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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXVII Domingo Ordinario.

7 de octubre de 2007

CREER FIRMEMENTE QUE TODO ES DON

Bendigamos a Dios, nuestro Padre, que misericordiosamente nos ha llamado a salvarnos por la fe en su Hijo Jesucristo mientras caminamos a la patria que nos ha adquirido por su muerte y resurrección. 

Hermanos, este domingo, la Palabra de Dios nos ofrece dos temas de reflexión que aparentemente no tienen relación entre si, pero en realidad van estrechamente unidos.

El primero es sobre la fe, mientras el segundo va en la línea de la humildad en el servicio. Probablemente deberíamos detenernos en el primero, ya que la primera lectura nos lo sugiere en la respuesta que da Dios al profeta Habacuc: el justo vivirá por su fe y por la brevísima enseñanza de Jesús a sus apóstoles en el evangelio de hoy; pero el segundo tema, el del servicio fiel y desinteresado, es muy importante y va muy unido al primero porque es precisamente expresión de la verdadera fe. Repasemos cada una de las lecturas por las que Dios nos hace crecer en su conocimiento.

La primera lectura tomada del profeta Habacuc hay que situarla en los tiempos del tirano rey Joaquín. Habacuc se lamenta con Dios por la cantidad de injusticias que ve en el pueblo: rapiña, violencia, rebeliones y violencias de toda clase. Dios le responde que mandará contra ellos como castigo a los caldeos; pero el profeta, en la parte del texto que no se lee hoy, le hace notar a Dios que eso empeorará la situación y que van a pagar justos por pecadores, a lo que Dios responde que debe estar tranquilo ya que sólo sucumbirá quien no es recto y justo, pues éste vivirá por su fe, es decir, se salvará quien crea firmemente que Dios puede y quiere salvar. Según el texto profético, fe equivale a confianza total en Dios, que salva a quien pone su confianza en El, mientras que se perderán quienes son arrogantemente autosuficientes.

De manera que, a pesar de no ver salida a la situación, pues sobrepasa a las fuerzas humanas, al hombre le queda la fe, es decir, tiene la posibilidad de vivir en un ámbito diferente y superior a lo que el ser humano puede y, con ello, alcanzar lo que anhela legítimamente. Pero esa fe, no es algo abstracto, como muchas veces la entendemos, mis hermanos; sino es la fe que tiene por objeto a Dios. Es creer en Dios y creerle a Dios, y par nosotros los cristianos es creer en Jesucristo y dejarnos llevar por sus enseñanzas y por su exigencias con lo cual la fe es también obediencia.

En el evangelio, mis hermanos, esta fe se nos presenta como un don, aunque un don que podemos y debemos incrementar. ¿Y cómo crece la fe? Teóricamente es fácil: simplemente dejándola actuar. Pero también, y puesto que es un don, se debe pedir a Dios que la aumente. Por eso piden los apóstoles: auméntanos la fe. "Jesús supone que la fe que por el momento tienen los apóstoles no llega ni siquiera a un grano de mostaza", pero indica que "la actitud fundamental del discípulo es precisamente pedir: 'auméntanos la fe'. Pues bien, esa fe, con todas sus posibilidades de desarrollo, tiene poderes ilimitados si es genuinamente cristiana" (Joseph A. Fitzmyer, 'El Evangelio según san Lucas', III, 720).

La segunda enseñanza va orientada también en relación con la fe en cuanto que nos invita a considerarla ante todo como un don. Y es aquí, mis hermanos donde hemos de detenernos para alguna consideraciones que tienen que ver con la forma como creemos. Con mucha frecuencia nos movemos en la actitud de una fe interesada. Creemos para obtener algo: "ten mucha fe y conseguirás tal cosa" solemos al menos escuchar, si es que no lo decimos nosotros mismos. Pero la enseñanza de Jesús es que no debemos olvidar que sólo somos siervos y, que por tanto aún cuando hagamos todo tal como se nos ordenó (lo cual está por verse), no podemos esperar recompensa alguna.

Esto nos lleva a caer en la cuenta de que antes que exigir, tenemos que agradecer por todos los bienes que se nos dan gratuitamente. Como creyentes, no debemos olvidar que el máximo bien que hemos recibido es la salvación que se nos ha dado en la persona y en el misterio de nuestro Salvador, Jesucristo. No es algo que se gana o se merece, sino simplemente se agradece. Servir al Señor es un don inmerecido y eso nos basta. Esto es el meollo de la fe. Así que, queridos hermanos, revisemos nuestra manera de creer: ¿es ante todo obediencia? ¿Hay en nuestra fe entrega total, confiada y agradecida? ¿Es disponibilidad plena para la obra del Reino?

Esa fidelidad a la que se refiere el profeta Habacuc se deja apreciar en toda su profundidad en los ejemplos vivos de los apóstoles que suplican y en el fiel servidor de la parábola con que nos instruye y nos educa Jesús.

La Eucaristía alcanza su verdadero sentido y toda su riqueza sólo en la fe. Esa con la que nos acercamos a celebrar y a vivir el misterio del amor de Dios que se nos entrega en la muerte de su Hijo como don supremo e inigualable. Agradezcamos el don de la Eucaristía que nutre y aumenta nuestra fe cada domingo, y desde luego, que ¡no se trata de cantidad sino de calidad! En cada Eucaristía puede darse ese milagro, ¡un verdadero milagro que cada vez sea más profunda y madura nuestra fe!

Nuestra Muchachita y Dulce Madre Señora, la Virgen de Guadalupe quien siempre creyó con fe absoluta, que siempre supo decir Sí a Dios,  nos muestra el modo de crecer en la fe a través de la docilidad al Espíritu Santo. Amén.

 
 
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