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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVIII Domingo Ordinario.

5 de agosto de 2007

SER POBRES Y, POR ESO, LIBRES PARA EL REINO

Vanidad de Vanidades, todo, absolutamente todo, es vanidad, dice el sabio de la primera lectura de ese domingo. Pero nos preguntamos: ¿De veras, todo es vanidad? ¿Vaciedad? ¿Inconsistente y sin sentido?  ¿Por qué?

Parece que todo es cuestión de cómo y cuánto valoramos las cosas, los acontecimientos y la vida misma. De manera que si nos esforzamos por conseguir lo que consideramos de suma importancia y de un valor tal que está por encima de todo lo demás, entonces a la hora de la verdad caeremos en la cuenta de sus límites.

En realidad, tampoco es pura vanidad. Es más bien, queridos hermanos, relativo. El único absoluto es el principio de todas las cosas, y las criaturas: El único absoluto en todo es Dios. Poner el máximo interés en cualquier cosa, por sublime y noble que sea, nos va a llevar, tarde que temprano, a la desilusión.

En una sana consideración de los bienes de este mundo, de cualquier índole que sea: el trabajo, el placer, el saber, el poseer, el aparecer, la fama, la inteligencia y cualquier habilidad, ¡la religiosidad! bueno, hasta la virtudes tan apreciadas, según lo expresa el autor en otro momento: no seas justo, en exceso, ni te hagas demasiado sabio, dice el escritor sagrado (7,16).

Vistas así las cosas, parece que nada vale la pena, pues tarde o temprano quedamos desilusionados de tanto esfuerzo. El autor del libro dice que después de todo lo mejor es gozar de lo que se tiene por el momento pues es don de Dios, pues, como creyente que es, nos recomienda que lo que tenemos que mantener es una actitud de sumisión y de respeto ante Él.

Con el Qohelet estamos frente a una visión realista y creo yo, no tanto pesimista de la vida. De esta enseñanza podríamos sacar en limpio que es muy importante saber ser felices con lo que se nos concede por el momento, sin mayores pretensiones. No podemos abarcarlo todo, ni conseguirlo todo. Hemos de ser humildes.

Como vemos, no todo en la revelación escriturística, especialmente en el Antiguo Testamento, es claro y optimista. Por eso esta reflexión debe dejarse iluminar con el misterio de Jesucristo muerto y resucitado.

Y es lo que el evangelio de hoy nos quiere enseñar. En efecto, Jesús deja bien claro que ni el dinero ni lo bienes materiales pueden satisfacer totalmente al hombre, que ordinariamente se empeña demasiado en ser feliz acumulando la mayor cantidad y variedad de ellos. El trabajo no es malo ni es un castigo. Es una necesidad del hombre. Las cosas no son tampoco malas. Por el contrario todo lo que hizo Dios es bueno, y las cosas son necesarias para la vida del hombre.

Pero cuando el hombre vive para trabajar, y trabaja sólo para acaparar cosas y para apegarse a ellas, todo comienza a estar mal. Porque llega un momento en que todo se vuelve ilusión.

Las cosas pueden llegar a suplir a Dios en el corazón del hombre, y es aquí donde está el problema. Y entonces este corazón más parece una bodega que la casa de Dios. Una bodega se puede quemar y todo se destruye.

El problema fundamental, lo verdaderamente trágico de los bienes materiales es que fácilmente atrapan el corazón (lo más íntimo y profundo del hombre), es decir llegan a someter a la criatura humana como si fuera un dios. Pretenden suplantar al verdadero Dios como un ídolo por la seguridad que supuestamente puede darnos.

Al dinero se le atribuyen -por otro lado muy ingenuamente- toda clase de virtudes y ventajas ¡Poderoso Cabellero es don dinero!, ¡el dinero todo lo puede! Dicen por allí. Pero los criterios del evangelio van en otra dirección. Jesús nos invita constantemente en su predicación a ser pobres. Pero hay que entender ésta en la línea del evangelio. No se trata de dejar, de una vez por todas, todo para vivir pobremente. Según las lecturas, la primera y la del evangelio, se trata de vivir en libertad con respecto a los bienes materiales. Se trata de valernos de ellos para fines más nobles y no dejar que sean ellos quienes nos posean.

San Pablo, sin negar el buen uso de las cosas nos recuerda que los verdaderos bienes están “arriba”, no aquí en la tierra, “Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”.Las cosas son como el medio para llegar al cielo, son como la escalera.

El trabajo, entonces, no puede tener otra finalidad que la de adquirir lo más posible. Según el Qohelet, lo importante es disfrutar del trabajo como un don de Dios, así como de aquello que por él se puede adquirir, igualmente agradecerlos como don de su benevolencia. No son los bienes en sí los que pueden darnos la seguridad que tanto deseamos. No son garantía absoluta de un futuro feliz. Lo que nos asegura la verdadera felicidad es la forma como los utilizamos para servirnos de ellos en función de la fraternidad y la misericordia. Especialmente de los que tiene menos y no nos pueden pagar.

¡Esto sí nos asegura la vida! ¡La vida en plenitud!  La que nos asegura solamente Cristo, es por eso que hoy nos amonesta: “Eviten toda clase de codicia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. Parece que nosotros tomamos la cosa al revés: mientras más poseas, quieres más. ¡Qué amargo debe ser para un hombre tener mucho dinero, casas, coches… todo. Y un día se muere y es nadie! Se hará polvo como un pobre. ¡Qué amargo debe ser para ese hombre el ver a sus hijos divididos, odiándose, peleándose, insultándose, hasta matándose por la herencia, que él no pudo llevarse!

En cambio, cuántos hombres que trabajan para vivir, que no viven para trabajar, que usaron bien sus bienes, que alimentaron a sus familias, que educaron a sus hijos, que hicieron caridad, estarán contentos porque han puesto sus “ahorritos” en el banco del cielo.

Es necesario abandonarnos en las manos de Dios. En esto consiste la fe verdadera. La fe con la que acudimos a celebrar la Eucaristía. En donde el Hijo de Dios se despoja de todo y se hace alimento sencillo y pobre para enriquecernos con su amor y su bondad. En la Eucaristía tenemos el don por excelencia, el más perfecto como seguridad para el presente y el futuro.

Aquí esta la verdadera riqueza del discípulo de Cristo. De manera que no todo es vanidad. Más bien todo adquiere su verdadero sentido cuando lo consideramos como medio para servir. Hazte rico para Dios; y sé “pobre”, es decir no pongas tu felicidad en los bienes de acá abajo.

Que Nuestra Muchachita, la Dulce Señora del Cielo; Santa María de Guadalupe nos contagie de su sencillez y disponibilidad  para hacer siempre la voluntad de Dios y servir con generosidad a nuestros hermanos.

Amén.

 
 
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