Hermanos:
Dios se ha puesto al habla con la humanidad a través
de su Hijo Jesucristo quien, a su vez, nos da su Espíritu
a fin de que, movidos por Él, nos dirijamos con confianza
filial y en todo momento a nuestro Padre Dios que nunca
deja de amarnos.
La oración, mis queridos hermanos, en una definición
lo más universal posible de manera que convenga a cualquier
religión del mundo, es eminentemente un diálogo con Dios
o la Divinidad.
Por tanto, mis hermanos, se suponen al menos
dos interlocutores que libremente se expresan para comunicarse
algo. En la tradición judeocristiana es eso y mucho
más. Es en el cristianismo una respuesta a la iniciativa
divina de entablar un diálogo con el creyente. Entonces,
la oración se puede entender como un diálogo permanente
a partir de la iniciativa de un Dios que toma la iniciativa
de hacerse presente en la vida humana, en su historia.
La
Sagrada Escritura es claro testimonio de esto
que estamos diciendo, puesto que en ella encontramos no
sólo la prueba de este diálogo de amor de Dios con el
hombre. También tenemos en ella el lugar o instrumento
por medio del cual podemos entrar y mantenernos en ese diálogo
continuo con Él. La oración es, entonces, una respuesta
de fe en el amor.
Pero la oración, queridos hermanos, también desde
la fe, la esperanza y el amor, es acción de gracias;
es alabanza y es súplica. Un ejemplo bello y perfecto
lo tenemos en los ciento cincuenta salmos que ocupan
el corazón de la Sagrada Escritura. Podemos orar con
ellos en cualquier ocasión: en las buenas y en las malas,
en el éxito y en el fracaso, en la salud y en la enfermedad,
ante la vida y frente a la muerte.
Y a lo largo de los libros sagrados, encontramos
abundancia de oraciones que los profetas, los sabios,
en fin, los personajes de la historia sagrada, elevan
a Dios en las más diversas circunstancias, como es el
caso de la primera lectura donde vemos a Abraham intercediendo
por el pueblo de Sodoma y Gomorra.
No es el único caso de intercesión por los culpables.
Así lo hizo también Moisés. Pero en el pasaje que nos da
la primera lectura, junto con la intercesión de Abraham
por los pecadores, vemos la oferta divina de perdonar
a multitud de pecadores en atención a unos cuantos justos.
Así es nuestro Dios y Padre que en los profetas Jeremías
y Ezequiel también aparece dispuesto a perdonar al pueblo
si encontrara al menos un justo.
Este domingo, mis queridos hermanos, la Iglesia
nos propone considerar, según lo enseña Jesús, la necesidad
de orar sin cesar; y San Lucas en su evangelio, además
de presentar en distintas pasajes a Jesús como modelo
de oración constante, precisamente en diálogo de continuo
de amor con su Padre, nos transmite también el contenido
de la auténtica oración del discípulo de Cristo.
Acabamos de decir, hermanos, que el contenido de
nuestra oración es la vida misma en cualquiera de sus
circunstancias: Pero Jesús, además de insistir en la
perseverancia en ella, por el amor al Padre, nos señala
que hay unos temas que no deben faltar. Y tenemos, entonces,
en la oración del Padre Nuestro, un modelo perfecto de
oración cristiana: Así vemos en la primera parte, como
nota general, la expresión del deseo de reconocer y desear
y alabar la soberanía absoluta de Dios como Padre;
y en la segunda, podríamos decir que manifestamos nuestra
realidad de criaturas y de hijos suyos que necesitamos
de su misericordia, al mismo tiempo que expresamos un abandono
completo en su providencia amorosa.
La súplica a Dios en la oración no es, hermanos,
una insistencia, necia, como si quisiéramos convencer a
toda costa a Dios de que nos conceda lo que se nos ocurre.
Dios no espera que lo convenzamos, sino espera, sólo
nuestra perseverancia en el diálogo con su amor de Padre.
Es por nuestro propio bien que debemos orar.
Pero hay en la oración cristiana un detalle muy
importante. Es el hecho de que está siempre unida a la
oración de Cristo. Y eso es especialmente la oración
litúrgica, es decir la oración universal de la Iglesia,
pues por la liturgia la Iglesia, cuerpo de de Cristo,
ora al Padre por todo el mundo.
La
Eucaristía, cima de la oración de la Iglesia,
punto de llegada y punto de partida de la vida de la Iglesia,
es, entonces, la oración más excelente y perfecta que
ella puede ofrecer a Dios. No quiero decir, hermanos,
que la oración individual no tenga sentido. Al contrario.
Hemos de ver las dos formas de oración tan necesarias como
complementarias entre sí. La oración individual es necesaria
porque encuentra en la vida ordinaria ocasiones únicas de
relación profunda con Dios. Mientras que la liturgia
es la ocasión de experimentar la caridad fraternal y la
solidaridad en el camino hacia el Padre. Hagamos, entonces, de la celebración eucarística,
especialmente de la dominical, el centro de nuestra fe,
de nuestra experiencia profunda del Dios con nosotros;
del Padre que nos une como hermanos en torno suyo para
concedernos mucho más de lo que podemos pedirle.
Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, presente
siempre en la oración de la Iglesia suplicante interceda
por nosotros como miembro excelso de su Pueblo. Amén.
|
|