CREER FIRMEMENTE QUE TODO ES DON
Bendigamos a Dios, nuestro Padre, que misericordiosamente nos
ha llamado a salvarnos por la fe en su Hijo Jesucristo mientras
caminamos a la patria que nos ha adquirido por su muerte y resurrección.
Hermanos, este domingo, la Palabra de Dios nos ofrece
dos temas de reflexión que aparentemente no tienen relación
entre si, pero en realidad van estrechamente unidos.
El primero es sobre la fe, mientras el segundo va en
la línea de la humildad en el servicio. Probablemente deberíamos
detenernos en el primero, ya que la primera lectura nos lo sugiere
en la respuesta que da Dios al profeta Habacuc: el justo vivirá
por su fe y por la brevísima enseñanza de Jesús a sus apóstoles
en el evangelio de hoy; pero el segundo tema, el del servicio
fiel y desinteresado, es muy importante y va muy unido al
primero porque es precisamente expresión de la verdadera fe. Repasemos
cada una de las lecturas por las que Dios nos hace crecer en su
conocimiento.
La primera lectura tomada del profeta Habacuc hay que
situarla en los tiempos del tirano rey Joaquín. Habacuc se
lamenta con Dios por la cantidad de injusticias que ve en el pueblo:
rapiña, violencia, rebeliones y violencias de toda clase. Dios
le responde que mandará contra ellos como castigo a los caldeos;
pero el profeta, en la parte del texto que no se lee hoy,
le hace notar a Dios que eso empeorará la situación y que van
a pagar justos por pecadores, a lo que Dios responde que debe
estar tranquilo ya que sólo sucumbirá quien no es recto y justo,
pues éste vivirá por su fe, es decir, se salvará quien crea firmemente
que Dios puede y quiere salvar. Según el texto profético, fe equivale
a confianza total en Dios, que salva a quien pone su confianza
en El, mientras que se perderán quienes son arrogantemente
autosuficientes.
De manera que, a pesar de no ver salida a la situación, pues
sobrepasa a las fuerzas humanas, al hombre le queda
la fe, es decir, tiene la posibilidad de vivir en un ámbito
diferente y superior a lo que el ser humano puede y, con ello,
alcanzar lo que anhela legítimamente. Pero esa fe, no es algo
abstracto, como muchas veces la entendemos, mis hermanos; sino
es la fe que tiene por objeto a Dios. Es creer en Dios y creerle
a Dios, y par nosotros los cristianos es creer en Jesucristo
y dejarnos llevar por sus enseñanzas y por su exigencias con lo
cual la fe es también obediencia.
En el evangelio, mis hermanos, esta fe se nos presenta como
un don, aunque un don que podemos y debemos incrementar. ¿Y
cómo crece la fe? Teóricamente es fácil: simplemente dejándola
actuar. Pero también, y puesto que es un don, se debe pedir
a Dios que la aumente. Por eso piden los apóstoles: auméntanos
la fe. "Jesús supone que la fe que por el momento tienen
los apóstoles no llega ni siquiera a un grano de mostaza",
pero indica que "la actitud fundamental del discípulo
es precisamente pedir: 'auméntanos la fe'. Pues bien, esa
fe, con todas sus posibilidades de desarrollo, tiene poderes ilimitados
si es genuinamente cristiana" (Joseph A. Fitzmyer, 'El Evangelio
según san Lucas', III, 720).
La segunda enseñanza va orientada también en relación con la
fe en cuanto que nos invita a considerarla ante todo como un don.
Y es aquí, mis hermanos donde hemos de detenernos para alguna
consideraciones que tienen que ver con la forma como creemos.
Con mucha frecuencia nos movemos en la actitud de una fe interesada.
Creemos para obtener algo: "ten mucha fe y conseguirás tal
cosa" solemos al menos escuchar, si es que no lo decimos
nosotros mismos. Pero la enseñanza de Jesús es que no debemos
olvidar que sólo somos siervos y, que por tanto aún cuando hagamos
todo tal como se nos ordenó (lo cual está por verse), no podemos
esperar recompensa alguna.
Esto nos lleva a caer en la cuenta de que antes que exigir,
tenemos que agradecer por todos los bienes que se nos dan gratuitamente.
Como creyentes, no debemos olvidar que el máximo bien que hemos
recibido es la salvación que se nos ha dado en la persona
y en el misterio de nuestro Salvador, Jesucristo. No es
algo que se gana o se merece, sino simplemente se agradece. Servir
al Señor es un don inmerecido y eso nos basta. Esto es el meollo
de la fe. Así que, queridos hermanos, revisemos nuestra manera
de creer: ¿es ante todo obediencia? ¿Hay en nuestra fe entrega
total, confiada y agradecida? ¿Es disponibilidad plena para la
obra del Reino?
Esa fidelidad a la que se refiere el profeta Habacuc se deja
apreciar en toda su profundidad en los ejemplos vivos de los
apóstoles que suplican y en el fiel servidor de la parábola
con que nos instruye y nos educa Jesús.
La
Eucaristía alcanza su verdadero sentido y toda
su riqueza sólo en la fe. Esa con la que nos acercamos a celebrar y a vivir el misterio del amor
de Dios que se nos entrega en la muerte de su Hijo como don supremo
e inigualable. Agradezcamos el don de la Eucaristía que nutre
y aumenta nuestra fe cada domingo, y desde luego, que ¡no
se trata de cantidad sino de calidad! En cada Eucaristía puede
darse ese milagro, ¡un verdadero milagro que cada vez sea más
profunda y madura nuestra fe!
Nuestra Muchachita y Dulce Madre Señora, la Virgen de Guadalupe
quien siempre creyó con fe absoluta, que siempre supo decir
Sí a Dios, nos muestra el modo de crecer en la fe a
través de la docilidad al Espíritu Santo. Amén.