InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo C
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XI Domingo Ordinario.

17 de junio de 2007
Festividad de Nuestra Señora del Carmen
Día del Papá

SÓLO DIOS PUEDE PERDONAR LOS PECADOS

Mis amados hermanos y hermanas:

Alabemos, hermanos, y demos gracias a Dios, nuestro Padre, el Señor de la vida, el único que puede perdonar los pecados de los hombres.

Ya hemos dicho, pero no nos cansamos de repetirlo: La verdadera grandeza de nuestro Dios está en su misericordia para el hombre pecador. Al Señor no lo toca el pecado. Él es más grande que nuestro pecado, porque es el Señor de la vida. Si el pecado es soledad y rechazo de la vida, sólo Dios, que está muy encima del pecado, puede volver a la alegría y a la plenitud de la vida ya en esta situación actual del hombre en la historia.

Hemos de entender, mis hermanos, que el pecado es rechazo a la amistad con el Dios de la vida en el amor. Por eso el pecado es la muerte del hombre. Es aislamiento y soledad que frustra la vocación y el destino que Dios ha señalado al hombre desde la creación. Esta vocación y este destino están precisamente en Dios, pues por eso nos hizo a imagen y semejanza suya, o digamos, con san Agustín, que nos hizo para Él. Entonces, hermanos, podemos entender el pecado  como el rechazo a la vida, a la vida plena, que es Dios.

Nuestra vida en Dios es apertura a su llamado; es comunión permanente con el Dios del amor y fuente de la vida, porque antes que otra cosa, el hombre es apertura al otro, especialmente al totalmente Otro que es Dios. De manera que cuando el hombre se cierra a Dios no queda todo allí, sino que siendo primordialmente ‘un ser para el otro’, otro cualquiera podrá ocupar el lugar de Dios. Y ese otro cualquiera puede ser el mismo hombre encerrado en sí mismo, es decir, en su egoísmo, o bien el dinero que corrompe todo, el poder entendido no como servicio sino como autoritarismo o prepotencia, o, en fin, el placer como un bien en sí mismo que exige todo y hace esclavos. Pero todo esto, mis hermanos, no es vida sino muerte.

Esto es tan grave para el ser humano que Dios manifiesta todo su poder en su capacidad de perdonar, es decir, liberarnos de esas esclavitudes y de la muerte misma. Por eso la mejor descripción o retrato de Dios, es Jesucristo perdonando los pecados de los hombres. Ahí es donde muestra toda la ternura de la que Dios es capaz a tal grado que parece su debilidad, pero que, en realidad, es su mayor  fuerza.

Así nos lo muestra la Sagrada Escritura el día de hoy que en la primera lectura nos muestra a David arrepentido de su pecado ante la palabra que el profeta Natán le da en nombre  de Dios y, por eso, es perdonado.

En la segunda lectura, tomada de las carta a los Gálatas, el apóstol nos hace entender que lo que nos salva es la fe que se profesa en la misericordia de Dios que se nos ofrece en Jesucristo. O, dicho más directamente, es la fe en Jesucristo la que nos salva, es decir, nos reconcilia con Dios en su amor. No son ni siquiera nuestras buenas obras por sí mismas las que nos salvan, sino la fe en Cristo que murió por nosotros.

El evangelio nos presenta, en una de sus escenas típicas de él, la imagen viva de la misericordia de Dios que libera del pecado a quien manifiesta su disponibilidad a ser perdonado. Es el caso de la mujer a la que Simón, el fariseo, juzga y se cree justo y al cual incluso Dios le debe porque cree que es bueno. La mujer, en cambio, se siente pobre e indigna frente a Jesús. Y es perdonada, dice el Señor, porque ha amado mucho. Efectivamente, hermanos, el amor todo lo sana, pero especialmente el amor de Dios hacia nosotros, porque él nos ama primero.

Para salvarse sólo hay que dejarse amar y corresponder al amor con la pena por nuestros pecados. Esa pena, hermanos, por el pecado propio ya es amor, porque refleja la experiencia de sabernos amados por Dios y corresponder muy poco o nada. Es ya un deseo de valorar el amor y es el comienzo de nuestro amor.

Cuando Dios nos perdona nos vuelve a la vida, ya que por el pecado habíamos muerto. Y sólo Dios puede perdonar porque sólo Él puede devolver la vida. Tenían razón los comensales, cuando escandalizados decían ¡sólo Dios puede perdonar los pecados! Lástima que no fueron más allá y reconocieron en Jesús el rostro misericordioso del Padre.

Veamos, hermanos, qué importante es creer en el amor de Dios manifestado en Cristo. Mientras seguimos pecando no hacemos otra cosa que manifestar nuestra poca fe. Tal vez no tomamos en serio que Jesús ha venido a ofrecernos el perdón de Dios porque nos ama entrañablemente y nos quiere libres de toda atadura, libres toda la vida y para la vida eterna.

El sacramento de la Penitencia es el tribunal de donde salimos ganando siempre. Con tal de que creamos en el amor. Hemos de acercarnos a él con humildad y plena confianza en la certeza de que Dios nos ama. Pero la Eucaristía actualiza permanentemente este amor, el que nos mostró Cristo con su muerte y resurrección.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior