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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXIII Domingo Ordinario.

9 de septiembre de 2007

"SI DIOS QUIERE" SIGNIFICA OPTAR POR DIOS

Hermanos: Bendito y alabado sea nuestro Dios y Señor que nos ha revelado en Cristo su misterio y su plan de salvación para todos los que creemos en el Él. También nos ha dado el don de la libertad para buscar su voluntad y realizarla con su gracia en nuestra vida.

"Si Dios quiere" decimos en nuestro lenguaje coloquial cuando nos proponemos algo: un encuentro, un proyecto, simplemente algo que  intentamos emprender y queremos alcanzar con la ayuda de Dios. "Si Dios quiere" es una frase condicional con la que reconocemos la voluntad soberana de Dios, así como la conciencia en la fe de que estamos en sus manos; y de que Él, que todo lo ve y puede, quiere sólo nuestro bien. "Si Dios quiere" expresa en la humildad -la que nos pedía el domingo pasado- una actitud sabia y prudente, común a la gente sencilla.

Pero me parece, queridos hermanos, que la frase no expresa una actitud providencialista que se desentendiera de la responsabilidad y la cooperación humana mediante la libre participación en el devenir de los acontecimientos. Al contrario, supone que el creyente hace lo que le toca, pero que Dios, en cuyas manos está nuestra vida, tiene la última palabra porque es el Señor de la historia.

Además, "si Dios quiere" no excluye que el creyente quiera y pueda indagar cuál es la voluntad de Dios. Al contrario, los verdaderos creyentes queremos hacer su voluntad; y de hecho buscamos conocer cuál es para hacer lo necesario y adecuarnos a ella de la manera más consciente y responsable posible. ¿Y cómo vamos a saber lo que Dios quiere? 

Si se trata, mis queridos hermanos, de centrar la vida en el proyecto de Dios, en su voluntad amorosa y sabia, tenemos, en primer lugar el recurso de su Palabra, la cual se nos da por diversos caminos, especialmente la Escritura, la enseñanza de Iglesia y la vida misma de cada uno.

De adecuarnos al plan divino depende, no el éxito -como proponen los criterios puramente mundanos-, sino, algo más importante y decisivo: captar el sentido más profundo de nuestra existencia, individual y universal. Frente a esto, que verdaderamente vale, muchas actitudes muy comunes entre nosotros­ -como ser los primeros, tener buena salud, alcanzar cierto nivel económico, etc.- todo eso, no es más que algo engañoso e inútil, y más temprano que tarde, es fuente de frustraciones y profundas desilusiones.

Entonces, mis queridos hermanos, es de primordial importancia el que busquemos, hasta donde es posible, indagar la voluntad de Dios. Su voluntad es que todos nos salvemos, pero coincidir con esa soberana voluntad  suya tiene sus propias exigencias.  Y de estas exigencias nos habla hoy el Señor Jesús en su evangelio.

Para alcanzar el Reino de Dios es indispensable obedecer a la llamada de Jesús, y para seguirlo es muy importante dejarlo todo y caminar por el camino trazado por la cruz. Pero esto sólo se puede hacer después de un profundo discernimiento y de una opción radical para lo cual es necesaria la sabiduría que sólo nos puede venir del Espíritu de Dios, según nos lo quiere hacer entender la primera lectura en el libro de la Sabiduría.

¿Quién conocerá tu designio, si no le das sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo? dice el texto de la primera lectura, y efectivamente, hermanos, es lo único que necesitamos para que nuestra voluntad se incline por seguir a Jesús. Sin ese Espíritu de amor, no tenemos motivos válidos para renunciar a todo lo que nos impide seguir a Jesús. No se puede tener todo en la vida y, para seguir a Jesús, se da el caso de que muchas cosas tan queridas para nosotros, porque nos dan seguridad, en algún momento llegan a ser incompatibles con la opción por Él. Es importante saber decidir sobre lo que tenemos que dejar atrás, hasta por salud mental. Sobre todo si se trata de seguir a Jesús.

Ser discípulos de Cristo, mis hermanos, es un compromiso muy serio y profundo que no admite actuar superficialmente. Por aquí va, me parece, la enseñanza de Jesús el día de hoy. La fe cristiana exige vivirse a profundidad en el amor a Dios y al prójimo. Ésta es característica del seguimiento de Cristo: el amor. No se trata de dejar sólo por dejar, sino de desprendernos de todo lo aquello que nos impide ser libres para el amor a Dios y al prójimo.

Entonces sí, hermanos, libres hasta de nosotros mismos y de los lazos de la sangre, podremos decir con toda autenticidad: "si Dios quiere"; pues lo que nos importa es lograr que nuestra voluntad, liberada de la ceguera o de la miopía, así como de la soberbia y de anhelos desmedidos, llegue a coincidir con la voluntad de Dios en la obediencia. Todo esto sólo se logra, mis hermanos, con tiempo, paciencia y humildad, porque Dios, que es Señor de nuestra historia, nos va llevando, no sin nuestra cooperación, con su misericordia y su amor por los caminos de su providencia.

En la  Eucaristía de cada domingo, hermanos míos, continuamos en ese proceso permanente de adhesión cada vez más madura y radical a Jesucristo mientras contemplamos su obra redentora en el sacrificio de la cruz. Cada domingo confirmamos nuestra opción por Cristo. Y lo hacemos renunciando a lo que espontáneamente se nos va presentando como alternativa para nuestra propia realización pero que puede estar al margen o, peor, contra el proyecto amoroso de Dios. Muriendo y resucitando, como lo hizo Cristo, vamos viviendo y celebrando la fe mientras nos comprometemos con nuestras tareas en el mundo.

Nuestra Muchachita y  Dulce Señora del Cielo: Santa María de Guadalupe, Nuestra Madre y maestra, nos enseña a dejarlo todo para seguir a Jesús por encima de cualquier otra propuesta. Amén.

 
 
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