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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIX Domingo Ordinario.

12 de agosto de 2007

MANTENERNOS EN LA ESPERANZA POR LA FIDELIDAD EN EL AMOR 

Hermanos: en la oración colecta de este domingo decimonoveno del tiempo ordinario, le hemos dicho al Señor que haga crecer en nosotros el espíritu de hijos adoptivos suyos para que podamos alcanzar la herencia que nos promete.

Esto no es posible, mis hermanos, si de nuestra parte, no perseveramos en la espera de lo se nos promete, por un lado, y por otro, si vivimos apegados a nuestras pequeñas conquistas, nos incapacitamos para procurar las que verdaderamente valen. Para ello necesitamos de la fe viviéndola en la esperanza motivados por el amor. La vida del cristiano, queridos hermanos, transcurre en medio de promesas. Alguna vez oí que los cristianos somos como las ovejas al las cuales se les hace caminar presentándoles sal por delante.

La promesa de una vida plena y perfecta en un futuro incierto, nos hace movernos en la dirección correcta perseverando y viviendo en la certeza de alcanzarla, porque sabemos en la fe que quien nos promete nos ama. En esto se funda nuestra esperanza.

Los creyentes vivimos de la esperanza que hemos aceptado en el fe y en el amor ¡tres virtudes inseparables que, como don gratuito de Dios, se nos dan como un tesoro que no sólo hay que cuidar sino, incrementar! Así crecemos en el espíritu de hijos de Dios.

La primera lectura nos sitúa en el terreno de las promesas como elemento propio de la dinámica de la fe. En efecto, hermanos, el libro de la Sabiduría refiriéndose a la salida de los judíos de la esclavitud de Egipto, señala cómo aquella noche los judíos se pusieron en camino confiados en la promesa de la liberación prometida de antemano a los antepasados y que esa noche llegaba a ser real. Esa noche Israel comenzó a existir como pueblo libre y consagrado a Dios y marcó definitivamente su vida.

En la segunda lectura tomada de la carta a los hebreos, el autor nos habla de la fe como una fuerza que proyecta la vida del cristiano hacia el futuro a partir del testimonio de fe de los antepasados, de entre los cuales se encuentra Abraham. Al hablar de este patriarca, el autor nos presenta su fe como obediencia y confianza. Como obediencia, porque, por la fe, Abraham dejó todo lo que le daba seguridad: tierra, riquezas, dominio, para ponerse en camino hacia un lugar desconocido; y como confianza, porque se atuvo a la promesa que se le hizo hasta el grado de superar la prueba de ofrecer a su hijo Isaac en sacrificio, es decir, sin tener siquiera la certeza total de que sus descendientes alcanzarían a poseer lo que se le había prometido.

Pero es Jesús, mis queridos hermanos, quien nos invita, una vez más, a creer a fondo dejando a un lado toda clase de seguridades adquiridas. Sus palabras continúan la enseñanza iniciada el domingo pasado sobre las actitudes que hemos de observar frente a los bienes materiales. Hoy nos insiste en un aspecto muy importante para nuestra fe de creyentes cristianos: El futuro de su venida, sea ésta próxima o lejana. De manera que nos invita, mediante al uso de esos bienes, a estar bien dispuestos para salir al encuentro del Señor cuando venga.

Los bienes materiales, mis hermanos, no pueden ser impedimento, sino más bien facilitadores de un encuentro seguro y gozoso con el Señor que vine cuando menos lo esperamos. No se trata sólo de su venida en el momento de nuestra muerte o el juicio final, sino de las venidas que continuamente hace a nuestras vidas tanto individual como comunitariamente. Estas presencias del Señor son imprevistas y exigen de nosotros estar bien dispuestos para que cuando se den no pasen desapercibidas por estar ocupados en esas frivolidades que no faltan en nuestra vida.

Pero la pregunta de Pedro lleva a Jesús a afirmar que esto es más exigente con aquellos que tienen el servicio de la autoridad en las comunidades. A éstos, dice Jesús, Dios les exigirá más en el día del juicio.

En la vida de la Iglesia existen quienes dejan todo para seguir a Jesús. En este desapego de los bienes va comprometida toda la persona con todas sus relaciones y todas sus fuerzas. Y no hablo, hermanos, solamente de sacerdotes o religiosos y religiosas y monjes, sino también de muchos laicos que dejan sus comodidades y sus logros en la vida para ponerse al servicio del Reino de formas por demás calladas, discretas y humildes. Ellos y ellas son un verdadero estímulo para nosotros que, todavía nos cuesta creer en Dios y creerle a Él de una manera más radical.

Eso no es posible sin amor. Sin el amor que experimentamos primero en el encuentro con el Dios que se hace uno de nosotros y se queda con nosotros en la Eucaristía y en su Palabra. Sin el verdadero amor de Dios por nosotros no podemos correr riesgos. Por eso es tan importante para el creyente, que de veras quiere crecer en su calidad de hijo de Dios, contemplar y experimentar permanentemente el amor de Dios en una disposición total. Esto lo facilita y lo garantiza, hermanos, nuestra asidua y devota participación en la Eucaristía, al menos, dominical, pues en ella celebramos, más que nada, el amor fiel de Dios, el único que puede hacernos completamente felices.

Que la Dulce Señora del Cielo, Nuestra Muchachita Guadalupe; quién supo responder con fe absoluta a la voluntad de Dios, nos contagie de su disponibilidad en nuestra respuesta. 

Amén.

 
 
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