MANTENERNOS EN LA ESPERANZA POR LA
FIDELIDAD EN EL AMOR
Hermanos: en la oración colecta de este domingo decimonoveno
del tiempo ordinario, le hemos dicho al Señor que haga crecer
en nosotros el espíritu de hijos adoptivos suyos para que podamos
alcanzar la herencia que nos promete.
Esto no es posible, mis hermanos, si de nuestra parte, no perseveramos
en la espera de lo se nos promete, por un lado, y por otro, si
vivimos apegados a nuestras pequeñas conquistas, nos incapacitamos
para procurar las que verdaderamente valen. Para ello necesitamos
de la fe viviéndola en la esperanza motivados por el amor.
La vida del cristiano, queridos hermanos, transcurre en medio
de promesas. Alguna vez oí que los cristianos somos como las ovejas
al las cuales se les hace caminar presentándoles sal por delante.
La promesa de una vida plena y perfecta en un futuro incierto, nos hace movernos
en la dirección correcta perseverando y viviendo en la certeza
de alcanzarla, porque sabemos en la fe que quien nos promete
nos ama. En esto se funda nuestra esperanza.
Los creyentes vivimos de la esperanza que hemos aceptado en
el fe y en el amor ¡tres virtudes inseparables que, como don
gratuito de Dios, se nos dan como un tesoro que no sólo hay que
cuidar sino, incrementar! Así crecemos en el espíritu de hijos
de Dios.
La primera lectura nos sitúa en el terreno de las promesas
como elemento propio de la dinámica de la fe. En efecto, hermanos,
el libro de la Sabiduría refiriéndose a la salida de los
judíos de la esclavitud de Egipto, señala cómo aquella noche
los judíos se pusieron en camino confiados en la promesa de la
liberación prometida de antemano a los antepasados y que esa
noche llegaba a ser real. Esa noche Israel comenzó a existir
como pueblo libre y consagrado a Dios y marcó definitivamente
su vida.
En la segunda lectura tomada de la carta a los hebreos,
el autor nos habla de la fe como una fuerza que proyecta la
vida del cristiano hacia el futuro a partir del testimonio de
fe de los antepasados, de entre los cuales se encuentra Abraham.
Al hablar de este patriarca, el autor nos presenta su fe como
obediencia y confianza. Como obediencia, porque,
por la fe, Abraham dejó todo lo que le daba seguridad: tierra,
riquezas, dominio, para ponerse en camino hacia un lugar desconocido;
y como confianza, porque se atuvo a la promesa que se le
hizo hasta el grado de superar la prueba de ofrecer a su hijo
Isaac en sacrificio, es decir, sin tener siquiera la certeza total
de que sus descendientes alcanzarían a poseer lo que se le había
prometido.
Pero es Jesús, mis queridos hermanos, quien nos invita,
una vez más, a creer a fondo dejando a un lado toda clase de
seguridades adquiridas. Sus palabras continúan la enseñanza
iniciada el domingo pasado sobre las actitudes que hemos de observar
frente a los bienes materiales. Hoy nos insiste en un aspecto
muy importante para nuestra fe de creyentes cristianos: El
futuro de su venida, sea ésta próxima o lejana. De manera
que nos invita, mediante al uso de esos bienes, a estar bien
dispuestos para salir al encuentro del Señor cuando venga.
Los bienes materiales, mis hermanos, no pueden ser impedimento, sino más bien
facilitadores de un encuentro seguro y gozoso con el Señor que
vine cuando menos lo esperamos. No se trata sólo de su venida
en el momento de nuestra muerte o el juicio final, sino de las
venidas que continuamente hace a nuestras vidas tanto individual
como comunitariamente. Estas presencias del Señor son imprevistas
y exigen de nosotros estar bien dispuestos para que cuando
se den no pasen desapercibidas por estar ocupados en esas frivolidades
que no faltan en nuestra vida.
Pero la pregunta de Pedro lleva a Jesús a afirmar que esto
es más exigente con aquellos que tienen el servicio de la autoridad
en las comunidades. A éstos, dice Jesús, Dios les exigirá
más en el día del juicio.
En la vida de la Iglesia existen quienes dejan todo para
seguir a Jesús. En este desapego de los bienes va comprometida
toda la persona con todas sus relaciones y todas sus fuerzas.
Y no hablo, hermanos, solamente de sacerdotes o religiosos y religiosas
y monjes, sino también de muchos laicos que dejan sus comodidades
y sus logros en la vida para ponerse al servicio del Reino de
formas por demás calladas, discretas y humildes. Ellos y ellas
son un verdadero estímulo para nosotros que, todavía nos cuesta
creer en Dios y creerle a Él de una manera más radical.
Eso no es posible sin amor. Sin el amor que experimentamos primero
en el encuentro con el Dios que se hace uno de nosotros y se queda
con nosotros en la Eucaristía y en su Palabra. Sin el
verdadero amor de Dios por nosotros no podemos correr riesgos.
Por eso es tan importante para el creyente, que de veras quiere
crecer en su calidad de hijo de Dios, contemplar y experimentar
permanentemente el amor de Dios en una disposición total.
Esto lo facilita y lo garantiza, hermanos, nuestra asidua y devota
participación en la Eucaristía, al menos, dominical, pues en
ella celebramos, más que nada, el amor fiel de Dios,
el único que puede hacernos completamente felices.
Que la Dulce Señora del Cielo, Nuestra Muchachita Guadalupe;
quién supo responder con fe absoluta a la voluntad de Dios, nos
contagie de su disponibilidad en nuestra respuesta.
Amén.