Hermanos, la Eucaristía nos reúne cada domingo para
examinarnos acerca de nuestra fe. Tenemos en ella un buen calibrador
de nuestra vida de creyentes. Esto es porque no solamente la Palabra
nos cuestiona ya de por sí, sino que toda la liturgia con todos
sus signos y acciones simbólicas nos hacen vivir más auténticamente
lo que celebramos. Demos, entonces, gracias a Dios por este
regalo de su amor que es la Eucaristía dominical por medio de la
cual contemplamos su obra realizada en su Hijo Jesucristo y es para
nosotros una llamada continua a acoger esa obra suya en actitud
de amor agradecido.
Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna? Le preguntó
un hombre a Jesús. Ese hombre no era un hombre cualquiera. San Lucas, el evangelista, nos
dice que era un hombre experto en la ley. No preguntaba porque
era ignorante, sino por ser insidioso. Dice san Lucas que
lo hacía para ponerle una trampa.
Tal vez nosotros sí nos hayamos preguntado alguna vez: ¿qué
tengo que hacer para ser bueno? ¿Qué debo hacer para salvarme?
Porque nos queda bien claro que si no somos buenos no nos vamos
a salvar. Eso lo hemos aprendido muy bien. Y probablemente, hermanos,
la respuesta que nos hemos dado ha sido un poco precipitada y
favorable; de manera que no nos hiciéramos demasiados problemas
y quedáramos tranquilos con Dios y con nosotros mismos. A lo mejor,
hermanos, la pregunta ha sido sincera, pero no siempre ha sido
así la respuesta.
Pero Jesús es muy directo en la respuesta. Puesto que el que
preguntaba era un buen conocedor de la Escritura cuyo meollo está
en la Ley, Jesús lo remite a ella para escudriñar qué dice, qué
manda. Una vez que responde, según su conocimiento, aquel hombre
pide, para justificarse, una explicación muy específica: ¿y quién
es mi prójimo?
¿Será muy difícil saber quién es el prójimo? ¿Qué no conocemos
a los que están cerca (próximos) de nosotros? Parece que un
judío del tiempo de Jesús consideraba prójimos sólo a los de la
familia y, a lo más, a los paisanos.
Sin embargo, Jesús, mediante una parábola, es decir,
una especie de comparación muy plástica, tan colorida como vivaz
y conmovedora, nos deja bien claro quién es el prójimo. No
sólo el que está más próximo, sino todavía más: el que está más
necesitado. Más aún Jesús da completamente la vuelta a la noción
del prójimo. El legista había preguntado “quien es un prójimo” –en
sentido pasivo- en este sentido los demás son mi prójimo, Jesús
le contesta: ¿de quien te muestras tú ser el prójimo? -en el sentido
activo- : en este sentido somos NOSOTROS LOS QUE ESTAMOS
O NO PRÓXIMOS A LOS DEMÁS. El prójimo, soy “yo”, cuando me acerco
con amor a los demás. Por tanto no debo preguntarme: ¿Quién es mi
prójimo? Sino, ¿Cómo seré yo el prójimo del otro, de cualquier otro
hombre? Cerca de mí. ¿Quiénes son los despreciados, mal considerados,
difíciles de amar?
Después de enviar a sus discípulos a la misión, san Lucas nos
presenta a Jesús enseñando acerca de su contenido o de su
objeto. Señala, este pasaje, que la misión consiste ante todo
en anunciar con palabras, pero todavía mejor, con hechos, que
la buena noticia consiste en vivir en el amor: en el amor a Dios
y al prójimo.
En la primera lectura el autor del Deuteronomio señala muy
contundentemente que la Ley está muy cerca del corazón
para cumplirla. Es algo que está inscrito en el ser mismo del
hombre. Y especialmente esta ley: la del amor.
No sería necesario hacer demasiadas elucubraciones para llevar
a la práctica este mandamiento; pero nosotros, que con mucha frecuencia
nos queremos evadir de este mandato tan elemental en la vida
humana y cristiana, buscamos complicar su comprensión con preguntas
que francamente no son otra cosa que pretextos para desentendernos
de él.
San Agustín de Hipona expresó la sencillez de este mandato
de Jesús de una manera muy directa y clara: "Ama y haz lo
que quieras". Así de sencillo es amar. Pero es cierto,
es fácil de decir y difícil de hacer. Y esto es así porque
es más fácil hacer otras cosas que nos tranquilicen acerca del cumplimiento
de la ley y nos hagan sentirnos seguros y buenos frente a Dios que
amar en serio; amar comprometiendo la seguridad y la tranquilidad
personales.
Simplemente, hermanos, hay que amar. Dejemos de hacer
distinciones inútiles. Amemos espontáneamente, sin reservas;
sin reticencias ni intereses ajenos al amor. Más aún sin motivaciones
ajenas al amor mismo; ni siquiera vale decir que amamos al prójimo
por Dios. Notemos que el samaritano no tenía estas motivaciones
que nosotros buscamos a veces de una manera falsamente piadosa.
El sí creía en Dios y en el amor, en cada hombre veía a un
hermano y al mismo Dios. El trabajo que le ocasionó el herido y
el dinero que le costo, no eran nada en comparación al amor.
El prójimo es, por sí mismo, digno de ser amado. De esto sí depende la salvación. Ésta
es la manera más efectiva de cumplir la Ley y de anunciar el evangelio.
Amar habla más que las palabras.
En la Eucaristía, como acabamos de ver, y lo decíamos al inicio de esta reflexión,
mis queridos hermanos, Dios nos invita a revisar nuestra fe y
sus expresiones. Y en esto del amor, mis hermanos, la contemplación
de los misterios nos llevan experimentar el amor de Dios del
cual tenemos en Cristo el mejor testimonio con su muerte y resurrección.
Este amor de Cristo por todos, sin excluir a nadie; en el amor
totalmente gratuito de Dios que Él nos ofrece en su Hijo tenemos
la mejor muestra del amor con que debemos vivir la verdadera
religión y, mejor dicho, vivir como discípulos y misioneros de
Jesucristo.
Que la Señora del Tepeyac, nuestra Muchachita, Santa María
de Guadalupe que ha expresado en estas tierras el amor incondicional
y total de Dios para nosotros, nos ilumine con su testimonio
de fidelidad a Dios. Amén.