Mis amados hermanos y hermanas, una vez más
tengo la alegría de saludarlos a todos ustedes desde la casita
del Tepeyac y enviarles la oración de todos nosotros.
Mis hermanos, en está santa Eucaristía los invito a bendecir
y a dar gracias con alabanzas al Señor nuestro Dios que nos ha
cuidado a todos con gran misericordia, que nos ha dado a su Hijo
Jesucristo para darnos por medio de Él la vida eterna.
Queridos hermanos y hermanas, Dios no mira como nosotros los
seres humanos y nosotros no sabemos ver como Él mira; sin embargo,
la Palabra que Dios nos regala este domingo nos invita a tratar
de mirar con sus ojos, especialmente a todos los demás. Que diferente
sería nuestro mundo y nuestra realidad si miráramos con los ojos
mismos de Dios, con los ojos del Señor Jesús. Por ahí dice un
autor: “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible
para los ojos”.
Muchas veces a fuerzas miramos para un lado, nos incapacitamos
para mirar el entorno y descubrir la gran variedad de posibilidades
y riquezas maravillosas que llevamos todas las personas. Tal vez,
por ejemplo, por fijarnos sólo en el amor de Jesús por los pobres,
terminamos suponiendo que Él desprecia a los ricos y nos dejamos
llevar por esa actitud que no es más que una ideología. Y atención,
mis hermanos, la fe cristiana no tiene nada que ver con las ideologías
que con falsas razones intentan justificar actitudes e intereses
totalmente ajenos a Dios, totalmente ajenos al Evangelio. Jesús
ama también a los ricos, a penas el domingo pasado veíamos que
Dios no hace excepción de personas, para Él todos valemos mucho.
Los ricos también valen tanto como los pecadores por quienes da
la vida en la cruz, su misericordia a todos nos hace iguales pobres
y ricos, somos pecadores y Jesús sabe que cada uno tiene sus propias
resistencias para dejarse amar y dejarse salvar. Por eso a todos
nos da la oportunidad y aprovecha toda ocasión mostrarnos su interés
por nosotros, ¡que bendición tener con nosotros esta condición!
Dios nos ama, Dios se interesa por nosotros precisamente a
través del rostro dulce y sereno de nuestra niña y madrecita Santa
María de Guadalupe y Dios camina a nuestro lado, a través de este
acompañamiento permanente y constante de esta dulce Señora, 475
años nos ha acompañado.
Miren, mis amados hermanos, es el caso del pecador público
y rico Zaqueo que en un intercambio de miradas con Jesús descubre
que la manera de vivir de una manera diferente y ser feliz. Zaqueo
cuando se entera del paso de Jesús por su camino, se adelanta
para verlo y cuando está expuesto a las miradas, a las miradas
condenatorias de todos, es mirado de una manera diferente por
el Señor Jesús, que lo invita a bajar del árbol para que pueda
recibirlo en su casa, nadie, mis hermanos, nadie ve como Jesús.
Ojala llegáramos un día a ver como Jesús, a sentir como Jesús,
a actuar como Jesús, a pensar como Jesús, a orar como Jesús, a
perdonar como Jesús, nuestro mundo cambiaría.
Mis hermanos, nadie ve como Jesús, sólo Él sabe lo que hay
verdaderamente en el corazón de cada persona, por eso sólo Él
supo mirar en el fondo de aquel hombre el deseo profundo y sincero
de una vida diferente. Jesús lo percibió y lo manifestó en una
mirada amable, en su mirada misericordiosa y se hizo el diálogo.
Un diálogo de miradas limpias, un diálogo de miradas sinceras
y libre de represión.
Dios, mis amados hermanos y hermanas, y lo sabemos por su actitud
de Jesús no ama a los pobres, sólo por ser pobres, como tampoco
rechaza a los ricos sólo por el hecho de serlo, parece que en
ambos casos espera una actitud de apertura y disponibilidad para
dejarse salvar. Puede haber pobres muy orgullosos, puede haber
unos amargados al grado de renegar de toda posibilidad de amor.
