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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXXIII Domingo Ordinario.

18 de noviembre de 2007 

JESÚS INAUGURÓ LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

Hermanos, nuestro Dios es un Dios de amor. Y esto es verdad hasta en el hecho de que no puede salvar al hombre sin contar con él pues, aunque la salvación es un don suyo, quiere que prácticamente éste sea dueño de su propio destino. Se responsabilice de sí mismo. Podemos considerar como una gran verdad que la salvación es resultado de una alianza a la que concurren dos fidelidades: la humana y la divina.

 

Sabemos que Dios es siempre fiel y nunca falla y que, en cambio, no resulta así con la criatura humana. Ya en la historia de Israel vemos que Dios es siempre fiel pero no el pueblo. Por eso las lecturas de este domingo nos hacen caer en la cuenta de que nuestra salvación, por más que es querida por Dios, no puede verse como algo mágico o automático que dependa sólo de Dios sino que nuestra participación activa en ella es determinante. Se trata de una verdad cristiana que san Agustín resumió brillantemente con la afirmación: "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti" y diría yo aún más para eliminar toda duda, todavía menos, contra tu voluntad. La salvación del hombre implica su libertad. Veamos cómo nos lo enseña la Palabra de Dios a través de las lecturas de hoy.

 

El profeta Malaquías, hacia el año 450 antes de Cristo, pronuncia un oráculo como el del Jesús en el evangelio, de estilo apocalíptico. Es determinante, como siempre, caer en la cuenta de este género que exige una atención muy estricta para entender el mensaje. El contexto del mensaje del profeta es que en esos tiempos y desde el regreso del exilio, los judíos pasaban por fuerte crisis de todo tipo: económica, pues veían cómo la prosperidad de unos cuantos se daba frente a las carencias de la mayoría: política, porque estaban sometidos al poder de los persas; y religiosa, porque muchos se preguntaban si valía la pena observar la ley puesto que veían cómo prosperaban quienes se desentendían de la observancia de la Ley, mientras que los justos sufrían persecuciones y no veían ni siquiera el frutos de su trabajo. En esas circunstancias, el profeta anuncia de parte de Dios su venida como un fuego que hará arder a los judíos infieles, mientras que será causa de salvación par los que perseveran en la fidelidad, en la justicia y en la práctica de la verdadera religión.

 

En el evangelio, y a semejanza de Malaquías, san Lucas nos transmite una enseñanza de Jesús sobre la perseverancia en la práctica de la fe en medio de las persecuciones y dificultades que se presentan a lo largo de la vida como creyentes. El lenguaje, como ya lo hemos señalado es el propio del género apocalíptico que es a base de imágenes muy impresionantes y en momentos terribles. Entonces, mis queridos hermanos, es muy conveniente recordar que esta forma de hablar no es para causar terror en los oyentes sino, al contrario, para invitar a la esperanza; para alentar en la perseverancia, ante la certeza de que el bien siempre triunfará sobre el mal, pues claramente nos dice: con su perseverancia alcanzarán la vida eterna.

 

Mis hermanos, con frecuencia, al ver a nuestro alrededor tanta injusticia, tan profunda desigualdad social, y que cada vez se hace más profunda, la desesperante impunidad, la violencia cada vez más común y frecuente, la deshonestidad de las autoridades, tantos discursos carentes de autenticidad por las evidencias de la realidad, tan gran desprecio por la vida de los demás... nos quedamos desconcertados, especialmente nuestros jóvenes y niños que no le ven sentido a la práctica de la virtud y de los valores en general, incluidos los cristianos.

 

Por lo mismo nos da por buscar soluciones o respuestas a situaciones y a preguntas profundamente existenciales pretendiendo encontrarlas en las propuesta de la gama más variada: en las sectas (que también nos hablan de Cristo, y por cierto, 'muy bonito'), en el esoterismo, en el tan de moda misticismo oriental, en la magia, en fin en tantas creencias de índole sincretista, como la new age...

 

Ante estas ofertas Jesús nos dice: nos los oigan, no los sigan, que nos lo aterroricen. Todo esto tiene que suceder, pero no es el fin. Todo esto, hermanos, que nos puede suceder en cualquier momento, primero lo sufrió ya nuestro Señor. Nosotros no estamos exentos de padecerlo. Pero pidamos su gracia para superar toda clase de situaciones que nos puedan desviar de nuestra fidelidad a Cristo.

 

Para esto, mis hermanos, tenemos una gran ayuda en la eucaristía, especialmente en la dominical que es la celebración por excelencia del pueblo cristiano. En ella continuamente como hoy, el Señor nos va educando y ayudando a profundizar en la fe y en la capacidad de asumir nuestra responsabilidad en la propia salvación y en la de nuestros hermanos.

 

Nuestra Señora; la Dulce Señora del Cielo, la forjadora de la fe; camino seguro para seguir a Cristo,  la  que quiso hacerse presente en nuestros suelos, nos acompañe con su maternal intercesión y su ejemplo misionero. Amén.

 

 
 
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