predilecta del Padre. Amén.

 
 
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