Lo importante, mis amados hermanos y hermanas, es dejarse amar
con ese amor único de Dios que transforma la vida para conducirla
por el camino del bien, por el camino de la fe cristiana, eterna.
En la lectura de hoy escuchamos como en una larga oración,
el autor del libro de la Sabiduría, le dice a Dios y ojala que
nosotros le digamos, también esto, mis hermanos: “Tú tienes
misericordia de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto
los pecados de los hombres para que se arrepientan. Tú eres amigo
de la vida corriges poco a poco a los que caen, los reprendes
y les recuerdas sus pecados para que se aparten del mal y crean
en ti Señor”.
Mis amados hermanos y hermanas, nadie, pues, como Jesús que
es Dios puede conocer mejor lo que sucede en cada uno de nosotros.
En el pasaje del Evangelio que hoy escuchamos, Dios se revela
en Cristo Jesús como el todopoderoso por su misericordia. Con
este poder propio de Él ve con certeza la necesidad de ser amado
y la plenitud que hay en cada uno de nosotros, en cambio nosotros
por nuestra parte no tenemos esa capacidad. A respecto dice san
Lucas: “Todos murmuraron” y ahí estamos todos los que desde
nuestra mirada corta y miope juzgamos a los demás y hasta nos
atrevemos a negar toda posibilidad de cambio a aquellos que hemos
encasillado como pecadores. ¿Quiénes somos para hacer eso de encasillamientos?
Ya lo repetía Jesús el domingo pasado, mis hermanos.
De cualquier modo además de invitarnos a frenar nuestros ímpetus
por hacer juicios contra los demás hemos de acatar, también, del
Evangelio que Dios invita a todos, nos invita a todos nosotros
a ser pobres y a compartir lo que somos y tenemos como signo
de una verdadera conversión. Si la conversión no llega a los bolsillos,
mis hermanos, no nos habremos convertido de verdad. Notemos que
es la actitud que adopta inmediatamente Zaqueo al saberse amado
y perdonado, ni siquiera le sugiere Jesús verbalmente, esta reacción
viene sugerida por la necesidad de amar y de ser misericordioso
con los demás, cuando el verdadero creyente se descubre amado
y se descubre perdonado.
Sigue siendo, pues, cierto mis amados hermanos, que Dios ama
a los pobres, pero no por el sólo hecho de serlo, sino por saberse
necesitados de Dios y porque habiendo dejado toda seguridad material,
muchas veces dan la vida, pone en Él todas las esperanzas, es
en éste sentido como la pobreza tiene su sentido y su máximo valor.
En la enseñanza evangélica de hoy, queridos hermanos y hermanas,
tenemos descrito el proceso de salvación: el Señor nos guía, el
Señor nos mira; nosotros interpretamos esa mirada cargada de ternura,
cargada de misericordia por nosotros; nos descubrimos sinceramente
ante esa mirada, mis hermanos, de ternura y misericordia; nos
sentimos revividos, nos descubrimos sinceramente pecadores; nos
movemos a la conversión. Dejamos entonces las falsas seguridades.
Eso nos guía a Dios y nos abandonamos en Él para ser hermanos
de todos. Es lo que espera Dios Padre de cada uno de nosotros
para salvarnos.
Mis amados hermanos y hermanas, que nuestra muchachita y madrecita,
Santa María de Guadalupe, modelo de respuesta pronta y generosa
de llamado a la vida nos acompañe en este proceso de salvación
y alcance de Dios cada día su misericordia para cada uno de nosotros.
Así mismo esta dulce Señora del cielo como misionera que es,
como perfecta discípula de Cristo nos aconseje las formas nuevas
de encuentro con aquellos que van por otros caminos que no son
los de Dios.
Que así sea, mis amados hermanos.