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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVII Domingo Ordinario y por el Centenario del Movimiento Scout en el Mundo.

29 de julio de 2007

UNA ORACIÓN PERSEVERANTE EN EL AMOR

Hermanos: Dios se ha puesto al habla con la humanidad a través de su Hijo Jesucristo quien, a su vez, nos da su Espíritu a fin de que, movidos por Él, nos dirijamos con confianza filial y en todo momento a nuestro Padre Dios que nunca deja de amarnos.

La oración, mis queridos hermanos, en una definición lo más universal posible de manera que convenga a cualquier religión del mundo, es eminentemente un diálogo con Dios o la Divinidad.

Por tanto, mis hermanos, se suponen al menos dos interlocutores que libremente se expresan para comunicarse algo. En la tradición judeocristiana es eso y mucho más. Es en el cristianismo una respuesta a la iniciativa divina de entablar un diálogo con el creyente. Entonces, la oración se puede entender como un diálogo permanente a partir de la iniciativa de un Dios que toma la iniciativa de hacerse presente en la vida humana, en su historia.

La Sagrada Escritura es claro testimonio de esto que estamos diciendo, puesto que en ella encontramos no sólo la prueba de este diálogo de amor de Dios con el hombre. También tenemos en ella el lugar o instrumento por medio del cual podemos entrar y mantenernos en ese diálogo continuo con Él. La oración es, entonces, una respuesta de fe en el amor.

Pero la oración, queridos hermanos, también desde la fe, la esperanza y el amor, es acción de gracias; es alabanza y es súplica. Un ejemplo bello y perfecto lo tenemos en los ciento cincuenta salmos que ocupan el corazón de la Sagrada Escritura. Podemos orar con ellos en cualquier ocasión: en las buenas y en las malas, en el éxito y en el fracaso, en la salud y en la enfermedad, ante la vida y frente a la muerte.

Y a lo largo de los libros sagrados, encontramos abundancia de oraciones que los profetas, los sabios, en fin, los personajes de la historia sagrada, elevan a Dios en las más diversas circunstancias, como es el caso de la primera lectura donde vemos a Abraham intercediendo por el pueblo de Sodoma y Gomorra.

No es el único caso de intercesión por los culpables. Así lo hizo también Moisés. Pero en el pasaje que nos da la primera lectura, junto con la intercesión de Abraham por los pecadores, vemos la oferta divina de perdonar a multitud de pecadores en atención a unos cuantos justos. Así es nuestro Dios y Padre que en los profetas Jeremías y Ezequiel también aparece dispuesto a perdonar al pueblo si encontrara al menos un justo.

Este domingo, mis queridos hermanos, la Iglesia nos propone considerar, según lo enseña Jesús, la necesidad de orar sin cesar; y San Lucas en su evangelio, además de presentar en distintas pasajes a Jesús como modelo de oración constante, precisamente en diálogo de continuo de amor con su Padre, nos transmite también el contenido de la auténtica oración del discípulo de Cristo.

Acabamos de decir, hermanos, que el contenido de nuestra oración es la vida misma en cualquiera de sus circunstancias: Pero Jesús, además de insistir en la perseverancia en ella, por el amor al Padre, nos señala que hay unos temas que no deben faltar. Y tenemos, entonces, en la oración del Padre Nuestro, un modelo perfecto de oración cristiana: Así vemos en la primera parte, como nota general, la expresión del deseo de reconocer y desear y alabar la soberanía  absoluta de Dios como Padre; y en la segunda, podríamos decir que manifestamos nuestra realidad de criaturas y de hijos suyos que necesitamos de su misericordia, al mismo tiempo que expresamos un abandono completo en su providencia amorosa.

La súplica a Dios en la oración no es, hermanos, una insistencia, necia, como si quisiéramos convencer a toda costa a Dios de que nos conceda lo que se nos ocurre. Dios no espera que lo convenzamos, sino espera, sólo nuestra perseverancia en el diálogo con su amor de Padre. Es por nuestro propio bien que debemos orar.

Pero hay en la oración cristiana un detalle muy importante. Es el hecho de que está siempre unida a la oración de Cristo. Y eso es especialmente la oración litúrgica, es decir la oración universal de la Iglesia, pues por la liturgia la Iglesia, cuerpo de de Cristo, ora al Padre por todo el mundo.

La Eucaristía, cima de la oración de la Iglesia, punto de llegada y punto de partida de la vida de la Iglesia, es, entonces, la oración más excelente y perfecta que ella puede ofrecer a Dios. No quiero decir, hermanos, que la oración individual no tenga sentido. Al contrario. Hemos de ver las dos formas de oración tan necesarias como complementarias entre sí. La oración individual es necesaria porque encuentra en la vida ordinaria ocasiones únicas de relación profunda con Dios. Mientras que la liturgia es la ocasión de experimentar la caridad fraternal y la solidaridad en el camino hacia el Padre. Hagamos, entonces, de la celebración eucarística, especialmente de la dominical, el centro de nuestra fe, de nuestra experiencia profunda del Dios  con nosotros; del Padre que nos une como hermanos en torno suyo para concedernos mucho más de lo que podemos pedirle.

Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, presente siempre en la oración de la Iglesia suplicante interceda por nosotros como miembro excelso de su Pueblo. Amén.

 
 
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