Mis amados hermanos y hermanas:
Alabemos, hermanos, y demos gracias a Dios, nuestro Padre,
el Señor de la vida, el único que puede perdonar los pecados de
los hombres.
Ya hemos dicho, pero no nos cansamos de repetirlo: La verdadera
grandeza de nuestro Dios está en su misericordia para el hombre
pecador. Al Señor no lo toca el pecado. Él es más grande que
nuestro pecado, porque es el Señor de la vida. Si el pecado es
soledad y rechazo de la vida, sólo Dios, que está muy encima del
pecado, puede volver a la alegría y a la plenitud de la vida
ya en esta situación actual del hombre en la historia.
Hemos de entender, mis hermanos, que el pecado es rechazo
a la amistad con el Dios de la vida en el amor. Por eso el
pecado es la muerte del hombre. Es aislamiento y soledad
que frustra la vocación y el destino que Dios ha señalado al hombre
desde la creación. Esta vocación y este destino están precisamente
en Dios, pues por eso nos hizo a imagen y semejanza suya,
o digamos, con san Agustín, que nos hizo para Él. Entonces, hermanos,
podemos entender el pecado como el rechazo a la vida, a
la vida plena, que es Dios.
Nuestra vida en Dios es apertura a su llamado; es comunión
permanente con el Dios del amor y fuente de la vida, porque
antes que otra cosa, el hombre es apertura al otro, especialmente
al totalmente Otro que es Dios. De manera que cuando el hombre
se cierra a Dios no queda todo allí, sino que siendo primordialmente
‘un ser para el otro’, otro cualquiera podrá ocupar el lugar
de Dios. Y ese otro cualquiera puede ser el mismo hombre encerrado
en sí mismo, es decir, en su egoísmo, o bien el dinero que corrompe
todo, el poder entendido no como servicio sino como autoritarismo
o prepotencia, o, en fin, el placer como un bien en sí mismo
que exige todo y hace esclavos. Pero todo esto, mis hermanos,
no es vida sino muerte.
Esto es tan grave para el ser humano que Dios manifiesta
todo su poder en su capacidad de perdonar, es decir, liberarnos
de esas esclavitudes y de la muerte misma. Por eso la mejor descripción
o retrato de Dios, es Jesucristo perdonando los pecados de los
hombres. Ahí es donde muestra toda la ternura de la que Dios
es capaz a tal grado que parece su debilidad, pero que, en realidad,
es su mayor fuerza.
Así nos lo muestra la Sagrada Escritura el día de hoy que en
la primera lectura nos muestra a David arrepentido de su pecado
ante la palabra que el profeta Natán le da en nombre de Dios y,
por eso, es perdonado.
En la segunda lectura, tomada de las carta a los Gálatas, el
apóstol nos hace entender que lo que nos salva es la fe que se
profesa en la misericordia de Dios que se nos ofrece en Jesucristo.
O, dicho más directamente, es la fe en Jesucristo la que nos salva,
es decir, nos reconcilia con Dios en su amor. No son ni siquiera
nuestras buenas obras por sí mismas las que nos salvan, sino la
fe en Cristo que murió por nosotros.
El evangelio nos presenta, en una de sus escenas típicas de él, la imagen
viva de la misericordia de Dios que libera del pecado a quien manifiesta
su disponibilidad a ser perdonado. Es el caso de la mujer a
la que Simón, el fariseo, juzga y se cree justo y al cual incluso
Dios le debe porque cree que es bueno. La mujer, en cambio,
se siente pobre e indigna frente a Jesús. Y es perdonada,
dice el Señor, porque ha amado mucho. Efectivamente, hermanos,
el amor todo lo sana, pero especialmente el amor de Dios hacia nosotros,
porque él nos ama primero.
Para salvarse sólo hay que dejarse amar y corresponder al
amor con la pena por nuestros pecados. Esa pena, hermanos, por
el pecado propio ya es amor, porque refleja la experiencia de
sabernos amados por Dios y corresponder muy poco o nada. Es
ya un deseo de valorar el amor y es el comienzo de nuestro amor.
Cuando Dios nos perdona nos vuelve a la vida, ya que por el
pecado habíamos muerto. Y sólo Dios puede perdonar porque sólo
Él puede devolver la vida. Tenían razón los comensales, cuando
escandalizados decían ¡sólo Dios puede perdonar los pecados!
Lástima que no fueron más allá y reconocieron en Jesús el rostro
misericordioso del Padre.
Veamos, hermanos, qué importante es creer en el amor de
Dios manifestado en Cristo. Mientras seguimos pecando no hacemos
otra cosa que manifestar nuestra poca fe. Tal vez no tomamos en
serio que Jesús ha venido a ofrecernos el perdón de Dios porque
nos ama entrañablemente y nos quiere libres de toda atadura,
libres toda la vida y para la vida eterna.
El sacramento de la Penitencia es el tribunal de donde salimos
ganando siempre. Con tal de que creamos en el amor. Hemos de
acercarnos a él con humildad y plena confianza en la certeza
de que Dios nos ama. Pero la Eucaristía actualiza permanentemente
este amor, el que nos mostró Cristo con su muerte y resurrección.