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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XV Domingo Ordinario.

15 de julio de 2007

¿CUÁNTO NOS FALTA PARA SER BUENOS CRISTIANOS?

Hermanos, la Eucaristía nos reúne cada domingo para examinarnos acerca de nuestra fe. Tenemos en ella un buen calibrador de nuestra vida de creyentes. Esto es porque no solamente la Palabra nos cuestiona ya de por sí, sino que toda la liturgia con todos sus signos y acciones simbólicas nos hacen vivir más auténticamente lo que celebramos. Demos, entonces, gracias a Dios por este regalo de su amor que es la Eucaristía dominical por medio de la cual contemplamos su obra realizada en su Hijo Jesucristo y es para nosotros una llamada continua a acoger esa obra suya en actitud de amor agradecido.

Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna? Le preguntó un hombre a Jesús. Ese hombre no era un hombre cualquiera. San Lucas, el evangelista, nos dice que era un hombre experto en la ley. No preguntaba porque era ignorante, sino por ser insidioso. Dice san Lucas que lo hacía para ponerle una trampa.   

Tal vez nosotros sí nos hayamos preguntado alguna vez: ¿qué tengo que hacer para ser bueno? ¿Qué debo hacer para salvarme? Porque nos queda bien claro que si no somos buenos no nos vamos a salvar. Eso lo hemos aprendido muy bien. Y probablemente, hermanos, la respuesta que nos hemos dado ha sido un poco precipitada y favorable; de manera que no nos hiciéramos demasiados problemas y quedáramos tranquilos con Dios y con nosotros mismos. A lo mejor, hermanos, la pregunta ha sido sincera, pero no siempre ha sido así la respuesta.

Pero Jesús es muy directo en la respuesta. Puesto que el que preguntaba era un buen conocedor de la Escritura cuyo meollo está en la Ley, Jesús lo remite a ella para escudriñar qué dice, qué manda. Una vez que responde, según su conocimiento, aquel hombre pide, para justificarse, una explicación muy específica: ¿y quién es mi prójimo?

¿Será muy difícil saber quién es el prójimo? ¿Qué no conocemos a los que están cerca (próximos) de nosotros? Parece que un judío del tiempo de Jesús consideraba prójimos sólo a los de la familia y, a lo más, a los paisanos.  

Sin embargo, Jesús, mediante una parábola, es decir, una especie de comparación muy plástica, tan colorida como vivaz y conmovedora, nos deja bien claro quién es el prójimo. No sólo el que está más próximo, sino todavía más: el que está más necesitado.  Más aún Jesús da completamente la vuelta a la noción del prójimo. El legista había preguntado “quien es un prójimo” –en sentido pasivo- en este sentido los demás son mi prójimo, Jesús le contesta: ¿de quien te muestras tú ser el prójimo?  -en el sentido activo- : en este sentido somos NOSOTROS LOS           QUE ESTAMOS O NO PRÓXIMOS A LOS DEMÁS. El prójimo, soy “yo”, cuando me acerco con amor a los demás. Por tanto no debo preguntarme: ¿Quién es mi prójimo? Sino, ¿Cómo seré yo el prójimo del otro, de cualquier otro hombre? Cerca de mí. ¿Quiénes son los despreciados, mal considerados, difíciles de amar? 

Después de enviar a sus discípulos a la misión, san Lucas nos presenta a Jesús enseñando acerca de su contenido o de su objeto. Señala, este pasaje, que la misión consiste ante todo en anunciar con palabras, pero todavía mejor, con hechos, que la buena noticia consiste en vivir en el amor: en el amor a Dios y al prójimo.

En la primera lectura el autor del Deuteronomio señala muy contundentemente que la Ley está muy cerca del corazón para cumplirla. Es algo que está inscrito en el ser mismo del hombre. Y especialmente esta ley: la del amor.

No sería necesario hacer demasiadas elucubraciones para llevar a la práctica este mandamiento; pero nosotros, que con mucha frecuencia nos queremos evadir de este mandato tan elemental en la vida humana y cristiana, buscamos complicar su comprensión con preguntas que francamente no son otra cosa que pretextos para desentendernos de él.

San Agustín de Hipona expresó la sencillez de este mandato de Jesús de una manera muy directa y clara: "Ama y haz lo que quieras". Así de sencillo es amar. Pero es cierto, es fácil de decir y difícil de hacer. Y esto es así porque es más fácil hacer otras cosas que nos tranquilicen acerca del cumplimiento de la ley y nos hagan sentirnos seguros y buenos frente a Dios que amar en serio; amar comprometiendo la seguridad y la tranquilidad personales.

Simplemente, hermanos, hay que amar. Dejemos de hacer distinciones inútiles. Amemos espontáneamente, sin reservas; sin reticencias ni intereses ajenos al amor. Más aún sin motivaciones ajenas al amor mismo; ni siquiera vale decir que amamos al prójimo por Dios. Notemos que el samaritano no tenía estas motivaciones que nosotros buscamos a veces de una manera falsamente  piadosa. El sí creía en Dios y en el amor, en cada hombre veía a un hermano y al mismo Dios. El trabajo que le ocasionó el herido y el dinero que le costo, no eran nada en comparación al amor.

El prójimo es, por sí mismo, digno de ser amado. De esto sí depende la salvación. Ésta es la manera más efectiva de cumplir la Ley y de anunciar el evangelio. Amar habla más que las palabras.

En la Eucaristía, como acabamos de ver, y lo decíamos al inicio de esta reflexión, mis queridos hermanos, Dios nos invita a revisar nuestra fe y sus expresiones. Y en esto del amor, mis hermanos, la contemplación de los misterios nos llevan experimentar el amor de Dios del cual tenemos en Cristo el mejor testimonio con su muerte y resurrección. Este amor de Cristo por todos, sin excluir a nadie; en el  amor totalmente gratuito de Dios que Él nos ofrece en su Hijo tenemos la mejor muestra del amor con que debemos vivir la verdadera religión y, mejor dicho, vivir como discípulos y misioneros de Jesucristo.

Que la Señora del Tepeyac, nuestra Muchachita, Santa María de Guadalupe que ha expresado en estas tierras el amor incondicional y total de Dios para nosotros, nos ilumine con su testimonio de fidelidad a Dios. Amén.

 
 
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