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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXXII Domingo Ordinario.

11 de noviembre de 2007

ESPERO LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS Y LA VIDA DEL MUNDO FUTURO

 

Alabemos, hermanos, al Dios de la vida; al Dios que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva; para que viva en la plenitud que Él nos ha deparado desde la eternidad. Una vida diferente y superior que hoy nos va preparando y que alcanzaremos con la muerte como don de su misericordia.

 

Este domingo comienza la fase final del año litúrgico. Estos tres domingos con los que termina el año tienen en común que nos invitan a la reflexión sobre el desenlace de la Historia. En éste se nos propone el tema de la resurrección de los muertos, el siguiente se nos presenta el tema de la segunda y definitiva venida de Jesús y, finalmente, el último domingo de este mes celebraremos a Cristo, Rey del Universo que nos promete el Paraíso.

 

La historia, mis hermanos, la general y la personal, tiene un desenlace que comienza con la muerte. Para la fe es eso, un comienzo; pues no termina todo con ella, sino que, como los proclamamos cada domingo en el credo, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

 

Estamos afirmando con esto, mis hermanos, que esta vida presente no lo es todo. Si fuera así, no valdría la pena, porque todo terminaría con la muerte. Todos  nuestros afanes y proyectos, por más nobles que fueran, carecerían de sentido. No, los creyentes pensamos que hay algo más allá de la muerte. Más aún, hay Alguien que nos espera en un encuentro de amor que da plenitud y sentido a todo: el encuentro definitivo con el Dios de la vida.

 

La resurrección de los muertos tiene su fundamento en la fidelidad del Dios de la Alianza; esa alianza que selló en el amor con la humanidad a través de su Hijo Jesucristo. Dios, en efecto, nos creó para ser eternamente felices. Y esto lo alcanzamos sólo junto a Él después de la muerte. De hecho durante la vida que nos toca vivir a todos como humanidad o individualmente vamos comprobando que todo está inacabado. Si no creyéramos en la resurrección viviríamos en la frustración permanente, en el fracaso y en la desilusión, en una palabra, en una tristeza existencial. Los invito, queridos hermanos, a ver cómo nos expresan estas verdades de fe las lecturas de este domingo.

 

Tenemos en el segundo libro de los Macabeos, la primera vez que se afirma en Israel la esperanza de la resurrección de todos los justos; aunque estrictamente hablando, el autor (segunda mitad del s. II a.C.) sólo la refiere a los mártires, la creencia irá progresando hasta afirmarla para todos los que mueren en al amistad con Dios. Tal como se creía en tiempos de Jesús. Para nosotros los cristianos la condición es la fidelidad a Dios mediante la fe, con la consecuencia de que Dios nos dará su propia vida. Esa es la diferencia entre la fe judía y la fe cristiana: La vida eterna no es prolongación de la vida terrena, sino la vida en Dios.

 

Así nos lo enseña Jesús en el pasaje del evangelio en el contesto de una discusión con judíos de la secta de los saduceos. Éstos, que negaban la resurrección frente a los fariseos, se acercan a Jesús con una pregunta que busca ridiculizar la fe en la resurrección. Pienso que de una manera muy sutil, como suele hacerlo, Jesús responde haciendo ver que más bien es ridícula la suposición de que la vida después de la muerte sea una prolongación de la actual, en la cual juega un papel muy importante la sexualidad.

 

En la otra vida todos estarán vivos para Dios, pues Él no es Dios de muertos, sino de vivos, pero con una vida totalmente diferente y superior a ésta. Aun reconociendo la profundidad de este misterio, queridos hermanos, nos debe quedar bien claro que resurrección no significa revivificación; resucitar no es revivir, aunque en el lenguaje ordinario los equiparemos. Vivir como resucitados significa vivir de una manera tan nueva como diferente y superior que ya es imposible morir. Significa vivir como Dios

vive. Esta es nuestra fe.

 

Y, hermanos, permítanme insistir una vez más, esto es obra de la misericordia inefable de Dios, infinitamente bueno y fiel a sí mismo y a sus promesas. Y esto es la causa y fundamento de muchas certezas de la fe que tenemos en Jesucristo, Señor y Dios verdadero, salvador y hermano, digno de toda nuestra confianza y entrega en el amor. De la certeza de nuestra resurrección, por Cristo y en Él, nace nuestra alegría y nuestra paz. Sólo apoyándonos en esta certeza de fe es como podemos los creyentes ver la muerte como el comienzo de la etapa definitiva, es como la posibilidad de algo superior, como la gran manifestación y, más aún, como la gran experiencia del amor de Dios. Será el cumplimiento de lo que nos ha prometido.

 

Hermanos, sin embargo, no debemos aceptar la crítica que pudieran hacernos, y de hecho nos hacen nuestros enemigos, como los de Jesús: que al vivir con esta creencia  no hacemos otra cosa que evadirnos de nuestras responsabilidades en la vida presente. No es así, mis hermanos. Por eso hemos de mostrar que estamos tan comprometidos en la marcha de este mundo, que estamos convencidos de que de este empeño depende en gran parte que alcancemos lo que esperamos.

 

Esto lo mantenemos constantemente en la memoria cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía cada domingo. Este encuentro semanal con Dios y con la comunidad en la asamblea santa es la ocasión más solemne de nuestra fe en la resurrección al hacer presente en el memorial la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. En ella afirmamos, en la fe, que Él vive y está presente entere nosotros. No damos culto a un muerto, sino a Alguien que vive y da vida en abundancia ya ahora.

 

Esta certeza, mis hermanos, es la que nos motiva para trabajar por la justicia y la paz en nuestra sociedad; es la que nos anima a vivir en solidaridad con quienes han caído en cualquier tipo de desgracia o carecen de lo necesario para vivir dignamente. Concretamente es la razón profunda por la cual nos sentimos movidos a tender la mano nuestros hermanos de Tabasco y de Chiapas, entre otros que viven cerca de nosotros. María, nuestra Dulce Señora del Cielo, nuestra Niña amorosa y compañera; nuestra Madre, vea con complacencia nuestra fe y la aliente con su intercesión y su ejemplo. Amén.

 

 
 
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