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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXII Domingo Ordinario.

2 de septiembre de 2007

TANTO MÁS HUMILDE CUANTO MÁS GRANDE

Hermanos, la humildad es uno se los valores mas altos del Reino del cual somos llamados  formar parte. Pero esta virtud es especialmente difícil porque mientras más la buscamos y practicamos corremos el riesgo de jactarnos orgullosamente ser humildes, con lo cual  entramos en contradicción. Pero, no lo olvidemos: Ser humildes es una exigencia del Reino, para aceptarlo y para permanecer en él.

Es lo que nos señala la Palabra de Dios en los textos de la Sagrada Escritura que hoy se ha proclamado en la asamblea dominical.

El libro del Sirácide, llamado comúnmente Eclesiástico, es una obra que pertenece al conjunto de libros conocidos como 'sapienciales', esto es, libros que nos transmiten una sabiduría de lo más común que podemos encontrar, pero que comúnmente no sabemos escuchar. Se trata de la sabiduría popular y tan ordinaria que hasta nos podemos preguntar con justa razón: ¿cómo es posible que algo tan ordinario se haya incluido como texto inspirado y que, por eso,  contiene la Palabra de Dios? Parece que la respuesta está en que precisamente Dios nos quiere mostrar cómo en la consideración de las cosas más simples y tan sencillas como ordinarias, Él hace oír su voz.

Pues bien, hermanos, en los libros sapienciales, tenemos ante todo una sabiduría muy cercana a la experiencia humana. Es el resultado de la observación de los comportamientos sociales más comunes, pero tan llenos de enseñanzas. Y en esas situaciones sociales el autor nos hace notar cómo siempre estamos tentados a colocarnos unos por encima de otros. En ese contexto de reflexión sapiencial, el autor nos señala precisamente que el sabio, el verdadero sabio, medita los proverbios y desea estar siempre a la escucha de los sabios. Por eso el autor elogia, en este texto, la humildad ante Dios, pero también ante los demás.

En el evangelio, Jesús por su parte, nos enseña que la humildad es un elemento necesario para aceptar y para entrar al Reino. Y, en su contexto, Jesús hace esta enseñanza en una comida a la que él ha sido invitado por un fariseo con intenciones torcidas; como solían actuar los fariseos hipócritas.

El texto dice que Jesús observaba cómo los invitados escogían los primeros lugares, comportamiento que Jesús desaprueba con un comentario que hace mediante una parábola cuyo comentario final no podemos dejar pasar por desapercibido: cualquiera que se exalta será humillado, y quien se humilla será enaltecido.

Pero, como en otras ocasiones, mis hermanos, es necesario también hoy entender correctamente lo que se nos enseña. Porque, como acabamos de decir, al empezar esa reflexión, el tema de la humanidad nos coloca en un terreno muy resbaladizo. De hecho, me parece, mis hermanos, que debemos estar atentos a buscar y, mejor, a pedir la virtud de la humildad como un don y no como una conquista propia. Pues corremos el peligro de pedirla como un valor en sí misma evitando sufrir lo que trae consigo: la humillación; y bien sabemos, si contemplamos la vida del Señor Jesús, que eso es imposible. De manera, mis hermanos, que sin la humillación, no es virtud, sino soberbia disfrazada.

En efecto, mis hermanos, se puede dar el caso de que incluso provoquemos ser humillados para sentirnos virtuosos y santos, no olvidemos la imagen del 'hipócrita virtuoso' que muy bien caracteriza Molière en su comedia cómica el Tartufo. Es que, como ya hemos dicho, al buscar ser humildes, podemos estar buscando calculadamente, otras cosas. En el lenguaje coloquial solemos decir que alguien 'se tira para que lo levanten'. Y pude suceder que ¡nadielo levante! Y ¡vaya frustración! Más temprano que tarde saldrá la verdad de las intenciones de quienes posan como humildes.

Mejor sería, entonces, sencillez y contentamiento, así como gratitud por lo que se es y lo que se tiene. Par ello, mis hermanos, es muy útil conocerse a sí mismo con humildad para aceptar lo que somos o como somos. La humildad es la verdad. Y la verdad es que todos tenemos límites en lo que somos, podemos y tenemos. Esto es sabiduría; y sabiduría evangélica. Cristo, el Hombre- Dios, vino a ponernos en nuestro lugar: eres hombre, miserable, pobre, finito. Eres grande, pero delante de Dios eres nada. Si amas a Dios entrañablemente serás como Él, y lo encontrarás en los demás y los amarás como a Él.

No utilices a los demás para tu beneficio; no desprecies a tu hermano porque es menos dotado que tú; no busques a quienes te pueden servir de escalón para medrar. Ser humildes es el hombre que ante Dios y ante los demás se siente pequeño. Humilde es aquel que ayuda en las necesidades, que humaniza la ciudad, que alegra a su familia, que es amigo de sus amigos y no tiene a nadie por enemigo. Es orgulloso el que avasalla “porque las puede”; el que roba porque “me han puesto aquí y sería un tonto si no me aprovechara”; el que es “muy macho” y atropella a los débiles. El que no vive en la amistad de Dios y de los hombres es un ser orgulloso. El no produce bombas ni aparatos complicados, pero también mata el amor. ¡El hombre es tan grande en Dios y tan pequeño en su orgullo” 

Como discípulos de Cristo, no tenemos otro modelo de humildad auténtica que el que Él mismo nos ofrece. Y como Él, entonces, hemos de escoger, antes que aparecer para ser vistos, servir y especialmente a los marginados de cualquier clase, porque ellos no nos van servir de escalón o plataforma para subir y ser vistos y aplaudidos, al contrario, muchas veces se nos criticará por no aprovechar oportunidades que según el criterio del mundo nos dan brillo, nos aseguran el éxito y, por eso nos hacen importantes.

Esto es lo que hoy Cristo nos enseña: que la verdadera riqueza está en la pobreza y en el servicio, que la verdadera fuerza está en lo que el mundo considera debilidad, que la libertad más auténtica está en hacerse esclavos y que, en fin, la verdadera vida se gana perdiéndola.

Esta es la sabiduría que celebramos y buscamos hacer nuestra en cada una de las actualizaciones del Sacrificio de la Cruz que se dan en la celebración de la Eucaristía cada domingo. La asamblea dominical en torno a Cristo y ante le Padre nos congrega a los hermanos como miembros de un solo pueblo: el nuevo pueblo cuya cabeza es Cristo que  nos enseña con su vida, entregada por amor, a servirnos unos a otros ocupando lo últimos lugares. Estos son los valores del Reino. No son la competencia y la rivalidad por ocupar los primeros lugares, no es la arrogancia del que se siente poderoso y con derechos sobre los demás, para imponer su propios y, por cierto, muy cortos, puntos de vista. De esto tenemos mucho en nuestra sociedad en la cual tenemos que vivir contra la corriente con el auxilio que se nos da por el Espíritu Santo que hemos recibido.

Amén.

 
 
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