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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVI Domingo Ordinario.

22 de julio de 2007

Mis amados hermanos y hermanos, fieles laicos de Cristo, muy amados hermanos y hermanas en la vida consagrada. Mis queridos hermanos en el ministerio sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

Alabemos al señor Dios nuestro, porque al enviarnos a su Hijo amado se hizo huesped de la humanidad. “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.  Y por su muerte y resurrección se convirtió en nuestro anfitrión en la vida eterna.

La hospitalidad de los pueblos de Medio Oriente es algo tan singular y característico que resulta algo proverbial y prácticamente sagrado. Este rasgo cultural, mis amados hermanos, es tan importante que no se puede descuidar para comprender no sólo la primera lectura que hemos proclamado sino también el Evangelio de san Lucas en este domingo.

En la primera lectura de hoy, escuchamos un fragmento del libro del Génesis, en el que tres misteriosos personajes se presentan ante la tienda de Abraham, en la encina de Mambre. Abraham no escatima esfuerzos para atender aquellos huéspedes ofreciéndoles todo lo que necesitan para rehacerse del largo y caluroso camino. Igualmente las dos hermanas de Betania, Martha y María, ofrecen acogida y amistad a Jesús; especialmente Martha que se multiplicaba para dar abasto en el servicio. 

Es ésta una actitud, mis amados hermanos, que debemos cultivar. En una sociedad en la que  todo el mundo mira por sí mismo, en una terrible desconfianza, en una tremenda inseguridad, las puertas de las casas están cerradas. Y desgraciadamente también las puertas del corazón. El Evangelio nos invita a estar atentos, a estar abiertos, a ser acogedores, amables; especialmente para los más necesitados.

La hospitalidad de Abraham ante el Dios que pasa, incluso como un necesitado, es premiada con la fertilidad, bendición incomparable en la mentalidad bíblica. Más aún por su hospitalidad, Abraham se convierte en amigo de Dios e intercesor de estos pueblos, que han rechazado la visita divina y han llegado a profanarla con su conducta desordenada. Recordemos a Sodoma y Gomorra, su pecado les ha impedido reconocer la presencia de Dios en medio de ellos, al pasar por sus calles.

En el Evangelio, vemos a Jesús que precisamente elogia la hospitalidad de María por recibirlo, acogerlo e intimar con Él, es necesario, mis amados hermanos, abrirse al paso de Dios por nuestra vida. Es determinante que seamos sensibles y estemos atentos a su presencia para acogerlo, escucharlo y servirle como Él quiere ser servido. Todo esto se da diariamente, no sólo en el culto y en la oración; ahí comienza, y de una manera especial en la Eucaristía, pero si no nos lleva al encuentro con los demás, especialmente con quienes carecen de afecto, cuidados materiales, salud y en fin de lo necesario, no podemos decir que estamos sirviendo a Dios plenamente.

Hoy crece, mis hermanos, el número de personas que aunque estén rodeadas de otras más se experimentan tremendamente solas, a ellas habrá que llevarles a un encuentro con Aquel que es el divino huesped, que está en nosotros y es más real que nosotros mismos. 

En un mundo tan inhóspito y que facilita tan poco la comunicación amable entre las personas, la actitud de Abraham y la de las dos hermanas Martha y María nos dan una elocuente lección de hospitalidad. Nos invitan a tener un corazón acogedor para con los demás, no hará falta que cada vez, como Abraham, les guisemos un ternero cebado, o que removamos toda la cocina como le hace Martha; muchas veces lo que los demás esperan de nosotros es interés, atención, cara acogedora, una palabra amiga, un apretón de manos, un abrazo sincero. 

Pero además de la hospitalidad hay algo más que quiere enseñarnos el Señor en este domingo: Descubrir en el prójimo al mismo Dios, al mismo Cristo. Y dar importancia, sí, a la oración, a la contemplación a la escucha de la Palabra de Dios, pero también a la atención a los demás, también al compromiso con los demás. Oración y contemplación no se oponen. Compromiso, servicio y oración no se oponen, hermanos.  Abraham ve a Dios en los tres peregrinos y las hermanas del evangelio Martha y María, saben que están alojando al Mesías.

Los que tenemos el alto honor de servir en esta casita de nuestra Niña y Madrecita, Santa María de Guadalupe, queremos ser concientes de que somos llamados a descubrir en los peregrinos o en las personas que aquí acuden, la visita misteriosa de Dios. De ahí que nos preguntemos constantemente todos los agentes de Pastoral de esta Basílica: ¿Qué esperan los peregrinos de nosotros? Interés, atención, palabra amiga, y desde luego llevarles a la experiencia del encuentro con el Dios vivo, cercano, bondadoso, a través de este rostro tierno, dulce y sereno, de nuestra madrecita Santa María de Guadalupe y desde luego en todos nosotros, agentes de pastoral una actitud teológica: saber descubrir en el peregrino al mismo Dios, al mismo Cristo Jesús que nos dice; una y otra vez: “Cuando hagas a uno de estos hermanos míos más pequeños a Mí me lo haces.”

Amados hermanos y hermanas, ante la queja de Martha, Jesús amablemente le recuerda que sólo una cosa es necesaria. María escogió la mejor parte, porque aprovecha la ocasión de que tiene al Maestro en casa y lo escucha. Lo esencial no son las cosas materiales, sino la escucha atenta de la Palabra de Dios, que ilumina nuestras vidas.

Pidámosle al Señor que nos conceda conjugar en nuestras vidas las dos actitudes, la de Martha y la de María, es decir: la caridad detallista y la oración y la escucha, son complementarias, cada cristiano debe saber conjugar las dos dimensiones en su vida. Hemos de ser hospitalarios, acogedores, pero también discípulos de Cristo, hombres de oración, vida interior, con tiempo para los demás, pero también para nosotros mismos y para Dios.

Insisto, mis hermanos, personas de oración y de contemplación, de reflexión interior y de celebración con la comunidad, pero también comprometidos en el servicio, dispuestos a la acción y a la entrega concreta y al trabajo generoso y servicial. La unión con Cristo se alimenta de modo privilegiado en la Eucaristía, en la Santa Misa en la que con devoción y entusiasmo participamos particularmente cada domingo, que luego debe tener su traducción práctica en su caridad, en el servicio con los que vivimos, con los que viven con nosotros. Jesús no desautoriza el trabajo de Martha, pero le da una lección: “Debes saber encontrar tiempo para la escucha de la fe y de la oración de la Palabra de Dios.”   

Mis amados hermanos y hermanas, bendigamos al Señor, agradezcámosle la Palabra que nos da este domingo y que a la luz de la misma reestructuremos nuestra jerarquía de valores y que esto tenga efectos básicos, concretos en la vida de todos los días, imitemos al nuestra, Niña y Madrecita Santa María de Guadalupe, Maestra de hospitalidad al acoger en su seno, al Hijo de Dios para que con su auxilio nos abramos a Dios en la persona de quienes más nos necesitan.

Que así sea, mis queridos hermanos.     

 
 
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