"SI DIOS QUIERE" SIGNIFICA
OPTAR POR DIOS
Hermanos: Bendito y alabado sea nuestro Dios y Señor que
nos ha revelado en Cristo su misterio y su plan de salvación para
todos los que creemos en el Él. También nos ha dado el don
de la libertad para buscar su voluntad y realizarla con su gracia
en nuestra vida.
"Si Dios quiere" decimos en nuestro lenguaje coloquial cuando nos proponemos
algo: un encuentro, un proyecto, simplemente algo que intentamos
emprender y queremos alcanzar con la ayuda de Dios. "Si
Dios quiere" es una frase condicional con la que reconocemos
la voluntad soberana de Dios, así como la conciencia en la fe
de que estamos en sus manos; y de que Él, que todo lo ve y
puede, quiere sólo nuestro bien. "Si Dios quiere" expresa
en la humildad -la que nos pedía el domingo pasado- una actitud
sabia y prudente, común a la gente sencilla.
Pero me parece, queridos hermanos, que la frase no expresa
una actitud providencialista que se desentendiera de la responsabilidad
y la cooperación humana mediante la libre participación en el
devenir de los acontecimientos. Al contrario, supone que el
creyente hace lo que le toca, pero que Dios, en cuyas manos está
nuestra vida, tiene la última palabra porque es el Señor de la
historia.
Además, "si Dios quiere" no excluye que el creyente
quiera y pueda indagar cuál es la voluntad de Dios. Al contrario,
los verdaderos creyentes queremos hacer su voluntad; y de hecho
buscamos conocer cuál es para hacer lo necesario y adecuarnos
a ella de la manera más consciente y responsable posible. ¿Y
cómo vamos a saber lo que Dios quiere?
Si se trata, mis queridos hermanos, de centrar la vida en el
proyecto de Dios, en su voluntad amorosa y sabia, tenemos,
en primer lugar el recurso de su Palabra, la cual se nos da por
diversos caminos, especialmente la Escritura, la enseñanza
de Iglesia y la vida misma de cada uno.
De adecuarnos al plan divino depende, no el éxito -como proponen
los criterios puramente mundanos-, sino, algo más importante y
decisivo: captar el sentido más profundo de nuestra existencia,
individual y universal. Frente a esto, que verdaderamente
vale, muchas actitudes muy comunes entre nosotros -como ser los
primeros, tener buena salud, alcanzar cierto nivel económico,
etc.- todo eso, no es más que algo engañoso e inútil, y
más temprano que tarde, es fuente de frustraciones y profundas
desilusiones.
Entonces, mis queridos hermanos, es de primordial importancia
el que busquemos, hasta donde es posible, indagar la voluntad
de Dios. Su voluntad es que todos nos salvemos, pero coincidir
con esa soberana voluntad suya tiene sus propias exigencias.
Y de estas exigencias nos habla hoy el Señor Jesús en su evangelio.
Para alcanzar el Reino de Dios es indispensable obedecer a
la llamada de Jesús, y para seguirlo es muy importante dejarlo
todo y caminar por el camino trazado por la cruz. Pero esto sólo se puede hacer después de un profundo discernimiento
y de una opción radical para lo cual es necesaria la sabiduría
que sólo nos puede venir del Espíritu de Dios, según nos lo quiere
hacer entender la primera lectura en el libro de la Sabiduría.
¿Quién conocerá tu designio, si no le das sabiduría enviando
tu santo Espíritu desde el cielo? dice el texto de la primera lectura, y efectivamente, hermanos,
es lo único que necesitamos para que nuestra voluntad se incline
por seguir a Jesús. Sin ese Espíritu de amor, no tenemos motivos
válidos para renunciar a todo lo que nos impide seguir a Jesús.
No se puede tener todo en la vida y, para seguir a Jesús, se da
el caso de que muchas cosas tan queridas para nosotros, porque
nos dan seguridad, en algún momento llegan a ser incompatibles
con la opción por Él. Es importante saber decidir sobre lo
que tenemos que dejar atrás, hasta por salud mental. Sobre
todo si se trata de seguir a Jesús.
Ser discípulos de Cristo, mis hermanos, es un compromiso muy serio y profundo
que no admite actuar superficialmente. Por aquí va, me parece,
la enseñanza de Jesús el día de hoy. La fe cristiana exige vivirse
a profundidad en el amor a Dios y al prójimo. Ésta es característica
del seguimiento de Cristo: el amor. No se trata de dejar sólo
por dejar, sino de desprendernos de todo lo aquello que nos
impide ser libres para el amor a Dios y al prójimo.
Entonces sí, hermanos, libres hasta de nosotros mismos y de
los lazos de la sangre, podremos decir con toda autenticidad:
"si Dios quiere"; pues lo que nos importa es
lograr que nuestra voluntad, liberada de la ceguera o de la
miopía, así como de la soberbia y de anhelos desmedidos, llegue
a coincidir con la voluntad de Dios en la obediencia. Todo
esto sólo se logra, mis hermanos, con tiempo, paciencia y humildad,
porque Dios, que es Señor de nuestra historia, nos va llevando,
no sin nuestra cooperación, con su misericordia y su amor por
los caminos de su providencia.
En la Eucaristía de cada domingo, hermanos míos, continuamos
en ese proceso permanente de adhesión cada vez más madura y
radical a Jesucristo mientras contemplamos su obra redentora en
el sacrificio de la cruz. Cada domingo confirmamos nuestra
opción por Cristo. Y lo hacemos renunciando a lo que espontáneamente
se nos va presentando como alternativa para nuestra propia realización
pero que puede estar al margen o, peor, contra el proyecto amoroso
de Dios. Muriendo y resucitando, como lo hizo Cristo, vamos
viviendo y celebrando la fe mientras nos comprometemos con nuestras
tareas en el mundo.
Nuestra Muchachita y Dulce Señora del Cielo: Santa María de
Guadalupe, Nuestra Madre y maestra, nos enseña a dejarlo todo
para seguir a Jesús por encima de cualquier otra propuesta.
Amén.