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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIII Domingo Ordinario.

1 de julio de 2007

SE ALEGRA MI CORAZÓN, MI HERENCIA ES EL SEÑOR

Queridos hermanos, la gracia de Dios, nuestro Padre, se mantiene activa y efectiva. Definitivamente depende de nosotros su eficacia, puesto que su misericordia es constante e infinita. Por Él no queda. Démosle gracias por su bondad a pesar de nuestra falta de perseverancia en el seguimiento de su Hijo.

Nuevamente, mis queridos hermanos, tenemos este domingo el tema del seguimiento. No dejemos que se nos imponga la idea de relacionar este asunto sólo con los religiosos, religiosas o sacerdotes. Es un asunto de primera importancia para nuestra fe cristiana. Para la fe de todos los que se dicen cristianos por el bautismo y alimentan constantemente su fe en la Eucaristía y la Penitencia, así como en la práctica de la caridad.

Las lecturas del primer libro de los Reyes y la del evangelio aparentemente están en cierto modo en contradicción. Pero si así fuera, por lo pronto,  ya son una invitación a tratar de entender con mayor profundidad el tema que se nos propone, pues sabemos que no podemos admitir contradicción alguna en la Sagrada Escritura. Busquemos, entonces, cómo se complementan ente sí.

La vida y la misión de Jesús, así como su ministerio, están marcados por la oposición y el rechazo por parte de sus contemporáneos, especialmente por las autoridades religiosas. Así vemos que cuando inició su obra en Galilea fue inmediatamente rechazado por los judíos en la misma sinagoga de Nazaret. Igualmente vemos hoy en el evangelio que le sucede al iniciar su camino a Jerusalén donde habría de consumar su misión por medio de  su pasión y muerte. Ahora quienes se oponen son los samaritanos simplemente por su oposición a la capital del la fe judía.

Pero Jesús es hombre de decisiones firmes: Al acercarse el tiempo de su salida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, nos dice san Lucas en el trozo del evangelio que acabamos de escuchar. Está de por medio el proyecto de su Padre. Eso es lo que lo impulsa a tomar esa determinación. Es fidelidad que se expresa en obediencia. Y es lo que exige también a sus discípulos: prontitud para hacer lo que a Dios le interesa.

Seguir a Jesucristo, mis hermanos,  es algo muy serio y muy comprometedor porque es determinante para la salvación de quien se precie de ser discípulo suyo. Por eso para seguir a Jesús se necesita de cierto grado de radicalidad. Por tanto el problema, para el creyente, no es si dejar o no dejar las ataduras que nos impiden seguirlo, sino precisamente, seguir o noseguir a Jesús. Cuando se toma la decisión, entonces se deja todo, por noble, valioso y legítimo que parezca.

En la vida, mis hermanos, no es posible tenerlo todo. Es necesario hacer opciones. Hay que seleccionar y asumir algo y dejar lo demás. Sólo se vive intensamente la vida si hacemos constantemente opciones libres y con sentido. Lo ideal es que seamos capaces de elegir siempre lo mejor. ¡Así se aprende a ser libre!

Ser cristiano, mis queridos hermanos, implica muchos riesgos. Si no habíamos caído en la cuenta de la seriedad de esto, es probable que nos hayamos hecho un cristianismo a la medida de nuestra conveniencia. Hay cristianos -y a mí me parece que hay, por desgracia muchos- que no hemos asumido a fondo nuestra fe en base a un seguimiento radical de Jesús. Queremos tenerlo todo. Y anhelamos, tal vez ingenuamente, seguir a Jesús, pero de una manera romántica y muy sentimental. Es decir, nada comprometida con los intereses reales de Dios y de Cristo, porque no nos desprendemos de todo lo que estorba o no es necesario para servirlo como Él quiere ser servido. 

San Pablo nos recuerda, en la segunda lectura, que Cristo nos ha liberado para que permanezcamos libres. A la luz de este enunciado no podemos seguir ignorando, hermanos, que hay muchas cosas que nos esclavizan y nos impiden seguir radicalmente al Señor. En realidad, para seguir a Jesús hay que ir más bien muy ligeros de equipaje. Es necesario deshacernos de todos los lastres que nos sirvan de pretexto para detenernos o retardar el seguimiento y hacerlo más difícil.

Aceptemos, hermanos, de alguna manera, que seguir a Jesús, en realidad no es difícil. Lo que nos lo dificulta es más bien la falta de decisión para seguirlo dejando todo lo que está de más y estorba. Pidamos al Señor el gozo de no tener otra cosa que lo que él nos da. Más aún, ojalá pudiéramos recitar, desde los más profundo con el salmista que el Señor es nuestro único bien, que Él es nuestra herencia.

Al celebrar la Eucaristía y contemplar la libertad con que Jesús, movido por el amor a su Padre y a nosotros, emprendió el camino de la cruz y lo abrazó dando la vida por nosotros, no nos quedemos indiferentes a ese llamamiento a seguirlo con nuestra cruz que, tal vez, consista precisamente en dejar lo que no favorece el seguimiento en la alegría y en la libertad por el amor, para no poseer más que a Jesús que se nos da continuamente en la comunión y en su Palabra.

Nuestra Muchachita y Dulce Señora, modelo de seguimiento fiel y libre para todos sus hijos nos sostenga en la decisión firme de seguir las huellas de su Hijo.

Amén.

 
 
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